Por una República Democrática de Trabajadores de toda clase y Federal

Comunicado de la Comisión Permanente de Republicanos: No es tiempo de dispersión y dudas, es la hora de la unidad por la República


6 de agosto de 2012. A partir de la aprobación de su último y brutal plan de recortes, el pasado 11 de julio, la caída en la intención de voto al PP se ha acelerado; pero todos saben que el descrédito del Gobierno Rajoy se va a agudizar aún más, y se extenderá a las principales instituciones del Estado, a partir de septiembre. La sensación de caos crece: la corrupción se ha enseñoreado del régimen y todos sus puntales institucionales y políticos se limitan a adoptar medidas a corto plazo sin ningún objetivo que no sea el de eliminar a marchas forzadas las conquistas sociales, incrementar las cargas fiscales a las clases populares y debilitar los servicios públicos.

Así lo expresa el diario “El País” en su editorial de 29 de julio: El crédito del Partido Popular y del presidente del Gobierno, Mariano  Rajoy, se ha deteriorado en pocas semanas sin que de esta situación se beneficie apenas el PSOE, ni menos su líder Alfredo Pérez Rubalcaba… La desmoralización y el enfado deslizan a una parte del voto… sobre todo hacia la abstención o la indiferencia… Una víctima de esta crisis podría ser la propia organización de la democracia, (sic) si los dos grandes partidos que se han alternado en la mayoría de las instituciones, quedaran deslegitimados a los ojos de los ciudadanos.” (los subrayados son nuestros).

Los mentideros del régimen y sus “formadores de opinión” expresan de esta forma su miedo a que se termine hundiendo lo que el editorialista denomina eufemísticamente “la propia organización de la democracia”, es decir, el régimen monárquico que a la muerte de Franco permitió a la oligarquía franquista mantener en sus manos el control de la estructura de poder estatal.

Y es que en pleno mes de julio se ha recrudecido la contestación social con una característica: poco a poco nuevos sectores sociales van comprendiendo que tras los recortes, hay una causa política; y actúan en consecuencia: las grandes ciudades se llenan, día sí y día también, de manifestaciones y de las más diversas muestras de indignación ciudadana; son cada vez más comunes gritos como: ¡Gobierno dimisión!, ¡que se vayan!; aumenta la indignación con una clase de políticos que han hecho de la corrupción, la mentira y el descaro su norma de actuación. La caldera de la contestación social no ha parado de ganar presión en un tiempo, el verano, que tradicionalmente ha sido de calma chicha.

Por esa razón, el editorial advierte a las fuerzas del régimen: “… En otoño habrá que adoptar decisiones más difíciles. No bastan las solas fuerzas del GobiernoEl Jefe del Ejecutivo tiene la responsabilidad y la legitimidad (1) de intentar un proyecto que restablezca la confianza, lo cual será imposible sin el concurso, al menos, de las corrientes principales de la política y de la sociedad españolas”. Como vemos, el bloque dominante que ha mantenido hasta ahora el control del aparato de Estado monárquico, aún con sus contradicciones, llama a la unidad para salvar el régimen. Y que no quepa duda a nadie de que esa llamada va a tener eco en las principales fuerzas institucionales. Algunas ya han ofrecido su colaboración (PSOE, CIU) y si de algo se quejan, es del desdén de Rajoy.

La situación se acelera, el recibimiento a la marcha de los mineros y las movilizaciones del 19 de julio han demostrado que el malestar crece y no van a poder calmarlo con “buenas palabras”, por lo que es previsible que recurran a un incremento de la represión que no haría sino aumentar el descrédito del régimen. Por otra parte la agresividad de la política del gobierno ha hecho entrar en combate a nuevos sectores; nos referimos a los trabajadores del sector público que salvo el profesorado y una parte de los trabajadores sanitarios se habían mantenido hasta ahora al margen de la movilización; y en particular a algunos sectores de las instituciones represivas del Estado monárquico que entran en abierta contradicción con el Gobierno. La movilización, por tanto, recorre todos los sectores sociales, cada uno de los cuales de momento participa con sus propias urgencias.

Con este panorama, en otoño, cuando comience el curso y empiece la aplicación de las nuevas tasas y planes de estudio, la Universidad va a estallar; también, la anunciada subida del IVA y las nuevas agresiones que se apuntan pueden contribuir a encender la mecha del estallido social en un país que ya se encuentra al límite.

