Paul Preston: “Felipe VI es obviamente de derechas”


Sebastian Faber

A sus 79 años bien cumplidos, el historiador Paul Preston (Liverpool, 1946) lo ha visto todo. Aun así, Reconciliación, el libro de memorias de Juan Carlos I de Borbón, le ha dejado de piedra. “Es evidente que Juan Carlos no lo escribió”, me dice cuando hablamos por teléfono a mediados de diciembre. “Pero la pregunta que me provoca este libro es otra: ¿se ha molestado en leerlo?”

¿Por qué lo duda?

Porque, evidentemente, el texto lo deja en muy mal lugar. De entrada, está repleto de errores factuales y contradicciones. La forma en que trata los escándalos, tanto los suyos propios como el de su yerno, es extraordinariamente sesgada. También choca que adopte con frecuencia un tono lacrimógeno. No deja de ser ridículo lo que dice sobre las supuestas penurias de su familia. A la mansión palaciega de Estoril donde vivía con sus padres, Villa Giralda, la llama una “casa de alquiler”. El yate de lujo que les prestó Pedro Galíndez se convierte en un simple “velero”. En algún momento afirma que no es una persona que suela quejarse. Pero lo dice después de pasarse muchas páginas… ¡quejándose!

De todas formas, como biógrafo del emérito, imagino que usted lo habrá leído con sumo interés.

¿Por qué lo duda?

Porque, evidentemente, el texto lo deja en muy mal lugar. De entrada, está repleto de errores factuales y contradicciones. La forma en que trata los escándalos, tanto los suyos propios como el de su yerno, es extraordinariamente sesgada. También choca que adopte con frecuencia un tono lacrimógeno. No deja de ser ridículo lo que dice sobre las supuestas penurias de su familia. A la mansión palaciega de Estoril donde vivía con sus padres, Villa Giralda, la llama una “casa de alquiler”. El yate de lujo que les prestó Pedro Galíndez se convierte en un simple “velero”. En algún momento afirma que no es una persona que suela quejarse. Pero lo dice después de pasarse muchas páginas… ¡quejándose!

De todas formas, como biógrafo del emérito, imagino que usted lo habrá leído con sumo interés.

Bueno, la verdad es que me está obligando a trabajar a contrarreloj. Yo ya había terminado una edición revisada y abreviada de mi biografía de Juan Carlos que saldrá en inglés a comienzos de 2026. La publicación de estas memorias me ha obligado a reescribir el epílogo. Y me está costando.

A estas alturas, ¿es difícil hablar o escribir sobre Juan Carlos de Borbón?

Intento hacer un retrato justo. O sea, un retrato que pueda conciliar las auténticas dificultades de su niñez y adolescencia y su inmensa contribución al establecimiento de la democracia con las revelaciones de conductas cuestionables que terminaron en su abdicación.

Aun así, los medios tienen mucho menos reparo en criticar la monarquía que hace diez años. Estos días, han puesto el foco sobre los aprietos financieros de Juan Carlos, al que le toca devolver los préstamos de amigos y parientes que le permitieron en 2021 regularizar su situación fiscal.

Claro. Y no es porque los que le han prestado esos millones le estén presionando para que los devuelva, sino porque, si no los devuelve, pasarán a considerarse dádivas sobre las que, a su vez, Juan Carlos deberá pagar impuestos.

Juan Carlos de Borbón y Laurence Debray (foto: ¡Hola!)

La ghostwriter del libro, Laurence Debray, menciona en su perfil de LinkedIn que obtuvo un máster en Historia en la London School of Economics en 2000, cuando usted todavía ocupaba una cátedra allí.

Bueno, sí, trabajé brevemente con ella, pero la colaboración no fructificó. Obviamente, desde entonces ha ido por otros derroteros. De los cinco libros que ha publicado, incluido este, cuatro tratan de Juan Carlos. El quinto es una autobiografía que trata sobre todo de su relación con sus padres, Régis Debray y Elizabeth Burgos, que se consideraron revolucionarios.

¿Cuál cree que es el propósito del libro?

Esa es la pregunta del millón. Para empezar por el título, ¿con quién pretende reconciliarse Juan Carlos? Obviamente, no hay nada en el libro que conduzca a una reconciliación con su hijo o con su mujer. El conflicto matrimonial entre Juan Carlos y Sofía se remonta a los años 70. Es verdad que dice muchas cosas amables sobre ella, pero estas seguramente no bastan para compensar su historial de adulterios a escala industrial. Y por más que Felipe tampoco se lleve muy bien, precisamente, con Letizia, se supone que no le harán gracia las cosas que Juan Carlos dice sobre ella en el libro.

