El boicot cainita que dejó sin el Nobel de Literatura a Benito Pérez Galdós


El escritor, que murió tal día como hoy pero hace cien años, fue víctima de varias campañas orquestadas por grupos de intelectuales y políticos conservadores que convencieron a la Academia Sueca de que no le concedieran el gran galardón de las letras

Grabado firmado por Ramón Casas de Benito Pérez Galdós
Grabado firmado por Ramón Casas de Benito Pérez Galdós – ABC

Galdós nunca le afectó el cambio de siglo. Pasaban los años y el mundo se movía cada vez más rápido, pero él seguía ahí, firme, en la pomada cultural. En 1912, cuando sus mejores novelas ya estaban publicadas, cuando ya había hecho malabares con las palabras y el éxito y no tenía que demostrar nada, todavía era el autor teatral más representado de todo el país, para envidia de los jóvenes. Ese año, más de medio millar de intelectuales españoles –entre los que se contaban Ramón Pérez de Ayala, Jacinto Benavente, Santiago Ramón y Cajal, Octavio Picón o José Echegaray– apoyaron su candidatura para el premio Nobel de Literatura, un galardón que parecía seguro, pero que acabó en manos de Gerhart Hauptmann por razones más bien lamentables. Por cainismo político.

Entonces Galdós tenía 69 primaveras a sus espaldas, pero no estaba cansado: compaginaba su labor de literato con su activismo, que ejercía como diputado de la Unión Republicana y presidente de la Conjunción Republicano-Socialista. Nada raro para un hombre que nunca había escondido su compromiso ideológico, pero un dolor de muelas para un buen número de personalidades conservadoras y tradicionales, que en cuanto se enteraron de que su nombre sonaba para el Nobel se pusieron manos a la obra y armaron un complot que se llevó por delante todas sus posibilidades.

«En una situación normal le habrían dado el premio. Pero enviaron miles de cartas y telegramas a la Academia Sueca pidiendo que no se lo concedieran», explica al otro lado del teléfono Francisco Cánovas Sánchez, autor de «Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso» (Alianza), la nueva biografía del escritor. Pero no solo eso. También impulsaron una candidatura alternativa, la de Marcelino Menéndez Pelayo, que paradójicamente era un gran amigo de Galdós, para crear «una imagen de disenso». Ese año, por cierto, también estaba entre los candidatos, pero sin tanta fuerza, Ángel Guimerá.

El clima era hostil, sin duda. Además, hay que añadir el hecho de que la Academia Sueca estaba muy cerca de su fundación y de los dictámenes de Alfred Nobel. «Él había sido poeta también, aunque mediano, y había establecido que sus premios habían de entregarse a escritores de tendencia idealista, cosa que Galdós no era. Pero lo que pasó fue, esencialmente, que hubo un enfrentamiento ideológico y los suecos decidieron no meterse en eso, pues eran bastante conservadores», asevera Germán Gullón, catedrático de Literatura Española y galdosiano.

Gullón recuerda que todo esto lo dejó muy bien documentado Pedro Ortiz-Armengol, uno de sus grandes biógrafos, fallecido en 2009. Él fue a Estocolmo y accedió a los informes del Nobel, con los que constató el boicot, que no solo afectó a su candidatura de 1912. Según dejó escrito, en 1913 volvió a tener oportunidades y volvieron a llegar a Suecia un buen puñado de protestas, por lo que finalmente el bengalí Rabindranath Tagore resultó vencedor. Al año siguiente, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, no se entregó ninguna medalla. Y en 1915, cuando se barajó de nuevo la posibilidad de distinguir a Galdós, no solo como un reconocimiento a su obra sino también a toda España, los telegramas de 1913, que apuntaban su tendencia liberal y anticlerical, amedrentaron a una institución que quería alejarse de las turbulencias políticas. El beneficiario fue el francés Romain Rolland. Fue la última vez de la que tenemos constancia de que su apellido se pronunciara con acento sueco.

Para Galdós fue una faena, no tanto por el prestigio, que le sobraba, como por sus necesidades monetarias, por su bolsillo. «Los que apoyaban su candidatura también se preocupaban en su economía, que no andaba muy bien. El premio eran 200.000 pesetas de la época, una gran ayuda», apunta Cánovas Sánchez. No estaba en bancarrota, ni mucho menos, pero entonces «no había políticas culturales, ni sistema de protección de los artistas». Tampoco seguridad social… En eso pensaba uno de sus primeros valedores para el Nobel, José Extrañi, director de «El Cantábrico», desde donde defendió a capa y espada a su colega.

Por desgracia, este no fue el único boicot que sufrió nuestro protagonista. Su entrada en la Real Academia Española (RAE) también fue torpedeada varias veces por los sectores conservadores, con Cánovas del Castillo y Juan de la Pezuela y Ceballos, director de la Docta Casa, a la cabeza. Pero no pudieron frenarlo eternamente: Galdós leyó su discurso de ingreso el 7 de febrero de 1897. Aunque nunca le importó demasiado el cargo. «La RAE entonces no tenía un excesivo prestigio, era un lugar donde había esencialmente nobles y gente de renombre político. A Galdós le interesaba más el Ateneo, que era donde se celebraba la vida intelectual», recalca Gullón.

«Nos hemos perdido un gran Nobel, aunque eso no importa demasiado: su obra vale más que diez premios Nobel», zanja el catedrático. Su rechazo, de hecho, casi viene a inaugurar una ilustre lista de genios que se quedaron sin el cacareado galardón. Galdós se sienta en el mismo lugar que Tolstói, que Rilke, que Proust, que Unamuno, que Borges: en un palco donde pueden reírse de esos consejos de sabios que, al contrario que ellos, no gozan del exquisito don de la inmortalidad.

Es lo que opina el escritor Andrés Trapiello, que lo resume con una boutade: «Literariamente la cuestión no tiene la menor relevancia. Para los escritores españoles con Nobel, el premio ha venido a justificar su irrelevancia literaria: desde Echegaray Benavente hasta Aleixandre Cela. Su no concesión en el caso de Galdós ha sido una certificación de su buena salud». Desde el punto de vista político, eso sí, le parece profundamente trágico: «Fue el triunfo de la roña y la sarna española frente a los principios liberales».

En esto, a la vista de las últimas y tristes noticias de esta España quebrada, no hemos cambiado tanto.

ABC

 

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