Hay fechas en la historia de los países que marcan un cambio de rumbo, un giro en la trayectoria histórica y una transformación radical en el orden económico político y social. Son fechas imborrables, que dejan una huella indeleble en la memoria colectiva, que resisten a las operaciones de amnesia y desmemoria programadas desde instancias oficiales. Es el caso en España del 14 de abril de 1931, el día en que se proclamó la II República. Jornada de inmensa alegría, de fiesta popular, en todas las calles y plazas de nuestro país. La monarquía había sido derribada desde la legalidad y la legitimidad de una victoria abrumadora de las candidaturas republicano-socialistas en las elecciones municipales del 12 de abril.
La II República encarnó un proyecto reformista de modernización para acercar a España a los países desarrollados de Europa. Sin embargo, la oligarquía española rechazó con violencia cualquier cambio que afectase a su posición de privilegio, al igual que la Iglesia Católica y un sector del Ejército.
Las clases dominantes declararon la guerra a la República mucho antes de julio de 1936. La prensa derechista, las asociaciones patronales y la jerarquía eclesiástica desencadenaron desde el 14 de abril una campaña para desprestigiar y erosionar el régimen republicano, mientras que el terrorismo falangista se encargó de crear un ambiente de inseguridad que justificase el golpe militar. La República no fracasó ni condujo irremediablemente a la guerra civil, como leemos y escuchamos a menudo en medios de comunicación y tertulias infames que tiene como único objetivo tergiversar, mentir y calumniar. La República no fracasó, sino que fue asaltada por todos aquellos que venían ejerciendo el poder desde comienzos del siglo XIX; un poder que se había asentado sobre la miseria de los sectores populares. El atraso económico del país, el hambre y el analfabetismo fueron los fundamentos sobre los que se alzó el dominio de la oligarquía agraria y financiera.
Esa República, defendida heroicamente por el pueblo durante tres años de guerra contra el fascismo, es y será siempre un referente para todos los hombres y mujeres que aspiran a la libertad, la paz, el progreso y la justicia social.
Ochenta y cuatro años después de aquel 14 de abril, nuestro país está siendo arrasado por una política económica criminal que ha conducido a la miseria a amplios sectores sociales. La destrucción de los servicios públicos, el desempleo masivo, la creciente pobreza infantil, el alarmante crecimiento de los suicidios y la desesperación social son el resultado de los programas de ajuste, dictados por el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, y ejecutados por el Gobierno del PSOE, en un principio, y, posteriormente, por el gobierno del Partido Popular.
El desastre social que vemos a nuestro alrededor no es fruto de una condena bíblica ni de una maldición. Lo que ocurre es que estamos gobernados por una pandilla de delincuentes que se ampara en la impunidad jurídica propiciada por un sistema judicial heredero del franquismo y recurre a la represión más brutal para acallar las protestas. La monarquía y la Constitución son la gangrena que corroe el cuerpo social, y cuando un miembro está gangrenado, el único remedio es la amputación.
Crecen la indignación y las protestas, pero los millones de ciudadanos que salen a la calle no tienen todavía un objetivo político claro. Y esa es nuestra tarea política prioritaria. Porque la protesta sin un referente político, sin una meta, se transforma en frustración, en el rechazo de la política, y por ese nihilismo del “todos son iguales” se abre paso el fascismo.
Debemos combatir la idea de la regeneración democrática del régimen, porque no hay regeneración posible para una monarquía que nace del fascismo y tiene como señas de identidad la corrupción y la falta de democracia. La solución tampoco está en el populismo demagógico que desprecia la organización y defiende un confuso ciudadanismo en el que desaparecen las clases sociales.
Imitemos el ejemplo de esos millones de hombres y mujeres que trajeron la República en 1931 y fueron capaces de dar su vida para defenderla. Es perentorio que las distintas organizaciones de clase trabajemos juntas y construir la unidad de la izquierda y la unidad popular para enviar al basurero de la Historia a esta monarquía inicua y proclamar la III República. Las próximas elecciones municipales y autonómicas debieran servir para avanzar hacia ese objetivo y ser un altavoz de un mensaje de ruptura y republicano. Podemos y debemos hacerlo.
¡¡¡Por unas elecciones rupturistas y de clara apuesta republicana!!!
¡¡¡POR LA REPUBLICA DEMOCRÁTICA
DE TRABAJADORES DE TODA CLASE Y FEDERAL!!!
¡¡¡VIVA LA III REPÚBLICA!!!
8 de Abril de 2015
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