
De susurros franquistas y anuncios retrotópicos
Terminaba mi primer artículo sobre esta secuencia 1975-2025 de este modo: “(…) lo que se impuso es la última instrucción de Franco al Borbón en su lecho de muerte de preservar a toda costa la unidad de España. De aquellos polvos, estos lodos”. El objetivo de este segundo artículo es proyectar las ideas condensadas en el primero hacia un futuro lleno de incertidumbres. Para ello voy a desarrollar algunas ideas sobre la relación entre esa última orden del dictador a su heredero y los relatos nostálgicos de la transición que han circulado en este 2025, de los que encontramos una síntesis muy sugerente en el anuncio navideño de Campofrío “polarizados”.
No se trata de que este anuncio, en el que las diferencias y en definitiva la propia política aparecen como un grave problema de convivencia, sea la expresión del espíritu de la época en el estado español. La cuestión es que el enfoque (dejemos de estar polarizados/as, insistamos en lo que nos une) responde a la pulsión de fuerzas fácticas que temen las consecuencias democratizadoras y transformadoras de la política hecha desde las izquierdas, pero a la vez pueden albergar algunas dudas sobre los efectos reales de la destrucción creativa que preconizan las derechas echadas al monte, que ahora mismo son casi todas, sino todas. De ahí que el mensaje no verbalizado del anuncio (que es el que importa) invite realmente a recuperar el espíritu de la transición, porque no se emite en Marte ni en el año 3294 sino en 2025 en el estado español, donde la narrativa sobre el pasado reciente sigue capturada por el mantra del prodigioso y ejemplar paso de la dictadura a la democracia. Dicho de otro modo, el anuncio, además de vender alimentos, quiere contribuir a producir un clima de época que deje fuera los “excesos” que han provocado esta polarización y gracias al cual se llegue a acuerdos de estado que limiten la incertidumbre y el debate político.
No es la primera vez que los anuncios de Campofrío aparecen como dispositivos de la batalla cultural conservadora o directamente reaccionaria
En el anuncio, por supuesto, no hay un cuestionamiento de la extrema derecha. De hecho, se coquetea frívolamente con sus marcos y formas pese a que es la que introduce más tensión y embrutece el tono del debate público en nuestra época. Esto es así, entre otras cosas, porque en el estado español la extrema derecha reivindica la monarquía y la transición contra las alianzas entre el centroizquierda, las izquierdas españolas y los soberanismos. Es decir, el supuesto rechazo de todo extremo es en realidad una maniobra para definir el campo de lo aceptable en el que no caben las opciones de salida de la crisis por la izquierda, pero sí VOX.
No es la primera vez que los anuncios de Campofrío aparecen como dispositivos de la batalla cultural conservadora o directamente reaccionaria. Suelen situarse en lo que podríamos llamar una actualización más o menos inteligente de la Formación del Espíritu Nacional del franquismo. La unidad y armonía de las familias (entendida la sociedad como una suma de familias) es puesta en cuestión por los soberanismos, por las protestas sociales, por el feminismo, por la irrupción de fuerzas ajenas al régimen… por lo que al reivindicar formalmente una cena de Nochebuena donde reine la cordialidad se quiere en realidad defender aquello que Franco ordenó preservar al Borbón, esto es, la unidad de España como piedra angular de las estructuras de poder que garantizan que sean las élites más privilegiadas las que mantengan en todo momento el control.
Hemos comprobado las dificultades del PSOE para romper amarras y sacudirse la narrativa casposa del golpe de Tejero y Milans y la modélica transición, en cuyo nombre acaban de cargarse ni más ni menos que al fiscal general del estado
Y es que la de la unidad de España es una narrativa de orden que ha servido para disciplinar a las fuerzas que en cada etapa podían desbordar las reglas del juego. No solo supone la negación del derecho de autodeterminación de los pueblos subordinados a la construcción estatal española, también implica la subordinación del resto de territorios y poblaciones, ya que la verticalidad del supremacismo español impone una razón de estado que dificulta toda democratización en la medida en que las oligarquías siempre pueden apelar al riesgo de secesión y ruptura del estado para disciplinar cualquier proyecto emancipador. En este sentido, la idea de España como cárcel de pueblos no significa que unos pueblos (o un pueblo, el español) encarcele a otros (vasco, gallego, catalán…) sino que la ciudadanía del estado está sometida a un cierto régimen de privación de libertades en nombre de la unidad de España y el supremacismo nacionalista español.
