El Borbón no tendrá quien le escriba


Xosé Perozo 

No he leído, ni tengo intención de hacerlo, el presunto libro biográfico de Juan Carlos I, ex monarca de España. Me he detenido a ver cómo en la librería de unos grandes almacenes había señoras y señores que lo compraban de tapadillo, unos con la excusa de regalarlo por Reyes, otras con la sana intención de usarlo para cotillear pero todos bajo la sombra del pudor o la vergüenza de hacerse con semejante montón de papel impreso a casi veinticuatro euros por cabeza. 

 Cierto que todos tenemos derecho a publicar cuanto nos apetezca, a hablar de nuestra vida y a reflexionar sobre nuestros sueños y está claro que en los tiempos que corren no existe político de medio pelo para arriba que se libre de la tentación de engrosar los anaqueles de la Biblioteca Nacional de España pretendiendo alcanzar la inmortalidad. Pero lo que resulta insólito de todo punto es el giro de guion que Juan Carlos I acaba de imprimir a la tradición borbónica con la publicación de sus inexactas memorias. Además de engolfarse en la promoción del libro con el mismo ímpetu de un autor novel ávido de fama y de derechos de autor.

Si nos atenemos a la tradición y a los anales de la Historia, de Felipe V a nuestros días no ha existido un Borbón merecedor de la gloria al finalizar su reinado. La casa de Borbón española ha tenido más tropiezos que méritos para ser amados por el pueblo y sus finales están plagados de intrigas, traiciones, prevaricaciones, robos al tesoro nacional, negocios sucios y muertes en el exilio. Reyes y reinas consortes han pasado por la casa real acumulando trapos sucios para levantar un rascacielos. En esa larga serie, durante la transición, nos pareció que a Juan Carlos le iba a corresponder la misión del gran cambio familiar. Tanto que hasta los republicanos confiamos en él por el bien de la convivencia en paz después de las ignominias de una guerra fratricida y una dictadura cruenta. Sin embargo, como un tradicional Borbón de pura cepa, no obstante de la anacrónica protección de la Constitución del 78, cayó en las trapisondas genéticas de su casta. Se vio obligado a abdicar gracias a la intrigas palaciegas de la reina Sofía y a poner tierra de por medio como un vulgar prófugo. Aun así, el país estaba dispuesto a considerar los méritos de la Transición como actos de buen reinar y a olvidar los devaneos sexuales y sentimentales como males menores del machismo hispano. Incluso la rapiña monetaria era vista como un mal consustancial de los viejos usos de la política del régimen, a la que el monarca pertenece por pura educación tradicional.

Pues bien, hasta esa buena voluntad de perdón acaba de ser traicionada por Juan Carlos con la publicación de las memorias, primero en el francés de su origen Borbón Anjou y en estos días recién llegadas a los escaparates de las librerías españolas. Según se desprende de lo difundido, de un rápido visual al índice del libro y de lo manifestado tanto en el vídeo promocional como en las entrevistas publicadas, el Juan Carlos rey de la Transición fue un miserable mentiroso y oportunista deudor del dictador sin la más mínima crítica e incapaz de realizar un análisis de la circunstancias históricas que le correspondieron protagonizar. Con sus confesiones ha destruido el teatro de cartón piedra con el que se ganó la confianza y el afecto de una gran mayoría ciudadana. Él mismo, sin nadie que le escriba, ha destruido el mito fabricado de una monarquía parlamentaria moderna y democrática. La infinidad de goteras abiertas con el libro en el tejado de la casa Borbón ya no las taparán ni los historiadores monárquicos más benévolos del futuro.

Fuente: El progreso

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