Ucrania después de Maidán: “Hemos llegado a un punto en el que hay que elegir, o comes o te vistes”


La grave crisis económica y el estancamiento del conflicto en el Donbass dividen a los jóvenes, entre los desesperados y los que luchan por mantener vivo el espíritu de la revuelta

Un joven ucraniano mira por la ventana en un autobús camino de la ciudad de Irpin (Marina Meseguer)
Un joven ucraniano mira por la ventana en un autobús camino de la ciudad de Irpin (Marina Meseguer)

“A veces me pregunto qué culpa tengo yo de haber nacido en un país como éste”, dice Maryna mientras se vuelve a poner por enésima vez los guantes para salir del metro. Nieva en Kíev y los vendedores ambulantes venden patatas y granadas cubiertas de nieve. El gobierno ucraniano ha legalizado sus pequeños puestos a pie de calle para no agravar, todavía más, la pobreza de algunas familias.

Ucrania vive permanentes crisis, unas solapan las otras, como en aquel juego infantil de las manos: una crisis económica solapa una crisis política que solapa una crisis territorial que solapa una crisis identitaria. Y así en un bucle interminable.

En un centro comercial del centro de la ciudad las mujeres pasean con abrigos de piel y se vende ropa de marcas conocidas, pero hay muy poca gente en las tiendas. También en el cine. Todo el mundo sube a la planta ocho, en la que se expiden visados. Está llena a rebosar.

“Todas mis amigas ya se han ido. Esta semana despido a las dos últimas que me quedan. Después me quedaré sola. Estoy pensando en hacerme azafata de Etihad Airways [la aerolínea de Abu Dhabi], o ponerme a trabajar en un crucero. Aquí no hay nada que valga la pena”, dice con resignación esta filóloga recién licenciada. “Por eso me da rabia que me digan que mi generación es la que sacará al país adelante. Aquí no hay futuro, no quiero sacrificar mi vida por un país que no cambiará”, lamenta.

Las paradas de carne de un mercado del centro de Kiev están vacías
Las paradas de carne de un mercado del centro de Kiev están vacías (Marina Meseguer)

En el mercado, los comerciantes lamentan que no tienen ni la mitad de clientes que tenían hace cinco años y denuncian que está aumentando la delincuencia. Algunos responsabilizan de la inseguridad a los desplazados por el conflicto en el este. Los sueldos están por los suelos y es habitual tener más de un trabajo para llegar a final de mes. Quizás por eso los puestos de carne están sin clientela.

Todo lo contrario de las paradas de ropa típica ucraniana. Desde hace unos años se ha puesto de moda casarse vistiendo los bonitos bordados florales ucranianos, un ejemplo del renacer del orgullo identitario tras la revolución de Maidán, que justo cumple dos años, y a causa del conflicto con Rusia en el este del país.

Los vestidos de boda al estilo tradicional ucraniano se han vuelto a poner de moda
Los vestidos de boda al estilo tradicional ucraniano se han vuelto a poner de moda (Marina Meseguer)

El espíritu de aquella revuelta contra un sistema podrido que todavía aprieta fuerte con sus tentáculos todas las teclas del poder sigue vivo para muchos. Se ve en los ojos entusiasmados de Myroslav Gai, el actor reconvertido en activista que explica como su ONG Mir&Co manda material al ejército de forma efectiva a través del correo postal. Él mismo se alistó como voluntario al inicio del conflicto.

O en la energía desbordante del discurso de Mustafá Nayyem, uno de los padres del levantamiento de Maidán, que desde su posición actual de diputado en la Rada por el partido de Poroshenko dispara contra el ‘antiguo régimen’ o los nuevos políticos que no cumplen las expectativas de aquellos que salieron a la calle pidiendo una democracia real. Hay muchos en la lucha por el cambio, pero existe la sensación de que todo se quedó a medias y que todavía queda mucho -si no todo- por hacer.

El sol brilla sobre la plaza Maidan de Kiev en una fría mañana de invierno
El sol brilla sobre la plaza Maidan de Kiev en una fría mañana de invierno (Marina Meseguer)

La crisis económica unida a la guerra en el este han disparado los precios. “Hemos llegado a un punto en el que hay que elegir: o comes o te vistes”, indica Maryna. Y es que los duros inviernos ucranianos hacen de la vestimenta de abrigo un bien básico. Lo mismo ocurre con la calefacción, cuya factura aumenta año tras año.

La situación ha llegado a tal extremo que muchos de los desplazados internos que se marcharon de la región de Lugansk por el conflicto ahora están volviendo. La situación no es más segura y siguen corriendo el riesgo de que les caiga un mortero mientras duermen, pero vuelven porque “hay muchos que piensan: ‘Bueno, como mínimo tengo un techo y el costo de los servicios es menor’”, explica el responsable de ACNUR en el país, Pablo Mateu.