¿Entonces, pretende reconciliarse con los españoles?

Pero ¿con qué españoles? ¿Con los franquistas? Porque, en mi opinión, estos serían los únicos que, al leer este libro, saldrían con una imagen positiva de él. Aunque, ahora que lo pienso, quizá ni ellos. Al fin y al cabo, podrían echarle en cara que traicionara a Franco al permitir la democratización de España. No, si Juan Carlos hubiera querido usar este libro para reconciliarse con sus súbditos, tendría que haber resistido la tentación de quejarse por su falta de dinero –o por detalles como tener que devolver los dos coches Ferrari que le regaló un amigo saudí–. El problema del relato que presenta es que no resulta mínimamente creíble para ningún español que haya leído la prensa de los últimos diez años.

En un pasaje que ha levantado una polvareda, Juan Carlos dice que nunca ha permitido que nadie hable mal de Franco delante de él, ya que, al fin y al cabo, le debe la corona.

(Risas.) ¡También es mentira! Yo le he visto hacer una imitación perfecta de Franco. Me hizo reír tanto que casi me da una hemorragia interna.

Bueno, una cosa es que él se burle de Franco y otra es que se lo permita a otros.

Supongo que tienes razón. Yo ciertamente me cuidé mucho de cómo hablaba de Franco en su presencia. E incluso cuando Juan Carlos se reía de él, lo hacía con afecto.

Felipe de Borbón saludando a Franco ante la mirada de su padre, el entonces príncipe Juan Carlos, en el Pazo de Meirás. / EFE

El hecho de que Juan Carlos se niegue a condenar a Franco me recuerda algo que dijo José María Aznar hace poco: “No voy a condenar algo en lo que mi padre participó”. Esa lealtad filial, mal entendida, me parece un problema que afecta a gran parte de la derecha española.

No te lo disputo. Pero en el caso de Juan Carlos, hay que tener en cuenta que su propio padre le trató muy mal. Por eso, en este libro, dice de un número notable de personas diferentes que “eran como un padre” para él. Supongo que también había cierto afecto por parte de Franco, que no tenía un hijo varón. En lo que respecta a la visión que aún tiene la derecha española del franquismo, no podemos obviar lo que suelo llamar el “lavado de cerebro” que supusieron esas cuatro décadas de dictadura –durante las cuales Franco se presentó como el líder que salvó a España de las garras del comunismo, etcétera–. Sus efectos perduran aún hoy, en parte porque desde la Transición –con la libertad de expresión democrática– no se ha realizado ningún contralavado antifranquista.

En Reconciliación, también me llama la atención la insistencia de Juan Carlos, primero, en que, para finales de los sesenta, él ya había llegado a la conclusión de que el país necesitaba democratizarse; y, segundo, en que Franco le dio permiso para esa inevitable reforma.

Otra mentira como una casa. Es abrumadora la evidencia de que Franco no quiso ninguna reforma, bajo ningún concepto. En las memorias hay un pasaje absurdo en el que Juan Carlos cuenta que visitó a Franco en el hospital, días antes de su muerte. “Tuve una última conversación con él”, escribe. “Sentado a su lado en la cama de hospital, me tomó la mano y, como en un último aliento, me dijo: ‘Alteza, le pido una sola cosa: mantenga la unidad del país’. Esa fue su última voluntad. No me pidió mantener el régimen tal y como era, ni los principios del Movimiento Nacional”. Como digo, es absurdo. ¿Qué esperaba? ¡Si Franco estaba moribundo, apenas era capaz de hablar!

Pero ¿por qué, entonces, insiste Juan Carlos tanto en que Franco no se opuso a la reforma? ¿Pretende legitimarse como demócrata sin que los franquistas puedan acusarle de traicionar al caudillo?

Me parece una suposición razonable. Aunque no deja de ser bizarro. Sin ir más lejos, en otras partes del libro sostiene con razón que se jugó la vida en la lucha por la democracia. ¿Por qué querrían matarle los franquistas si no hacía más que cumplir los deseos del caudillo? Pero fíjate que, en lo que respecta a cuestiones de legitimidad, el libro tiene un problema bastante mayor. En su afán por subrayar su protagonismo histórico, Juan Carlos acaba por minar no solo su propia legitimidad, sino también la de su hijo Felipe.

¿Cómo?

