El Regalo del 14 de abril, por Luis A. García Bravo


Para Germinal Zambrano, que sigue siendo todo un referente
para el movimiento republicano. Con todo mi cariño y admiración.

Luis A. Garcia Bravo

Miraba José sentado en el sillón de su habitación, a través de la ventana, aquel hermoso y bello jardín en flor, con su mirada puesta en la gran puerta que al final del camino daba al exterior. Quizás el viejo miliciano pensara que tras ella estaba la libertad por la que él tanto luchó, durante tantos años, o quizás, cuando miró el calendario de sobremesa y se dio cuenta de que era el 14 de abril, enseguida sus recuerdos le llevaron al pasado, a aquel día en que se proclamó la II República.

Movió la cabeza y suspiró, y siguió mirando por la ventana, donde un sol de primavera dejaba entrar sus rayos iluminando aquella habitación de la residencia, donde desde hacía muchos años vivía. José esperaba a que viniese alguna de las cuidadoras, para acompañarle al jardín, donde todos los días daba un paseo y se sentaba en uno de aquellos bancos, para leer el periódico y algún libro.

Pero aquel día en especial estaba algo inquieto, tardaban en venir para sacarle a pasear, miró hacia la puerta de entrada, pero nadie aparecía y resignado volvió a seguir mirando hacia el jardín, fija su mirada en la puerta de entrada y de pronto se abrió y un hombre joven la traspasó y con paso firme y mirando hacia aquel hermoso jardín comenzó a andar hacia el edificio principal.

José hacía esfuerzos por saber quién podría ser. Él conocía a cuantos venían de visita a ver a sus familiares y amigos y aunque en la distancia no podía distinguir sus rasgos intentaba reconocerle y pensó que desde luego el visitante sería para alguno de los compañeros o compañeras, ya que a él hacía muchos años que ya nadie lo visitaba. No le quedaba familia —su querida compañera murió—, y volvió a pensar que él tenía quizás demasiada edad.

Por fin pudo observar que se trataba de un joven y que portaba un ramo de flores y algún objeto o paquete en la otra mano, y de pronto desapareció de su campo de visión. Siguió pensando que sería familiar de algún residente.

De pronto tocaron en la puerta de su habitación y pensó “ya viene a por mi”, pero entró la cuidadora y con una sonrisa se dirigió a José:

—Hola, José. Tiene usted una visita.

—¡Yo una visita!, exclamó extrañado.

Y entró el joven que él había estado observando por la ventana. Soltó el ramo de flores y un pequeño paquete en los pies de la cama y se dirigió hacia el sillón donde seguía sentado José:

—Hola José. Mi nombre es Germinal.

—Encantado.

José extendió la mano al recién llegado, pero este se inclinó y le dio un fuerte y cariñoso abrazo, el cual fue respondido, aunque el anciano no salía de su asombro, y sin más el joven tomó asiento en el otro sillón de enfrente y alargando el brazo cogió aquel hermoso ramo de flores que estaban hecho con los colores de la bandera republicana española y se lo dio.

—Este ramo es para felicitarle hoy, 14 de abril, día de la República, por la que usted tanto luchó.

Volvió de nuevo a alargar la mano, esta vez para coger el paquete que, envuelto en un papel de regalo, estaba atado con una cinta también con los colores de la República y le dijo

—Tome, José, esto también es para usted.

Desató con sumo cuidado José la caja y deslió el papel. Al abrirla, en su interior había un reloj de pulsera de caballero, cuadrado, y se quedó muy sorprendido, pues el reloj le era algo familiar. Con él en la mano, mirando al joven, le preguntó:

— ¿Pero este regalo?

— Por favor, dele la vuelta.

Dio la vuelta al reloj y leyó la dedicatoria, totalmente sorprendido, y lo hizo en voz alta: “Al amigo que me salvó la vida, José”.

Miró José al joven y rodaron dos lágrimas por sus mejillas; eran de emoción. Y fue entonces cuando el viejo miliciano reconoció aquel reloj y la dedicatoria. Apretó el reloj contra su pecho y muy emocionado, secándose las lágrimas, comentó al joven:

— Es este el reloj que regalé a mi querido amigo Germinal, hace muchos años.

— ¿Pero, cómo lo tienes tú?

Entonces el joven, cogiendo las manos del anciano, le fue contando:

Yo soy el nieto de su amigo y compañero Germinal, con quien estuvo usted en el frente, y él me contaba de niño, cuanto pasasteis en la guerra y cuanto os ocurrió en el campo de concentración, de donde pudisteis evadiros. Me contó, con todo detalle, cómo fue aquella huida y cómo os adentrasteis en los montes, donde sus perseguidores los buscaron y les tirotearon, cayendo usted herido, casi muerto.

Mi abuelo decidió no dejarle y, cargado con usted, entre la maleza del monte, durante dos días, solo paraba para darle agua de donde podía, hasta llegar a una choza de carbonero, donde, una vez seguro, le fue curando con las medicinas que aquel hombre les traía del pueblo cercano, y que no les delató.

También me contó que se unieron ustedes a los huidos en los montes y más tarde en la lucha clandestina, en la ciudad, con el partido, hasta que en una de aquellas redadas de posguerra fue usted detenido y él pudo huir a Francia. Luego le dijeron que le habían condenado a muerte y ya jamás supo nada de su amigo José.

Aquella historia me la contó de pequeño. Cuando fui a la universidad, a Madrid, conocí a historiadores y me puede enterar de que a usted al final la pena de muerte se la conmutaron por la perpetua, y que tras muchos años al final salió de la prisión. Cuando tuve ocasión, se lo conté a mi anciano abuelo, que aunque delicado quería saber y que le buscase, pero, desgraciadamente, cuando supe de su paradero él ya nos había dejado para siempre.

Cando volví a Francia, para su funeral, había dejado un paquete que contenía una carta y una caja con su viejo reloj de pulsera, que siempre había llevado puesto, y el encargo de que se los entregase a usted.

El joven Germinal, algo emocionado, abrió el sobre y sacó la carta que su abuelo había dejado escrita para su compañero y sin más preámbulos comenzó a leer:

Querido amigo y camarada José: Si mi nieto Germinal te está leyendo esta carta es porque ya me ha tocado emprender el último viaje, pero me voy con la alegría de saber que esté vivo, y será él quien te entregue el legado más preciado que tengo y que me ha acompañado siempre.

El reloj que me regalaste, vínculo de nuestra amistad y que te prometí que siempre lo llevaría conmigo, como así ha sido, salvo en este viaje, en el que ya no necesito saber tiempo alguno.

Por eso, ahora quien lo deberá tener y llevar serás tú; así, querido amigo, podrás mirar las horas y minutos hasta que el destino te llame, y quién sabe, a lo mejor, volvamos a estar juntos.

Un fuerte abrazo, Camarada,
feliz 14 de abril, hasta siempre.

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