El espíritu de la República


La lectura no es una imposición, sino un goce, y autores como Miguel Hernández son nuestros modelos

Arengando a las tropas durante la Guerra Civil. / Archivo

La lectura no es una imposición, sino un goce, y autores como Miguel Hernández son nuestros modelos. Escritores que han dado nuevas claridades al mundo, nueva belleza a la palabra y que nos enriquecen con sus creaciones. El alegato en pro de autores como el poeta alicantino, para que sea convincente, no puede ser otra cosa que una antología de aventuras literarias y vivencias a la par que una lectura apasionada aunque subjetiva de poemas, obras de teatro y antologías en los que perfilar escenas, personajes, sentimientos y sueños. Del mismo, al igual que de todos los grandes de la literatura, queda la invitación a compartir una trayectoria, una aventura, la que cada cual pueda buscar e imaginar, entrando en un territorio casi infinito.

Espejo de la generación literaria del 27 más que la del 98, así se manifiesta en sus principales obras, desde los poemarios de agonizante intensidad ‘El rayo que no cesa’ (1936), ‘Viento del pueblo’ (1937) y ‘El hombre acecha’ (1939) hasta las creaciones teatrales ‘Los hijos de la piedra’ (1935) y ‘El labrador de más aire’ (1937). Asimismo, tanto en su obra como en su persona, encontramos el halo intelectual de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), reconocida iniciativa pedagógica que se desarrolló en España inspirada en la filosofía del alemán Karl Christian Friedrich Krause (Krausismo) y que repercutió excepcionalmente en la vida intelectual de la nación y en su renovación. La importancia del krausismo radicó en el revulsivo que supuso para una sociedad que se encontraba ahogada por un pensamiento oficial integrista, impuesto por decreto desde las cátedras, y que conmovió los cimientos de la filosofía, el derecho, la historia, la pedagogía, la religión y las ciencias sociales. En cierta medida, podemos afirmar que la obra de Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón, creada el 29 de octubre de 1876, y su iniciativa de regeneración moral para crear un hombre nuevo, influyó en Hernández de la misma forma que en los principales intelectuales españoles del primer tercio del siglo XX. La influencia de la Institución fue determinante para que los poderes públicos emprendieran una serie de reformas que España necesitaba en el ámbito educativo, jurídico y social. La propia generación del 27 fue, en cierta manera, una hija de la ILE y obra de esta fue, sin duda alguna, alcanzar la sintonía cultural y científica con Europa poco antes de que todo este esfuerzo de modernización se viniera abajo con la Guerra Civil española de 1936.

El conflicto bélico provocó el éxodo de cientos de miles de hombres, mujeres y niños que huyeron de la miseria, la represión y la muerte. Los muchos que se quedaron padecieron el castigo y la opresión, física, intelectual y de la memoria del período oscurantista al que llevaron a España durante cuarenta años. Miguel Hernández fue el único escritor comunista de cierta relevancia que continuó en España tras el fin de la guerra. Comunismo al que llegó después de una desmesurada evolución personal que lo llevó desde el cristianismo de su juventud a los poemas de denuncia, de esperanza, de dolor y de tragedia recogidos, fundamentalmente, en las obras que citábamos con anterioridad. Es en estos momentos cuando adquiere la conciencia del poder transformador de la palabra y de la función social y política de la poesía, comprometiéndose sin dudarlo con los valores de la República. Claro que hablar del autor oriolano es hablar de ética y estética, es hablar de compromiso artístico, es hablar de cultura y democracia, es hablar de poesía. Poesía que refulge como uno de los grandes lances de la emoción, de las imágenes y de las palabras, empapadas de humanidad, de la literatura española.

La poesía es transmisión de futuro y de ahí la relación directa de ésta con la política. Resulta política porque su elemento social básico, el lenguaje, transgrede los límites aceptados respecto del modo en que es posible enunciar en el presente, y vaticina en su acontecer, en su existencia misma, una nueva forma de discurso en el ámbito de lo público. Miguel Hernández protagonizó este nexo en una España en la que la situación política y social estaba controlada y dirigida por una oligarquía que con mano de hierro impedía cualquier tipo de reforma en el país y que encaminó su compromiso político hacia la defensa de los más débiles, de los desheredados de la fortuna. Para ello laboró y roturó una poesía de propaganda y aliento que circuló por todas las trincheras republicanas y por eso representó, y representa, todo lo que significó la República española como anhelo y aspiración de mejora, alfabetizando y cultivando a un pueblo analfabeto y olvidado. En ello encontramos también el alma krausista y el espíritu de la ILE y su siembra de la semilla de los mejores logros intelectuales de la España del primer tercio del siglo XX. Nunca hasta entonces habían existido tantas personas valorando la creación intelectual, gozando de ella, haciéndola decisiva en sus vidas, aunque no contribuyeran personalmente a su creación.

Que la política es una mala compañía para los poetas es una máxima muy asentada en las mentalidades y en su historia. El rechazo que genera hoy esta y su escaso prestigio se deben tanto al dudoso comportamiento de innumerables políticos como al hecho de que la Modernidad ha anulado, cuando no suprimido, los ideales sociales y los ha sustituido por un pragmatismo económico categórico y tajante. Claro que esta consideración no desvirtúa el hecho de que Miguel Hernández viviera en uno de los períodos más notables y señalados de la historia de España, la etapa comprendida entre 1898 y 1936. Trayecto histórico de gran brío y energía intelectual imbuido de una musculosa y robusta conciencia de la necesidad de volver a empezar, de una novedosa actitud de radicalidad, de una vocación de realizar un viaje deseado que no tuvo buen final.

La Verdad