EL VIGOR DE DIOS, por Carlos Álvarez


El Papa (lo escribiré con mayúscula para evitar confusiones) es el Metropolitano, el Ordinario, el Obispo de Roma y, como tal, el Presidente de una de las más (si no la más) importantes multinacionales del planeta Tierra, plena de riqueza y poder. Como en cualquier otra Sociedad, su máximo representante puede dimitir, y es lo normal (es decir, la norma: no lo natural, que también lo es) en caso de grave deterioro físico o mental, aunque en ambos casos lo frecuente es que sean sus quasi iguales quienes tomen la decisión. Que el Papa, que se encuentra en mal estado de salud, abandone su puesto de Obispo de Roma no tiene, pues, nada de extraordinario. Pero…


Me recuerda mi admirado maestro Vústrid Kalminari que cuando Tomás Beckett, arzobispo de Canterbury, se negó a firmar las instituciones de Claredon, con las que Enrique II de Inglaterra pretendía disminuir el poder de la Iglesia, decía defender con su negativa el honor de Dios. Anouilh nos da noticia de aquel hecho histórico en su obra «El Honor de Dios», y sus consecuencias: el asesinato en la catedral que Eliot elevó al más alto trono de la Poesía y del Arte. Pero ahora lo que está en juego no es el honor, sino el vigor de Dios. Ratzinger y sus acólitos pretenden que el obispado de Roma tiene un añadido trascendente: ser el Representante de Dios en la Tierra. Se puede dejar de ser el Obispo de Roma. ¿Pero se puede dejar de ser, por decaimiento, el Representante de Dios en la Tierra? Tan  sublime modestia tal vez esconda, para una mente laica y republicana,  la constatación simbólica de que lo que se debilita es el vigor de la creencia en Dios.
Carlos Álvarez (*)
Madrid, once de febrero de 2013

(*) C. Álvarez es poeta, escritor y periodista