¿Qué máster se exige para ser dictador?, por Manuel Domínguez Moreno


Ni Franco, ni Queipo de Llano y Sierra, ni el General Yagüe, ni Carrero Blanco, ni otros muchos tuvieron máster. La deriva política europea da mucho miedo porque se están imponiendo políticas que involucionan hacia el totalitarismo los sistemas democráticos, algo para lo que no es necesario tener ningún título universitario

En España hemos pasado por una epidemia de acaparamiento de títulos universitarios que ha llevado a que los españoles seamos los europeos más sobre-cualificados, una pandemia a la que se ha denominado titulitis porque, tal y como está el actual mercado de trabajo, los títulos académicos no sirven ni para tener un buen empleo en general.

Por culpa de esta titulitis crónica, una de las cosas que la ciudadanía espera de sus representantes es que estén bien formados de conciencia, ética, libertad, dignidad y razón desde el conocimiento sin miedo.

Sin embargo, políticos que, durante su carrera política democrática, no le han votado por los títulos ni máster, comente el error de intentan engordar su currículum con másteres, cursos de posgrado o con carreras universitarias y abandonan la responsabilidad asumida ante la ciudadanía para dedicar su tiempo e inteligencia natural de defender los derechos de justicia social e igualdad. Demasiadas horas de pérdidas de tiempo cuando no se dedican a cultivar la ética y la moral, tiempo siempre más que necesario cuando se ejerce un cargo público.

Por todo ello no es necesario, fundamentalmente, ningún título, por más que haya ciertas universidades o institutos de estudios que presuntamente favorecen a los políticos para «facilitarles» la consecución de ellos.

En medio de toda la polémica sobre los másteres de la Universidad Rey Juan Carlos, surge la pregunta: ¿qué titulación es necesaria para ser un dictador? La deriva política europea da mucho miedo porque se están imponiendo políticas que involucionan hacia el totalitarismo los sistemas democráticos, algo para lo que no es necesario tener ningún título universitario. Hablamos de Viktor Orbán, Mateusz Morawiecki, Marine Le Pen, Donald Trump o Matteo Salvini como ejemplos de los nuevos dictadores votados por su pueblo. Sin embargo, en la derecha española se está canalizando su acción política hacia elementos y comportamientos más propio de cualquiera de los ultras antes citados que de lo que deberían partidos conservadores democráticos.

El ejemplo más claro de ello lo hallamos en Albert Rivera que centra su estrategia política en un ultranacionalismo español basado en la intransigencia y en la pretensión de exterminar a todos aquellos que van en contra de su pensamiento como, por ejemplo, los nacionalismos históricos, algo que ya pretendió José Antonio Primo de Rivera en los años 30. El presidente de Ciudadanos afirmó una vez que habían puesto en marcha un proyecto civil que «volverá a unir a los españoles en torno a nuestros valores constitucionales por encima de siglas, bandos o territorios. En la España que viene debemos superar los complejos y los fantasmas del pasado para sentirnos orgullosos de nuestra diversidad y de todo los que nos une. Sólo así podremos estar a la altura de las mejores naciones del mundo», algo que se diferencia muy poco de estas palabras del fundador de la Falange: «Creemos en la suprema realidad de España. Fortalecerla, elevarla y engrandecerla es la apremiante tarea colectiva de todos los españoles […] Toda conspiración contra la unidad de España es repulsiva. Todo separatismo es un crimen que no perdonaremos». El españolismo fanático de Albert Rivera y de Ciudadanos ya está pasando a una fase en la que han logrado sobrepasar por la derecha al sector «aznarista» del Partido Popular y, eso es el mayor peligro que tiene España. Olvídense de amenazas terroristas o separatistas. Nuestra democracia está en nivel de alerta máxima con Rivera como el político mejor valorado o con su partido encabezando en algún momento las encuestas. De esto a plantear una dictadura hay un paso muy pequeño. La historia ya ha demostrado cómo cuando un partido ultranacionalista llega al poder la democracia muere. Para llegar a esta situación no hace falta ningún máster, ninguna titulación universitaria, sólo la capacidad de propaganda y populismo patriotero.

