Paella de hoz y martillo


Casa Pinet, comer paella con la Hoz y el Martillo en Alicante, al son de la Internacional.

En el restaurante Casa Pinet, atiborrado de suvenirs de izquierdas y en favor del catalán, su dueño sirve los platos a ritmo de ‘La Internacional’. El local de Tàrbena (Alicante) es destino de políticos, intelectuales y turistas

En el último pueblo de la comarca de La Marina Baja (capital, Benidorm), repoblado por mallorquines tras la expulsión de los moriscos, los habitantes de Tàrbena mantienen el artículo salado característico de la isla, elaboran sobrasadas y conviven con un lugar de particular peregrinación. Porque junto a la iglesia, en los bajos del Ayuntamiento, resiste desde hace 42 años Casa Pinet, el «santuario del País Valencià» -como lo bautizó el filólogo Manuel Sanchis Guarner-, trinchera de políticos, intelectuales de izquierda y defensores de la lengua catalana. Su propietario, Jeroni Moncho(sobrino-nieto del bandolero Pinet, de quien heredó el mote), lleva a gala su militancia y la ha convertido en un atractivo turístico más.

Se hacen las dos de la tarde en el restaurante y un travesaño con una decena de cencerros que hace las veces de carrillón comienza a tañer. Es la señal: sale la paella, decorada con la hoz y el martillo, a ritmo de La Internacional. «Es el Padre Nuestro de aquí», asegura Pinet, dando la bienvenida: «Esto es una república democrática y popular, aquí no se tienen problemas. Estáis en vuestra casa».

Paella de hoz y martillo
Foto de Willy Brandt y, detrás, otra, desenfocada, de La Pasionaria, en Casa Pinet.

Una treintena de belgas ha hecho parada en el bar buscando algo más que tostarse al sol en las playas cercanas. «No sabía que iba a ser exactamente así, pero es algo diferente y divertido», admiteCristophe Verhamme, funcionario en Amberes, que no deja de hacer aspavientos.

MOSCATEL DE LA BOTA

El menú es básico, pero tradicional: ensalada, paella y postre, con vino de la casa sin límite y moscatel que hay que beber de la bota, a la manera de Pinet. Si no se consigue, el hostelero saca un embudo y ayuda al comensal a que la mistela pase. La ‘performance’ viene con banda sonora por la causa incluida. Suenan ‘Els Segadors’, ‘Tio Canya’, ‘La gallineta’… y los turistas comen como si nada.

Su restaurante, dice Pinet, «es un refugio donde no distinguimos a un extranjero de un valenciano, siempre y cuando respeten los símbolos de esta casa». Emblemas como la «flama de la llengua», que no apagan «nunca», colocada en un altarcito en recuerdo a figuras que ya se fueron y pasaron por aquí como Joan Fuster oVicent Andrés Estellés. O la bandera republicana, cuyo ejemplar más preciado guarda cuidadosamente en una caja de bombones. Con su única mano -la otra se la voló, a los tres años, un explosivo de la guerra civil enterrado en un descampado-, Pinet muestra la enseña de la II República tiroteada por los «nacionales» que le regaló un teniente coronel de la Guardia Civil. Después la devuelve a su caja para izarla cuando se proclame la III República, convencido de que sucederá.

UNA FAMA QUE TRASCIENDE FRONTERAS

Regidor del PCE durante 8 años, Pinet posee orgulloso «uno de los primeros carnets del partido» firmado por La Pasionaria, de quien fue amigo personal. Santiago Carrillo comió en esta guarida que, en los estertores del franquismo, Pinet y su mujer Anita abrieron no sin dificultades, albergando encuentros por «la lengua y el país». Aunque la fama de Pinet trasciende fronteras; ha dado de comer al excanciller alemán Willy Brandt, brigadistas, laboristas británicos o al líder sandinista Ernesto Cardenal. Hasta aquí llegó también, cuando era alcalde de Girona, Carles Puigdemont. Las paredes y vitrinas -cuatribarrada aquí, rostro del Che allá- están preñadas de recuerdos, entre los que hay una dedicatoria de Rafael Alberti o una litografía de Tàpies.

Originario de Benidorm, la casa de Jeroni Moncho fue ocupada por las fuerzas italianas y alemanas durante la guerra civil y la familia tuvo que huir. Preso en el franquismo por haberle pegado «una patada en el culo» a un presidente del sindicato de hostelería que extorsionaba a los trabajadores, Pinet siempre fue indomable para el poder.

Su penúltima batalla es con la nueva corporación (PP-PSPV), que quiere recuperarel local de propiedad municipal por el que paga un alquiler de renta antigua revisado. De momento, a sus 78 años, Pinet ha conseguido una prórroga para seguir esperando la llegada de «la Tercera» en el mismo lugar de culto de la pintoresca Tàrbena.