Por una República Democrática de Trabajadores de toda clase y Federal

El abuelo fue picador…, por Elena Gómez


… allá en la mina y arrancando negro carbón quemó su vida. Letra de uno de los
mejores cantautores del mundo, capaz de plasmar en apenas dos frases el sentimiento encerrado en tantos corazones.

Estoy muy cansada. Sinceramente. Cansada de oír hablar de los mineros. Cansada de
oír hablar de su huelga. Cansada de oír hablar de sus barricadas. Cansada, muy
cansada, de palabras pronunciadas por bocas elitistas en las cuales jamás ha entrado
el polvo de una mina.

Nací y crecí en un pueblo. Al contrario que aquellos que, una vez asentados en
grandes ciudades, reniegan o se avergüenzan de ello, estoy orgullosa de “ser de
pueblo”. Allí están mis raíces, mis principios, la esencia de lo que me convertí. Algo
imposible de borrar por muy lejos que vayas.

En mi pueblo no había minas. Había madera. Había campos. No había mineros. Había
resineros, con las manos encallecidas de entallar los pinos. Había agricultores
encorvados, con la cara quemada tras jornadas de sol a sol inclinados sobre la tierra.
Gente ruda, gente noble. Y, sobre todo, gente con principios. Porque éstos no se
consiguen con una educación universitaria, los heredas de la tierra que te ve nacer.
¿Qué pasaría si de repente arrasaran con todos los pinares? ¿Quemaran todas sus
tierras? Me gustaría pensar que la reacción de toda esa gente sería echarse a la calle
para luchar por lo que es suyo. Lo que llevan dentro, lo que les ha sido transmitido de
generación en generación, lo único con lo que saben vivir y lo único que les da la vida.
Tantas bocas acomodadas, pagadas de sí mismas. Debatiendo si es rentable o no la
minería desde el sofá de su hogar o desde la terraza del bar. Con un empleo que la
mayoría odia pero sin cojones para salir de esa vida, sin sentido, pero casi resuelta. Y,
por supuesto, olvidadas hace tiempo sus raíces; arrancadas por el odio hacia lo que
consideran les resta importancia. Ilusos.

Para un minero, la mina no es solamente un medio de trabajo. Es su vida. Es lo que les
han transmitido sus mayores. Es luchar contra la muerte a diario. Es su horizonte. Es
un trozo de sí mismos. Y, por encima de todo, es su patria.

Para ellos, cerrar una mina no es cuestión de rentabilidad o beneficios, sino de su
propia identidad. Su orgullo. Y, cuando alguien atenta contra ello, su reacción es la de
defenderlo con uñas y dientes. Independientemente de grupos políticos, de opinión
pública, de presión internacional. Un minero considera éstos como algo minoritario, un
mero adorno fuera de su entorno.

Ahora, cuando alguien invade su hábitat e intenta expulsarlos y acabar con el medio
que les da de comer, ¿qué no haría un hombre acostumbrado a enfrentarse con la
muerte a diario en el interior de un pozo bajo tierra?

Toda mi admiración hacia ellos, mi apoyo hacia su lucha. Porque no se están jugando
solamente un puesto de trabajo. Están luchando por su vida, su tierra, sus raíces. Y lo
están haciendo con dos cojones; porque cuando lo que está en juego es parte de tu
esencia y dignidad como ser humano, agachar la cabeza y aceptarlo sería ponerte de
rodillas a esperar el tiro de gracia final.

Millones de puños gritan
su cólera por los aires
millones de corazones
golpean contra sus cárceles
prepara tu salto último
líbida muerte cobarde
prepara tu último salto
que (Asturias) España está aguardándote

(Pedro Garfias)

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