El mérito del emérito, por M. Fernández


La crisis distópica surgida por la propagación del COVID-19, va a llevarse, desgraciadamente por delante vidas humanas, puestos de trabajo y esperemos que la cosa acabe ahí. Lo que es seguro es que después de la declaración del Estado de Alarma amanecerá un nuevo escenario que debemos afrontar con valentía, colaboración, coordinación, cooperación y solidaridad.

Pues hete aquí, con la que está fallando con el coronavirus, salta el escándalo del corinavirus. Este no solo afecta a la honorabilidad de la corona, también a la credibilidad del modelo de estado, a sus pilares la inmodélica transición. Casi a la par de la publicación del real decreto para atajar la crisis provocada por el corona virus, la casa real emitía un  comunicado.

Lo que no dice este comunicado es lo que da que pensar. Por qué en este momento, qué necesidad tiene de declarar que renuncia a la herencia, cuando de sobra sabe que la ley no lo permite. Tan acostumbrados están a transitar por encima de la Ley que se olvidan de su obligado cumplimiento. En un régimen monárquico no todos somos iguales, el rey es inviolable. Ver artículo de Elena Herrera para Eldiario.es.

Esta farsa, ya dura demasiado. La monarquía está obsoleta, no entra en los planes de futuro. La cuestión es, cómo sostener una institución reinstalada por un dictador golpista, traidor a un régimen democrático que juró defender. Que mantuvo durante 40 años una dictadura totalitaria que dejó impregnada de sus vicios la naciente democracia.

Cómo se sostiene los pingües beneficios que disfrutan los miembros de la casa real, sin poder para hacer nada, todos sus actos han de ser refrendados. Se acaba de abrir la caja de pandora, probablemente el fin de la monarquía en España, como dice el profesor Javier Pérez Royo en una reciente entrevista para el diario Público.

España es un país maltratado por sus dirigentes, desde antiguo, lo de ahora ya no tiene nombre, que el Jefe de Estado, eluda sus responsabilidades morales y cobre, supuestamente, comisiones por obras públicas, que estos fondos acaben en paraísos fiscales, eludiendo a su vez sus deberes fiscales, mientras el país atraviesa su segunda crisis en lo que llevamos de siglo. Los pies del barro del monarca, por Rosa María Artal.

Tamaño despropósito, supondría una falta de ejemplaridad, una demostración de inmoralidad o los actos de usura que de poder probarse,  aún sin entrar en otras valoraciones, son actuaciones incompatibles con la virtud que debe exigirse al máximo representante, pasado y presente, del Estado. Esta anomalía, exclusivamente, se resuelve con el exilio de la casa real al completo. Como nos recuerda nuevamente el profesor Javier Pérez Royo, no es un asunto de familia.

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