El anuncio de Campofrío y las apelaciones constantes al espíritu de la transición nos dan cuenta por tanto de la voluntad de seguir utilizando estas narrativas para disciplinar a las poblaciones y reducir o anular la capacidad de transformación de los agentes sociales y políticos que pretenden desbordar este marco. Pero también reflejan una notable falta de imaginación política y una gran debilidad estratégica, porque todo lo que son capaces de ofrecer es volver a una versión romantizada de una supuesta época dorada que fue, lo sabemos de sobra, un tiempo de conflictos, de luchas e incluso de mucha violencia. Aquí no hay capacidad de producir futuro, solo se puede ofrecer la vuelta a un pasado que en realidad nunca fue como se presenta retrotópicamente.
Pero si el anuncio de Campofrío expresa esa falta de capacidad de imaginar el futuro del estado español más allá de volver a la transición, la debilidad a veces incluso patética de Feijóo y el Partido Popular frente al fuego amigo y VOX refuerza el diagnóstico. Los vientos empujan a todas las derechas hacia el extremo y, especialmente en esta parte del mundo occidental en evidente declive, el autoritarismo más bizarro pugna por ser la lógica política dominante en la gestión del repliegue. Nos hablan de consensos, sí, pero a la vez avanzan las ideas de reconquista frente a los “moros”, las proclamas de ardor guerrero, las llamadas a linchar “wokes” y las alabanzas sin complejos del franquismo, el nazismo o el actual genocidio sionista.
Por otra parte, hemos comprobado las dificultades del PSOE para romper amarras y sacudirse la narrativa casposa del golpe de Tejero y Milans y la modélica transición, en cuyo nombre acaban de cargarse ni más ni menos que al fiscal general del estado. Hace mucho tiempo que la gente informada sabe que el 23F no fue un golpe de extrema derecha antisistema contra la “democracia” abortado por el Borbón, sino una operación de estado, chapuceramente ejecutada, sí, pero que cumplió su objetivo de poner límites a la transición y abrir una nueva etapa liderada por Felipe González.
La principal debilidad del reino de España es su dificultad para generar adhesiones estables. Es incapaz de asumir la diversidad y especialmente la plurinacionalidad de los territorios que incluye legalmente y no está dispuesta a democratizar el poder político ni a poner en cuestión su modelo socioeconómico diseñado en beneficio de unas minorías
El partido de Sánchez ya debería tener muy claro a estas alturas que no hace falta ser de la izquierda abertzale ni independentista catalán para aparecer en el radar de la maquinaria represiva y disciplinadora de las fuerzas fácticas que controlan determinados aparatos del estado. Una maquinaria que no es una simple articulación de voluntades individuales, sino el reflejo de la capacidad de las élites más privilegiadas de actualizar la misión franquista de mantenerlo todo atado y bien atado. No parece muy inteligente contraponer a los usos no solo reaccionarios sino incluso golpistas de la transición una versión ingenua y buenista del consensualismo que refuerce esa mitificación de manera acrítica: no hay expectativa por la izquierda en términos de retorno a ningún pasado.