En definitiva, la ciudadanía está en pie de guerra contra el Gobierno central y los autonómicos, las instituciones y los políticos monárquicos, en un clima de acelerada descomposición del régimen.

Pero esas movilizaciones se enfrentan a un problema cuya resolución va a ser determinante: su falta de objetivos políticos generales. La dispersión de objetivos aumenta el riesgo de que, al constatar que la lucha en la calle no puede por sí sola cambiar sustancialmente la situación, se pueda provocar la desafección de la ciudadanía a la política.

Esta debilidad de la movilización, la empieza a explotar sin disimulo el populismo y la extrema derecha fascista que identifican la degradación acelerada de la Monarquía Parlamentaria, producto de su origen continuista, como la consecuencia de la democracia y de la política en general. Por esa razón, últimamente proliferan en la red presentaciones “virtuales” de turbio origen que se centran en atacar los derechos democráticos y sociales conquistados por las clases trabajadoras, como un obstáculo frente a la pretendida  “eficiencia” del sistema capitalista en estado puro, sin caretas democráticas e intentan provocar en los ciudadanos el desprecio al compromiso político.

Están dadas las circunstancias para un salto cualitativo en la lucha de las clases trabajadoras. Los programas concretos, inmediatos (reforma fiscal y financiera, nacionalización de la banca, mejora de los servicios y del empleo públicos, etc.) de la inmensa mayoría de las fuerzas de izquierda son muy parecidos; se dan por tanto condiciones para la unidad en torno a un programa común.

Pero la dirección de la mayoría de las fuerzas de izquierda sigue sin comprender la urgencia de trabajar por un objetivo político general sin el que no es posible aplicar semejante programa que la mayoría compartimos: la conquista de una República de Trabajadores de Toda Clase, democrática y Federal que garantice el control del aparato de Estado por los sectores populares.

Este otoño va a ser determinante para el desarrollo de la situación política: no es de descartar ni mucho menos la convocatoria de una Huelga General que será particularmente dura y proliferan iniciativas y convocatorias de todo tipo que llaman a la rebelión abierta contra el Gobierno. Pero domina en ellas la improvisación y  falta de objetivos generales. La cuestión es que  se puede tomar las calles, rodear el Congreso o generalizar la objeción cívica o fiscal como proponen la mayoría de esas iniciativas, pero ¿cómo se va a canalizar todo en una propuesta común, colectiva y articulada políticamente?

Esta es la reivindicación prioritaria que tiene planteada la movilización popular, cuya solución va a determinar el futuro del movimiento a corto plazo. Si nos comprometemos todos en esa tarea, se podrá evitar que la salida al marasmo actual se dé por la derecha y debilitando aún más las estructura organizadas  de las clases populares.

La conquista de la República, o lo que es lo mismo la ruptura definitiva con el régimen que ha garantizado a la oligarquía el control del Estado y simbolizado la continuidad del franquismo, con formas “democráticas” cuya limitación queda ahora a descubierto; y la consiguiente recuperación de un marco democrático y popular de desarrollo de la lucha política, son mucho más que una consigna coyuntural: son el objetivo que puede permitir que la mayoría social recupere el control y no se pierda en una oleada de movilizaciones impotentes que chocarían contra un enemigo muy fuerte que controla la vida política y las instituciones.

La lucha va a ser muy dura y exige de todos serenidad y determinación. La dispersión de las movilizaciones y el abandono de los objetivos políticos pueden hacer mucho daño al movimiento popular. Lo repetimos una vez más, es hora de unidad, pero también de claridad y de firmeza. Es preciso y urgente que la izquierda, en lugar de enredarse en alternativas que desorientan sobre los objetivos de las luchas, abandone sus miedos y renuncie de una vez a seguir sometida a las reglas de juego que en su día impidieron la ruptura con el franquismo y sentaron las bases de un proceso político cuyo desarrollo ha traído como consecuencia la lamentable situación actual.

Las condiciones hacen previsible un inminente estallido social y es de esperar que en los próximos meses se extienda la necesidad de que esa confrontación  nos permita salir del caos al que nos aboca el régimen monárquico de la única manera posible: avanzando hacia un nuevo modelo verdaderamente democrático.

Notas:

(1)Somos legión los que negamos legitimidad a formaciones que han mentido en las campañas electorales sobre sus verdaderas intenciones y que han renunciado a la soberanía nacional, plegándose a las órdenes de una minoría de parásitos antisociales.

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