¿Qué nos hace realmente humanos?, por L. Modroño*


COVID-19: Grecia 'desconfina' a los refugiados de Lesbos

Durante miles de años fuimos construyéndonos. Fue un proceso lento, difícil y duro. La meta nos era desconocida, nos movía la inmediatez de la supervivencia. Y para conseguirla tuvimos que volvernos solidarios.

Se impuso la conciencia de la fraternidad, del esfuerzo común, de la unión. Éramos tan débiles que hubimos de centrar nuestra fortaleza en la ayuda mutua, en la caza cooperativa, en el calor compartido. Posiblemente, estás fueron las armas más eficaces que facilitaron nuestra supervivencia evolutiva. Y, unidos, avanzamos.

Hoy nos enfrentamos globalmente a una nueva amenaza, tan desconocida como agresiva. Una amenaza que nos recuerda escenas apocalípticas, leídas, susurradas o vistas en algún escenario. Una enfermedad producida por el mundo global que fue creándose desde mediados del siglo pasado y que va a requerir respuestas también globales. Esto es, bajo la bandera del apoyo mutuo, de la fraternidad que, como seres humanos, nos alimenta e impulsa. En estos momentos de crisis de supervivencia, una respuesta insolidaria solo retrasaría el salir de ella añadiendo mayores costes y sufrimiento. Pero la solidaridad no se detiene en el portal de nuestra casa.

Este virus que, sin tener una gran capacidad letal si la tiene viral, está creando escenarios que requieren respuestas rápidas. En su inmediatez radicará la posibilidad de salir más o menos indemnes.

Una enfermedad global que, sin embargo, va a poner una vez más de manifiesto las terribles diferencias entre los seres humanos. Mientras el mundo occidental tiene herramientas precisas, información, protección… mecanismos, en definitiva, capaces de afrontarla, más de las tres cuartas partes del mundo viven una situación muy diferente. Millones de seres humanos a los que no llegarán las medidas urgentes que los países occidentales están promoviendo simplemente porque el acceso al agua o a una alimentación adecuada, el acceso a medidas elementales de higiene sigue teniendo rasgos de utopía.

Mientras el mundo occidental se siente secuestrado por la lucha contra un virus de origen desconocido, con el objetivo puesto en evitar su propagación y con rapidez se arbitran todo tipo de medidas preventivas y asistenciales, la población más vulnerable queda lejos de ellas. Fuera de nuestras fronteras, una somera mirada al mundo produce inmensa inquietud. Siria prosigue una guerra que pronto entrará en su décimo año. Afganistán continúa siendo controlando por los talibanes con su corolario de pensamiento único, persecución al disidente y extorsión a todos. En Líbano sigue habiendo, a los ojos de una ONU que sabedora de ello, lo permite, esclavitud. Por toda África, Congo, Eritrea, Somalia… se suceden luchas tribales, persecuciones, asesinatos legales… en la frontera con EEUU miles de pueblos indígenas huyen con la pretensión de encontrar un mundo mejor mientras son recibidos por un robusto muro desde el que son disparados. Poblaciones profundamente vulnerables a las que la epidemia sacudirá especialmente.

El Covid-19 está poniendo a prueba al ser humano. Además de mascarillas, respiradores, camas y habilitación de hospitales de urgencia, algo más sobrevuela por encima de todo ello: la capacidad y el alcance del ser humano de sentir compasión, es decir, de sufrir con.

El mundo occidental se prepara para defenderse y vencer. Cabe esperar que pronto se descubra la vacuna que, por fin, suponga ese muro de contención al letal virus. Pero también conocemos la alta probabilidad de convertirse en un elemento de especulación. Y también sabemos que no será universal. Su aplicación será destinada a los que pueden pagar. Fuera, por consiguiente, quedará toda esa población de seres errantes, pobres, amenazados. Los efectos del virus son universales pero el tratamiento contra ello será particular.

Pero si seguimos capitalizando la atención sobre nosotros mismos mientras el mundo sigue girando, corremos el riesgo de quedarnos ciegos. El drama que está suponiendo este nuevo y desconocido virus, con su corolario de muertes, no es nuevo. A lo largo de la historia hemos debido afrontar y superar plagas que, con mayor o menor virulencia, han amenazado nuestra existencia.

Lo nuevo es que el siglo XXI debía haber sido el de la consolidación de los derechos y la igualdad, pero, en lugar de ello, cada vez es mayor el abismo entre el mundo rico, desarrollado y en paz y el otro mundo, es de los desfavorecidos. El Covid- 19 pasará tarde o temprano a formar parte de la historia del ser humano, pero en el camino podemos dejar mucha piel. Sería muy inquietante que esta pandemia, que previsiblemente llegará hasta el último rincón del planeta, pase a la historia como un testigo más de la desigualdad y la injusticia reinantes en él.

*Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.