CULTURA: Exposición Aniversario De El Bosco en el Museo del Prado, por Brianda N.


Del 31 de mayo al 11 de septiembre, el Museo del Prado ofrece una exposición sobre El Bosco, (pintor flamenco-holandés nacido a mediados del siglo XV y muerto en 1516), para conmemorar así el V Centenario de su muerte. Serán, en total, 65 obras entre las del Bosco, su escuela y sus contemporáneos. La mayoría de las obras son españolas, pero algunas otras provienen de museos de Lisboa, Viena, Nueva York, París y otros. La exposición viene precedida de una reciente polémica, suscitada por Holanda acerca de la autoría de alguno de sus cuadros; esto podría influir en su valoración en el mercado del Arte. No sé por qué: si la obra es buena, creo que la valoración debería ser igualmente buena aunque el autor sea desconocido, siempre que pertenezca a la misma época. Pero las galerías de arte deben pensar otra cosa. De todas formas, la duda podría ser razonable, pues muchas de sus obras no las firmó y alguna quizá se debería a algún oficial de su taller. No nos han llegado todas sus pinturas, pues muchas se perdieron.

La exposición ocupa las salas A y B de la planta baja del edificio de Los Jerónimos. No hay una organización cronológica, sino temática. Sus tripticos pueden verse por delante y por detrás.  Empieza situando a El Bosco en su contexto, en su ciudad (Hertogenbosch), con su Ecce Homo y pinturas de coetáneos suyos. Sigue con la Adoración de los Magos, del Bosco y otras obras similares de pintores de la época. Luego, los santos, sobre todo centrado el tema en san Antonio y las tentaciones que le acosan. Después, el pecado y la condenación, con el tríptico El carro de Heno como eje y, sobre todo, en la última sala, El Jardin de las Delicias, al que se añade el estudio pormenorizado, mediante radiografía y reflectografía, de la evolución de esta obra y sus modificaciones durante el proceso de creación.

¿Quién fue El Bosco? Se llamaba Jerohen van Aeken, de familia de pintores, aunque sabemos poco de él, porque no escribió cartas ni notas acerca de sus obras. Nació, y vivió toda su vida en Hertogenbosch (cerca de Amberes), ciudad agrícola, comercial, industrial y muy devota, según se deduce del número de conventos, algo importante por ser éstos clientes del arte. Sabemos que se casó con una mujer adinerada y que su taller tuvo éxito en la zona. Creó un extraño mundo pictórico fascinante y hermético, onírico y complejo. Considerado por muchos críticos de Arte como el primer surrealista de la Historia, por sus figuras como sacadas de los sueños o las pesadillas: seres fantásticos, imaginarios, híbridos a veces entre humano, animal y objeto, que actúan de forma incoherente, extraña. Hubo quienes acusaron a El Bosco de trabajar inspirado por los efectos de drogas alucinógenas. Hubo quienes creyeron que su objetivo era el de divertir con esas diabluras; otros, lo relacionaron con su hipotética pertenencia a una secta religiosa, la Hermandad del Espíritu Libre, y sus herejías, como forma de explicar las imágenes de monstruos repelentes y de desenfreno sexual que aparecen en el tríptico El Jardín de las Delicias. Sí parece que perteneció a la Hermandad de Nuestra Señora, formada por clérigos y láicos para la que pintó por encargo. Cualquier sospecha acerca de la heterodoxia de su pintura, se esfuma ante el hecho de que el más ferviente católico de la época, el rey Felipe II, comprara la mayor parte de sus obras en un momento de intensa labor contrarreformista. Es verdad que en la Biblioteca de El Escorial, el rey custodiaba libros que se incluían en el Índice de Libros Prohibidos, pero eso no supone que las pinturas de El Bosco por él adquiridas no pasaran perfectamente el filtro de la Inquisición.