El Partido Popular tampoco se queda corto en este aspecto de acercamiento a los modelos dictatoriales de algunos gobiernos del este de Europa, sobre todo después de su abstención a la hora de imponer sanciones a la Hungría de Viktor Orbán. Por cierto, hubo 3 eurodiputados populares españoles que votaron en contra. El crecimiento de Ciudadanos con el discurso ultranacionalista y joseantoniano de Albert Rivera ha hecho que el PP haya buscado una senda en la que pretende luchar con los naranjas en el ámbito de la extrema derecha en vez de en el de la democracia cristiana o la socialdemocracia. Comportamientos dictatoriales en el Partido Popular ha habido muchos, pero han destacado principalmente las épocas de José María Aznar donde se desechaban los procedimientos democráticos en su funcionamiento interno. El presidente decidía y el resto obedecía. No había más historia. Los años han pasado y hasta este 2018 los militantes no han tenido la ocasión de poder elegir a su jefe, eso sí, pasando por el filtro de la decisión de los compromisarios que decidieron que ganara el candidato que no había ganado en el voto directo de la militancia. Sin embargo, dentro del PP hemos visto otros comportamientos nada democráticos como, por ejemplo, el autoritarismo de Soraya Sáenz de Santamaría que hacía imposible cualquier consenso por su incapacidad para alcanzar consensos con el resto de fuerzas políticas, incluso en temas tan importantes como el Procés catalán. Todo ello sin contar con el juego de dosieres con el que se manejaba la ex responsable del CNI para alcanzar sus objetivos políticos. Para mantener estos comportamientos autoritarios y antidemocráticos que están más cercanos a una dictadura que a una democracia, ¿qué máster hace falta cursar? Al igual que con Albert Rivera, ninguno.

Franco no tenía ningún máster, como tampoco lo había cursado ni Queipo de Llano, ni el general Yagüe, ni Carrero Blanco, ni Girón de Velasco. Al menos, Blas Piñar y Arias Navarro fueron notarios. En cambio, no tuvieron ningún reparo de aplicar una política de exterminio al adversario político. Hubo mucha gente sin ningún tipo de máster que no dudó en utilizar la crueldad propia de los regímenes dictatoriales. Para ser un dictador no hace falta ningún tipo de estudios, para ser un demócrata ético y digno tampoco.

Lo peor, es que los herederos de los dictadores, con master o sin master, a pesar de vivir en una democracia, no pueden quitarse esa cáscara que exalta un pasado negro para nuestro país. La polémica generada por la exhumación de Franco del Valle de los Caídos ha quitado demasiadas máscaras. Incluso la de Queipo de Llano y Sierra en la basílica de la Macarena en Sevilla. En el caso del dictador Franco la votación del Congreso de los Diputados, Ciudadanos y Partido Popular se abstuvieron, un voto que, en un caso de respeto a la higiene democrática de un país, es como votar en contra.

Lo peor de estos nuevos comportamientos de la derecha es que, como ya ocurrió con Franco, se generan unas redes clientelares para que los representantes de las dictaduras privadas se beneficien. Grandes familias de este país como Banús, Oriol, Urquijo, March o Gómez Acebo, por citar algunas, se enriquecieron o incrementaron sus fortunas bajo la protección de Franco. Muchas de las familias de políticos del Partido Popular se beneficiaron de las concesiones del régimen. Los Queipo de Llano y sus seguidores de Sevilla, hoy algunos en altos cargos en el Banco Santander.

Muchas empresas se beneficiaron del trabajo esclavo y, en algunos casos, aún siguen cotizando en el IBEX35 o, como en el caso de los Banús, aún siguen explotando el turismo de alto standing.

En la actualidad está ocurriendo al revés y son muchos de los políticos los que se benefician de las dictaduras privadas del capital que actúan como los servicios de inteligencia de la Guerra Fría para poner y quitar gobiernos que cubran sus necesidades.

Por tanto, para ser un dictador, ¿hace falta cursar un máster? No. Para ser un digno mandatario democrático, tampoco. Para lo primero sólo se necesita no tener conciencia social ni humanidad, para lo segundo se precisa cultivar la mente para tener claro que el pueblo es la prioridad principal de una democracia y, ni Rivera ni el PP, en general, no se aún su Pablo, tienen en la actualidad esa capacidad que incluir en sus currículos.

Diario16

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