Los problemas económicos están haciendo que poco a poco la relación entre los ciudadanos venidos del este y los locales se enrarezca. Al principio del conflicto, miles de voluntarios se organizaron para prestarles ayuda y acogerlos. Ahora muchos recriminan al gobierno que les dé ayudas cuando su situación es tan difícil como la de cualquier otro ucraniano. A ello se suma esa percepción de que la gente del este no es “tan ucraniana” como el resto.

Lo cierto es que el sentimiento nacional ucraniano es un fenómeno bastante reciente. Excepto los más jóvenes, la mayoría de la sociedad, especialmente en Kíev, creció sintiéndose culturalmente rusa a consecuencia de la experiencia soviética.

Una mujer examina la ropa donada para los desplazados en Irpin
Una mujer examina la ropa donada para los desplazados en Irpin (Marina Meseguer)

“Siendo ucraniana, en mi niñez hablábamos mayormente en ruso y teníamos un sentimiento de unidad, aunque fuese postsoviética. Pero todo cambió con la Revolución Naranja [las protestas ocurridas entre 2004 y 2005 tras las cuestionadas elecciones presidenciales]. Iba a un colegio ucraniano, pero, entre nosotros, hablábamos en ruso”, reconoce la periodista Alina Mosendz.

Tras las protestas de principios de los 2000, y especialmente tras la llamada revolución de Maidán, ha habido un boom de la música y la literatura, y el ucraniano ha dejado de ser visto como una lengua ‘de pueblo’. “Creo que vale más la pena luchar por mejorar las cosas aquí que buscar un lugar donde los otros ya lo hicieron antes”, dice con entusiasmo Mosendz.

Nadya Filimonova es una de aquellas ciudadanas que decidió ayudar a los desplazados. Cuando empezaron a llegar a Irpin, una pequeña ciudad dormitorio cerca de Kíev, ella los reunía en el parque o en alguna sala del ayuntamiento para que pudieran charlar entre ellos.

Ahora usa un pequeño local que ha sido financiado por ACNUR -en el que también se dan clases de español financiadas por la fundación valenciana Juntos por la Vida (su gran pasión)- para reunir a los desplazados y hacer actividades que les puedan reportar algún dinero o simplemente puedan sentarse a tomar té y olvidarse un rato de los problemas.

La región de Irpin tiene unos 80.000 habitantes y 8.000 de ellos son desplazados, por lo que el impacto en la vida cotidiana se nota a la fuerza. Las escuelas y los hospitales se han saturado y muchos ciudadanos locales “les echan la culpa de todo”, dice Nadya. Muchos de los nuevos vecinos son gente mayor que llegaron a la ciudad para vivir con sus hijos, que habían emigrado a la capital anteriormente en busca de trabajo.

Un grupo de desplazados internos ucranianos celebran el cumpleaños de una amiga en el local de Nadia Filimonova
Un grupo de desplazados internos ucranianos celebran el cumpleaños de una amiga en el local de Nadia Filimonova (Marina Meseguer)

María es una de ellas. Llegó a Irpin cuando ya no pudo aguantar más en su casa cerca de Donetsk. Los combates suspendieron el servicio de transporte y la anciana se quedó sin forma de conseguir alimentos. “Mi marido murió en 2013 y me quedé sola. No pasaba hambre porque la gente de los pueblos cercanos me traía leche y requesón, pero cuando llegó el invierno no pude seguir viviendo allí”, recuerda. Así que se fue a vivir con su hija. “Tenemos muchos gastos y vivimos en un apartamento muy frío. No sé cuánto podremos aguantar”, explica con tristeza.

Los alquileres también están subiendo y muchos propietarios ya no quieren alquilar habitaciones: prefieren arrendar el apartamento entero, por lo que muchos desplazados están siendo forzados a abandonar las casas. Es el caso de Vera, de 83 años, y su hijo de 60.

El responsable de la ACNUR, explica que es la cuarta vez en su vida que esta anciana se convierte en desplazada. “Dos veces durante la Segunda Guerra Mundial, después fue enviada a Siberia por el gobierno soviético y ahora ha tenido que abandonar su casa cerca de la línea del frente para venir a Kíev y vivir en una habitación”, explica Mateu. Su vida resume todas las derrotas de Europa.

Mientras tanto, debajo de la plaza Maidán, los privilegiados toman ostras y caviar en un exclusivo restaurante secreto decorado con motivos que ensalzan las glorias nacionales. Cerca de allí, decenas de hermosas chicas esperan a su ‘príncipe azul’ de turno en un ostentoso y vacío club lleno de budas y muebles asiáticos. “En Ucrania no hay problemas, sólo hay gastos”, suena el eco de la voz de Maryna.

La Vanguardia