Podemos era solo un juego de tronos


Llegaron hace solo cuatro años, pero su espectáculo circense se ha reprogramado tantas veces en las parrillas de unas televisiones que los utilizan para ganar audiencia con esa cosa vieja que se llama Épater le bourgeois, que uno diría que llevan aquí toda la vida. Irrumpieron como elefante en cacharrería para medrar a costa de la justificada indignación de una ciudadanía en shock, sometida de pronto por la crisis a sacrificios y privaciones sin precedentes. Con demagogia infinita se presentaron como la nueva política, una raza de superhombres que acabaría con una casta política endogámica a la que solo le preocupaba servir al poder y repartirse cargos. Lanzaban a los cuatro vientos la monserga de que ellos llegaban con una escoba grande para barrer la corrupción y los privilegios de la clase política. Con un discurso populista, bajo el que se escondían y se esconden las recetas de la ideología que más miseria, muerte y ausencia de libertades ha provocado en la historia de la humanidad, y disfrazando de modelo asambleario un caudillaje sectario, llegaron en tiempo récord a ser vistos como un partido capaz de cambiar las cosas.

Es cierto que ese comprensible encanto social ante un cúmulo de patrañas sin cuento empezó pronto a declinar, porque pronto comenzó Podemos a demostrar que bajo ese disfraz de lo nuevo se escondía el concepto más rancio y viejo de la política, que consiste en alcanzar el poder a toda costa, situando los principios y los medios al servicio de unos fines muy concretos.

Cuatro años han bastado para demostrar que Podemos tiene los mismos vicios de nepotismo y de abuso de privilegios que la vieja política, y que su prioridad no es regenerar el sistema, sino alcanzar el poder poniéndose al servicio de quienes quieren destruir la unidad de España y el modelo de libertades surgido del pacto social tras cuatro décadas de dictadura. Pero la puntilla a tanto embuste ha sido el vergonzoso documento que acabamos de conocer, que muestra en toda su crudeza, y con un lenguaje absolutamente indecente, a qué es en realidad a lo que se dedica este grupo de aprendices de brujo, a los que poco importa el futuro de los españoles, porque a lo que ellos juegan, como si añoraran esas infantiles asambleas de facultad en las que crecieron, es a montar perpetuamente el pollo y a practicar un juego de tronos que incluye las conspiraciones más viles y el desvergonzado afán de reparto de cargos, listas y asesores con sueldo público que cada uno de ellos se atribuye indecentemente de manera personal.

Gracias a la obscena reyerta entre tres de sus fundadores, plasmada en la bochornosa conspiración urdida entre Carolina Bescansa e Íñigo Errejón para acabar con Pablo Iglesias, autor a su vez de purgas estalinistas, hoy sabemos que Podemos es un juguete roto con más pasado que futuro. Una fuerza vieja, rota y prematuramente desgastada, que solo mira a su propio ombligo y cuyos líderes están cegados por el poder. Su demagógico discurso ha quedado el descubierto en cuatro años. Lo que dura una legislatura.

La Voz de Galicia

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