Ocurre en un pasaje realmente extraordinario del tercer capítulo. Cuenta Juan Carlos que, en marzo de 2020, Felipe le pide una reunión. Cuando acude al despacho de su hijo, se sorprende, porque está presente también el jefe de la Casa del Rey, Jaime Alfonsín. Entre los dos, le anuncian que le van a quitar la pensión. Entonces, Juan Carlos afirma que le dijo a su hijo: “No olvides que heredas un sistema político que yo forjé. Puedes excluirme personal y financieramente, pero no puedes rechazar la herencia institucional que te sustenta”. En otras palabras, le espeta: “Si tú eres rey, es gracias a mí. No se te ocurra pensar que eres rey porque pertenezcas a la dinastía borbónica. Lo eres tú porque Franco me lo hizo a mí”. La metedura de pata es descomunal. Franco –y esto yo lo documento hasta la saciedad en mi biografía– siempre insistió en que el nombramiento de Juan Carlos como sucesor no implicaba ninguna restauración de la monarquía constitucional borbónica, sino que se trataba de una monarquía del Movimiento nuevamente instalada. Una vez muerto Franco, ese es el estigma deslegitimador del que Juan Carlos se tiene que librar. Y, de hecho, lo logra el 17 de mayo de 1977, cuando su padre, don Juan, abdica a favor de él, otorgándole por fin la legitimidad dinástica. Ahora bien, esa, precisamente, es la legitimidad que Juan Carlos tira por la borda en este pasaje. Para cualquier monárquico, supongo que debe ser algo difícil de tragar.

Paul Preston presenta su biografía de Juan Carlos de Borbón presentada en 2003 (fptp: El Diaro Vasco)

Su biografía del monarca, cuya primera edición salió en 2003, ofrece un retrato más bien simpático de Juan Carlos como persona y como rey. 

Bueno, me esforcé por explicar lo horribles que fueron su infancia y juventud. Primero estuvo mudándose de un país a otro sin que sus padres se preocuparan demasiado por él, y después fue entregado a Franco para que le convirtiera en su sucesor. Al investigar y escribir el libro, me empeñé en no entrar en contacto con Juan Carlos porque no quería que mi relación con él influyera en mi relato. Pero cuando salió la biografía, el rey quedó muy contento con el resultado y me invitó a almorzar con él. Según tengo entendido, en los años posteriores se deleitaba en regalar ejemplares del libro a sus invitados.

En esa biografía, usted también reconoce que Juan Carlos desempeñó un papel clave en la Transición.

Claro. Aunque la Transición la hicieron juntos muchas y muchos españoles, Juan Carlos no dejó de usar su posición como Jefe de Estado para fomentar la democratización del país. Si cabe considerarlo un gran rey –y yo aún lo considero así–, es por ello. Ahora bien, Juan Carlos, ¿personalmente es demócrata? Siempre que me lo pregunta algún periodista, contesto lo mismo: “Ni idea. Pero no creo que importe demasiado”. Lo importante es que no tardó en darse cuenta de que no había otra manera de garantizar la permanencia de la monarquía. Aprendió de la experiencia de la familia de Sofía en Grecia y escuchó los consejos que le llegaban desde la diplomacia norteamericana y británica.

Sea o no un demócrata, este libro de memorias quizá nos permita situar a Juan Carlos políticamente. Yo diría que está más o menos donde Aznar: se niega a condenar al franquismo, odia al PSOE postfelipista, desprecia a los independentistas vascos y catalanes, echa pestes de las leyes de memoria…

Entiendo lo que dices, pero me temo que le imputas una coherencia que no tiene. Es notorio, por ejemplo, que tuvo una relación excelente con Felipe González. Con Aznar, en cambio, se llevaba fatal. El desprecio era mutuo, por cierto.

Juan Carlos de Borbón durante una cena informal con el entonces presidente Rajoy y sus tres antecesores en el cargo, José Luis Rodríguez Zapatero, José María Aznar y Felipe González, en Madrid (2015)(Wikimedia Commons)

¿Cuál es la posición política de Felipe VI?

Es de derecha, obviamente. Solo hay que comparar su discurso del 3 de octubre de 2017 con lo que habría dicho su padre en ese momento. No hay que olvidar que, a pesar de todas sus faltas, Juan Carlos tenía un verdadero don de gentes. Sabía congraciarse con cualquiera. Yo mismo lo he experimentado más de una vez. Cuando te saludaba, te daba la impresión de que lo que había allí era una relación de afecto genuino. Sin duda, también fue lo que le permitió mantener una buena relación con los vascos y los catalanes. Incluso explica su papel en el 23-F. No creo, para nada, que apoyara el golpe. No tenía nada que ganar con él. Pero sí me parece probable que, por su afán de quedar bien con todos, nunca les dijera a Armada, Milans del Bosch y los demás golpistas que se olvidaran de sus planes y se fueran a hacer puñetas.