Claro que esto sirve también para evitar cualquier nostalgia antifranquista: no, no se vivía mejor contra Franco. De nada nos va a servir creernos en una especie de segundo tiempo de la batalla entre reforma y ruptura tal y como estaba formulada hace 50 años. La actualización del legado de la lucha por la ruptura democrática no puede pasar por su mera repetición, como si nada hubiera ocurrido entre tanto. Sencillamente, no estamos en el tramo final de una dictadura que sabe que debe transformarse y a la vez quiere hacerlo manteniendo el control, sino tras 50 años de un proceso de democratización muy limitado que en algunos aspectos centrales ha sido un esfuerzo fallido y en otros ha llegado más lejos de lo que sus promotores deseaban. En todo caso: no cabe volver atrás. La formulación reforma-ruptura en los términos de los años 70/80 del siglo XX carece totalmente de sentido actualmente: hoy en día no existen las condiciones materiales históricas de aquella disyuntiva. Vale, pero ¿ahora qué?
Que no estemos en aquella situación histórica no quiere decir que la lógica de ruptura con el actual régimen del estado español esté fuera de nuestro tiempo. De hecho, ¿cómo pensar esta coyuntura críticamente, ¿cómo imaginar escenarios de futuro deseables sin cuestionar las grandes pautas del régimen y, por tanto, sin formular mecanismos para desbordarlo rompiendo con sus lógicas? El reto sería, así las cosas, dotarnos de una lógica de ruptura con los legados del franquismo capaz de producir verdaderamente rupturas, no solo de reclamarlas. Un rupturismo pragmático, que parta de las condiciones actuales de la confrontación política para superarlas y desbordarlas.
Ante estas pulsiones sistémicas capaces de capturar el malestar social necesitamos inventar nuevas fórmulas emancipatorias que sustituyan a las que han quedado superadas por la realidad histórica. No podemos sacar ningún manual de ninguna chistera, no hay rodadas que seguir en medio de la niebla, solo experimentación, prueba-error y síntesis autocrítica de los errores y las victorias del pasado. Claro que, bien mirado, esto es un enorme arsenal, si se usa adecuadamente.
La unidad de España fue un elemento fundamental en la transición, porque es lo que ensamblaba la restauración borbónica en una matriz de sentido mucho más profunda
La principal debilidad del reino de España es su dificultad para generar adhesiones estables. Es incapaz de asumir la diversidad y especialmente la plurinacionalidad de los territorios que incluye legalmente y no está dispuesta a democratizar el poder político ni a poner en cuestión su modelo socioeconómico diseñado en beneficio de unas minorías. Así que oscila entre las grandes operaciones de generación de adhesión y las oleadas represivas y disciplinarias. Estamos en un tiempo extraño en el que ambas pulsiones se enmarañan y se enfrentan a la vez, sin que se sepa muy bien cuál va a imponerse y mucho menos con qué resultados.
Mi insistencia con el último mensaje de Franco al Borbón no es algo obsesivo, sino una apuesta por subrayar que la unidad de España fue un elemento fundamental en la transición, porque es lo que ensamblaba la restauración borbónica en una matriz de sentido mucho más profunda. España es legalmente indisoluble y la función de garantizarlo se asigna a las fuerzas armadas, en este caso también trasmitiendo de la ley a la ley el mandato del ordenamiento legal del franquismo. Es decir, la unidad del estado no es fruto de una construcción democrática susceptible de reconsiderarse democráticamente, puesto que no es el resultado de un proceso constituyente democrático, sino una esencia inmutable, indiscutible, que en ningún caso puede someterse a debate y mucho menos a deliberación democrática. La monarquía representa esa unidad indisoluble, al quedar unidas la intangibilidad del monarca y la de la unidad del estado. Ambos están por encima de cualquier legitimidad democrática y por ello no deben someterse al imperio de la Ley.
Si ese es el pilar del régimen, es también su principal punto débil. Por eso siempre han querido evitar toda forma de articulación entre los regionalismos, nacionalismos y soberanismos democráticos y las izquierdas de escala estatal. Necesitan fragmentar el descontento, dividir a quienes aspiran a un cambio, evitar que las energías democráticas puedan multiplicarse al aliarse. Yo diría que esto es una pista que puede servir de inspiración sin que nadie tenga que renunciar a sus visiones, sus objetivos ni sus estrategias.
Fuente: Diario Red