En este hipotético Estado social y democrático de Derecho, título pomposo y falsario con que los manipuladores posfranquistas de la época tuvieron a bien articular el prólogo de la banal e incumplida reiteradamente Constitución del 78, las sorpresas (nuestra capacidad de pasmo no tiene parangón) sobre los fraudes, los engaños y la corrupción en todos los órdenes de la vida española nos vienen saltando a la cara un día sí y otro también.
Aunque somos un pueblo muy dado al olvido rápido -y, de ahí, muchos de nuestros males- resulta curiosa la extrañeza de nuestros jóvenes menores de treinta y cinco años, que es el tiempo que nos llevan vendiendo la inexistente y falaz democracia, cuando echan mano de hemeroteca o de Internet y cuantifican los miles y miles casos de fraude y corrupción acaecidos en esta piel de toro desde tiempos inmemoriales.
Ustedes, probablemente, me dirán y con toda la razón, que eso también sucedía y sucede en otros países, más o menos civilizados y democráticos. Pero, no me negarán que entre estos y el nuestro han existido y existen dos grandes diferencias: las dimisiones o los ceses y la condena o encarcelamiento de los implicados. Aquí no. Aquí es raro y se podrían contar con los dedos de las manos los casos en que algún político, personaje público o empresario defraudador o corrupto dimita o tenga que vérselas con la justicia. Y, si por mucha casualidad, se las tiene que ver con tal evento no hay problema, ya vendrá el arreglo o la fianza de rigor. Claro, hay una explicación lógica para ello, las leyes y los procedimientos judiciales españoles. Parecen estar hechos a medida y libre albedrío de quienes las incumplen o se benefician de la fechoría de turno.
En tiempos del sanguinario dictador golpista, y a modo de medidas ejemplarizantes para el resto de damnificados compinches que “patrioticamente levantaron” España con sus macro empresas industriales, constructoras o bancarias, algún que otro “listillo” se tuvo que enfrentar a la ira del infausto caudillo pasándose unos meses en el trullo como, por ejemplo, el padre del actual “monstruo de las finanzas” el señor Rodrigo Rato. Pero, desde que rojos y nacionales acordaron repartirse el futuro de la España preconstitucional, haciendo perdurable por los siglos de los siglos la herencia franquista de la jefatura del Estado, la península carpetovetónica se convirtió en el paraíso que todos los golfos y mafiosos soñaban para sus adentros.
Casos hay para dar y tomar y, por lo tanto, no es cuestión de enumerarlos aquí. Pero lo curioso del asunto es que, pase lo que pase, aquí no dimite ni Zeus y si, por mor de lares imposibles, a alguien se le pilla con las manos en la masa no hay problema alguno: arreglo y fianza al canto. Hecha la ley, hecha la trampa. Somos únicos en los remedios de lo irremediable.
Los actuales casos Gurtel; EREs andaluces; comisiones catalanas, el yerno y la hija del señor Borbón; la increíble capacidad de Luis Bárcenas forjando de la nada patrimonios multimillonarios; los choriceos del PP valenciano; los presuntos amiguismos de José Blanco; los sobresueldos de los dirigentes del PP; los cargos de ministros, directores, etc. en empresas multinacionales beneficiadas por los partidos gobernantes; los bloqueos de los partidos a la transparencia; la normativa y regulación sobre los patrimonios de los diputados o senadores; etc.etc.etc. darían lugar a un libro más extenso que el famoso Hidalgo Don Quijote de La Mancha y dejarían como vulgar aprendiz de la picaresca al pobre Lazarillo de Tormes.
Estos son algunos ejemplos de los muchos que han sacudido, sacuden y sacudirán al infeliz pueblo español que traga todo sin rechistar como debiera y, mientras espera que el tiempo todo lo borre, le llenan su cabeza con los imponderables de la crisis, el paro, el fútbol, los sanfermines o el circo que en cada momento se inventen para olvidar este Estado de injusticia, este país putrefacto, este reino de…chiste.
¡Sálvese quien pueda!. ¿O no…?
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