Veinte años después de la primera edición de su biografía, en 2023, sacó una versión revisada con bastantes más claroscuros. 

Ya lo creo. Dedico bastantes páginas a sus negocios turbios. De hecho, me pasé casi un año entero investigando la documentación financiera revelada por las autoridades suizas. Me llevé bastantes sorpresas. Fue chocante descubrir, por ejemplo, que quien le montó un chiringuito empresarial en Jersey fue Joaquín Romero Maura. El mismo que, durante mi época en Oxford, era un historiador muy respetado. Después de pelearse con Raymond Carr, dejó la universidad y se hizo banquero –era un Maura, después de todo– y le echó una mano a Juan Carlos en la gestión de su patrimonio. Al final, me quedé bastante contento con esa revisión de 2023. Desafortunadamente, por las prisas, la edición en castellano salió con un subtítulo incompleto.

Pone Juan Carlos I. El rey de un pueblo. ¿Qué debía haber puesto?

De rey de un pueblo a héroe caído. En catalán sí salió bien. De hecho, en el epílogo de la nueva edición en inglés que está por salir, concluyo que, con Reconciliación, la caída queda certificada.

 

Viendo sus libros de los últimos 15 años, desde El holocausto español, pasando por Un pueblo traicionado, la biografía de Santiago Carrillo, Los arquitectos del terror y otros títulos, pienso que comparten una especie de leitmotiv: “Sabíamos que las cosas estaban mal. Pero la verdad es que están peor todavía”. Habla de matanzas masivas, de una corrupción endémica, del profundo antisemitismo de los golpistas del 36. Usted, como historiador, ¿se ha vuelto más pesimista o simplemente más realista?

Si te soy honesto, no habría descrito mi trayectoria en estos términos. Pero es verdad que he cambiado. Cuando empecé a escribir sobre España, me consideraba un historiador social. De hecho, mi primer libro, La destrucción de la democracia en España, trata de los orígenes sociales de la guerra: los choques entre los latifundistas y los jornaleros, entre los mineros y los propietarios de las minas, etcétera. Mi obsesión por los orígenes sociales delataba cierta influencia del marxismo. Al mismo tiempo, ya se nota mi vocación de biógrafo, porque también estaba muy interesado en el impacto que tienen los individuos en la historia. Este, en realidad, se convertiría en el leitmotiv de mi obra. En cierto sentido –sin decir que me sienta cómodo con esa idea– me he convertido en un juez moral de figuras históricas. Acabas de mencionar la biografía de Santiago Carrillo. Cuando era joven, me sentía bastante cercano al Partido Comunista, por la simple razón de que representaba la única oposición seria al franquismo, aunque también tenía muchos amigos socialistas y anarquistas. Digo todo esto para explicar que, cuando me puse a escribir la biografía de Carrillo, hacía muchos años que le conocía. Pero igual me quedé escandalizado por lo que descubrí, incluidas las cosas que él había hecho para avanzar en su carrera política.

¿No había algo de ingenuidad por su parte?

Seguramente. Es verdad que tiendo a pensar en términos de buenos y malos. Por algo adoro a Juan Negrín. De hecho, mi libro El final de la guerra: la última puñalada a la República es mi homenaje a Negrín. Un pueblo traicionado, por otra parte, que trata de la incompetencia y la corrupción políticas, fue inspirado, curiosamente, por el Brexit. Trata de España, pero lo escribí desde mi profunda frustración con la clase política británica.

Es interesante que mencione esa dimensión internacional. Hace poco, la prestigiosa revista The New York Review of Books publicó un ensayo sobre su libro Arquitectos del terror, en el que Dan Kaufman pone el foco en la popularidad actual de Franco en Estados Unidos entre la derecha trumpista.

No soy quien para opinar sobre la política norteamericana. Pero sí quiero apuntar algo que me parece terrorífico. Las grandes figuras autoritarias del siglo XX –Hitler, Mussolini, Stalin– tenían algo en común: se hicieron cargo de países pobres, derrotados, con el fin de construir algo o reconstruir su prosperidad. Partían de la nada con la ambición de crear un imperio. Trump, en cambio, es único porque, en su punto de partida, ya está a cargo del ejército más poderoso del mundo. Eso sí que da miedo, mucho miedo.

Fuente: Ctxt 24 de diciembre de 2025

Para leer más:

Sebastiaan  Faber: ¿Por qué no aprenden los Borbones?  CTXT 9 de diciembre de 2025

Nicolás Sesma Las memorias de Juan Carlos I: Si lo que vas a decir El País 9 de noviembre de 2025

Portada: Paul Preston y Juan Carlos de Borbón (Shutterstock)

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