Sobre la elecciones en Francia, de Socialismo Mostoleño


El eterno retorno del que hablaba Nietzsche en el siglo XIX tiene en el siglo XXI un reverso mucho más tenebroso de lo que el atribulado filósofo pudiera imaginar, encarnado en el auge lento pero seguro del fascismo, que en la mal cicatrizada Europa se convierte en una pesadilla recurrente.

La obligada decisión que los franceses/as tendrán que asumir el próximo 7 de mayo nos retrotrae al año 2002 cuando Francia se preguntó qué había hecho mal para llegar a tener que optar entre Jacques Chirac y Jean Marie Le Pen. Entonces fue una anomalía sorprendente, pero hoy la posibilidad de una victoria de la ultraderecha es una posibilidad creíble y muy preocupante.

Desde el año 2002 el mundo ha cambiado mucho. El principal cambio es que el boyante siglo XXI se ha transfromado en una pesadilla social producto del derrumbe del capitalismo que acude, como siempre, al monstruo ultraderechista cuando se tambalea. Después de 1945 sabemos a donde puede conducir ese recurso del capital, capaz de incendiar el mundo antes de que pase a manos de otros gestores.

La perversidad del capitalismo es doble; por un lado agita una amenaza absoluta del fascismo y, al tiempo, logra empujar a quienes se oponen a él hasta la brutal contradicción de apoyar a un enemigo “menor” para evitar el mal mayor. Mientras seamos los y las anticapitalistas quienes nos veamos entre la espada y la pared, seguiremos siendo un movimiento reaccionario, de defensa desesperada y no podremos pasar a la necesaria ofensiva contra el origen del mal que nos machaca día a día.

Llegados a este punto es imprescindible tomar muy en serio la formación de tejido social militante en el anticapitalismo. No sólo en los partidos políticos y las organizaciones sociales, sino en las fábricas, institutos, universidades y en nuestra vida cotidiana. Mientras no seamos capaces de atacar el origen de la enfermedad, luchar contra sus síntomas será un trabajo tan duro como inútil.

El eterno retorno nos abruma con la perspectiva del abismo tristemente conocido, pero también nos recuerda cual es el único antídoto conocido contra el mal que nos acecha.

La historia nos conduce a una encrucijada semejante a la que no tuvieron más remedio que abordar nuestros antepasados. En nuestra mano está asumir la responsabilidad o sucumbir ante ella.