A caballo entre la Edad Media y el Renacimiento, su pintura presenta elementos de ambas épocas. Por una parte, cierto medievalismo en esa congestión de figuras, como vaciadas de golpe de una caja de juguetes, que puede también recordarnos a un surrealista del siglo XX, Joan Miró, en su Festival del Arlequín; no presentan una valoración del espacio ni de la figura humana en su vertiente estética, pero El Bosco es pintor de calidades. Por otra parte, se comporta como pintor moderno por su recurso al paisaje, de perspectivas a veces forzadas y horizontes altos, pero paisaje al fin y al cabo y, sobre todo, por el espíritu crítico, que es una constante en toda su obra. Tanto en el Tríptico de El Jardín de las Delicias como en el de El Carro de Heno, hay una intención moralizante, consecuencia de sus convicciones cristianas: en la primera tabla, el hombre en su estado de inocencia; en la tabla central, la Humanidad pecando entregada a diversos vicios; en la tercera tabla, la consecuencia del pecado: la condenación. En otras obras, El Bosco puebla el cuadro de figuras cuyos rostros rayan el expresionismo en su interés por representar el alma: los esbirros que maltratan a Cristo son seres repelentes y feos, en contraste, si no con la belleza, al menos, con la serenidad y la dignidad de Cristo. Y, en todas sus obras, se nos muestra como un gran dibujante, colorista, con fino sentido del humor, sirviéndose de la caricatura como soporte docente, al modo que hicieran las portadas románicas, para una población provinciana y, en su mayoría, poco letrada.

El Bosco se burla de la sociedad de su tiempo, en la que sólo ve ambición, vicio y maldad. Se comporta como un hipercrítico, también para con la Iglesia, en imágenes cercanas al anticlericalismo. Considera que el mundo es una farsa y así lo representa.

Su obra maestra es, sin duda, El Jardín de las Delicias. Como en una narración, El Bosco, hacia 1500-05, nos presenta en la primera tabla la creación de Adán y Eva, de cuerpos un tanto fusiformes, en el Paraíso, donde el árbol de la Ciencia, del Bien y del Mal es un drago, especie endémica de Canarias. ¿Cómo pudo conocer esta especie si nunca salió de Hertogenbosch? Aparecen elementos llenos de significado: el elefante blanco (la inocencia) lleva encima un mono (la lujuria); en una charca aparece otro de los peligros que sobrevendrán: las sabandijas y un monstruo con caperuza de fraile que lee un libro al revés (la ignorancia), el gato que lleva en su boca un ratón (la violencia)… El Paraíso, el estado de inocencia de los primeros seres humanos, está amenazado. Pero el meollo del cuadro está en la tabla central: hombres que ‘cabalgan’ sobre sus vicios tratando de atraer la atención de las mujeres de la laguna; hombres y mujeres que se entregan a la lujuria: dos se aman dentro de una burbuja (fragilidad del matrimonio), otras parejas se acarician y se relacionan entre frutos silvestres, (fresas, frambuesas, uvas…) que indican lo efímero de los placeres mundanos; se representa el orgasmo (hombre vertical, pero boca abajo, con una frambuesa entre las piernas), el adulterio… En fin, el erotismo y la sensualidad en estado puro. En la tabla derecha del tríptico, la condenación, a cada cual según su pecado. Ese cuerpo huero, usado como taberna, muestra una cara demacrada ¿sonríe? ¿está triste y decepcionado, como de vuelta de todo? En una de sus patas, una venda cubre una herida: es el chancro sifilítico. Cierra así la secuencia del devenir humano por no tener la voluntad y la fuerza para evitar el pecado. En un plano alto, las ciudades sucumben bajo el fuego del Infierno. La Humanidad está fatalmente condenada. En esta tabla, aparece una hombre aplastado por un laúd y con una partitura musical sobre el culo; curiosamente, unos jóvenes estadounidenses han trasladado recientemente esas notas al sistema musical moderno y las han interpretado. Y suenan bien.

Para mejor entender lo que vemos en la exposición, sólo algunos elementos iconográficos, a veces duales, a veces ambiguos, pero que quizá puedan servirnos: la gaita (homosexualidad), subir una escalera (practicar sexo), el mono (lujuria), cuchillos, flechas, objetos alargados (sexo masculino), vasija, cuenco y objetos cóncavos (sexo femenino), el conejo (sexo femenino), el cerdo (gula), el hielo (Infierno), los instrumentos musicales simbolizan la lujuria…

Algunas de sus obras: El Jardín de las Delicias, El carro de Heno, La adoración de los Reyes Magos, La mesa de los siete pecados capitales, Las Tentaciones de san Antonio, La Coronación de espinas.

Por otra parte, en El Escorial, donde Felipe II reunió sus pinturas de El Bosco, una exposición breve le homenajea: Cristo con la corona de espinas, Cristo con la Cruz a cuestas, y una réplica exacta del tríptico original El Carro de Heno. Un grabado representando el verdadero rostro del pintor.  Algunos manuscritos y tapices tejidos en Bruselas hacia 1550 en seda y oro, sobre obras de El Bosco.