Juancar, el rey proscrito, por Aníbal Malvar


Nuestros periódicos de derechas ya no saben cómo abordar el delicado asunto de la corrupción borbónica. Cuando, no ha tanto, la revista Forbes y otros medios extranjeros calcularon la fortuna oculta de Juan Carlos I en unos 2.000 millones de euros, la horda mediática vasalla salió clamando que los periodistas extranjeros no tienen ni puta idea. ¿Quién quiere a Woodward y Bernstein teniendo aquí a Eduardo Inda y a Paco Marhuenda?

Los prebostes mediáticos de esta triste matria dieron una explicación delirante a aquellas informaciones: Forbes había confundido los bienes de Patrimonio Nacional de los que goza la manada borbonesca con la fortuna privada, informaron al crédulo populacho. Pero al poco tiempo aparecieron los millones suizos de Corinna y el cuento de la inepcia periodística foránea se derrumbó.

Nuestra prensa más carpetovetónica pasó entonces al plan B: presentar a Corinna como una amante despechada y a Juancar como víctima de sus pérfidos encantos. Muy feminista, como habréis apreciado.

Yo creo que no coló, pero al aparecer otras gavillas de billetes negros veraneando en paraísos fiscales, fue necesario activar el plan C: el cadáver viviente de Juan Carlos fue depositado en el moridero mediático y el coro borbónico entonó el canto gregoriano de la ejemplaridad del nuevo rey frente a su padre. Poco dura la alegría en casa del borbón, y al rato se supo que Felipe VI era beneficiario de alguna de esas siniestras cartillas de ahorro suizas.

La estrategia comunicativa borbónica se volvió entonces estupefaciente: básicamente, consistió en exculpar a Felipe VI señalando que no se enteraba, pues, si no, no se explica que un tipo con todo el aparato del Estado a su servicio no tenga información sobre sus propias cuentas suizas y las andanzas de su padre. La estrategia había funcionado muy bien con la infanta Cristina, cuando se la exculpó de cualquier responsabilidad en el caso Urdangarin aduciendo que no se enteraba de dónde salía la fortuna que dilapidaba junto a su marido. De nada nos había servido a los españoles pagarle a la señora la licenciatura en Ciencias Políticas, el máster en Nueva York y las prácticas en la Unesco. Lo que Natura no da, Salamanca no lo presta (salvo a Cristina Cifuentes y Pablo Casado, of course).

Y ahora, después de la exitosa estrategia del tonto del haba, ABC ha emprendido un nuevo camino, lleno de fantasía y aventuras, en defensa de la dinastía borbónica: Juan Carlos I es un perseguido judicial, cual vulgar titiritero o raperillo. Es el Julian Assange de las monarquías europeas.

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“Que Don Juan Carlos cometiera ilegalidades no justifica que se le prive de garantías procesales elementales”, editorializa el torcuatiano diario. “Don Juan Carlos es uno más ante la ley, debe ser tratado como uno más ante la justicia. No está siendo así”, sentencia. El editorial se titula Si es uno más, como a uno más, y si te lo lees entero te acaba entrando una penita muy honda y española por los trágicos destinos que está sufriendo el pobre Juancar en su castillo de If de Abu Dhabi. Dentro de poco nos sacan una colecta en internet para pagarle un abogado de oficio.

El implacable perseguidor de nuestro arquitecto transicional es el pérfido fiscal suizo Ives Bertossa. En toda buena fábula ha de haber un buen malo.

Viene a decir ABC que Bertossa maneja en la sombra los hilos de nuestra Fiscalía cuando califica a Juan Carlos de “comisionista internacional”. “La Fiscalía transmite la imagen de que realmente no es más que una sucursal del fiscal suizo Bertossa, quien dosifica a su conveniencia informaciones de personas cercanas a Don Juan Carlos”. Bertossa es el Lex Luthor de la judicatura europea, nos sugiere el honorable diario madrileño.

Titular de portada de hoy mismo: Juan Carlos I culpa a la fiscalía de acusarle sin pruebas. En la persona de un solo rey, los españoles hemos gozado en pocos años de un monarca ejemplar, un soberano presuntamente pilluelo y faldero, un rey presuntamente comisionista y, ahora, un rey proscrito. La leyenda continúa.

Le propongo a nuestra prensa borbónica que ahora nos cuente que Juancar no es comisionista, sino que lleva años trabajando en la sombra para devolver a España el oro de Moscú, robado por los rojos. De ahí las abultadas cuentas suizas y paradisiacas de origen inexplicable, que no podía hacer públicas pues eso pondría en peligro la arriesgada misión. Yo creo que esto, los españoles, también nos lo tragábamos. Estamos acostumbrados a leer cuentos de realismo mágico borbónico. Solo nos falta un personaje al que le salgan mariposas amarillas por el coño. Aparecerá.

Público, “EL REPARTIDOR DE PERIÓDICOS”