No te signifiques, por Javier Pérez


“No te signifiques, sobre todo, tú no te signifiques” es el ominoso consejo que  más jóvenes de los que podamos recordar escucharon alguna vez a lo largo de las últimas cuatro generaciones. Desde los agitados estertores de la monarquía borbónica en los años 20 hasta hoy, generación tras generación, alguien ha escuchado la desesperada petición de (normalmente) una madre temerosa de que la política trajese la desgracia sobre su casa.

Porque la política, el ejercicio de la capacidad de decisión sobre los asuntos colectivos, siempre ha sido una prerrogativa en manos de una minoría excluyente y celosa de su estatus, el castigo para quien osase cuestionarlo debía ser (y sigue siendo) ejemplarizante, atajando de raíz el contagio. Cuestionar las leyes no solo emanadas de la razón humana (el derecho) sino incluso, las leyes naturales que dictan que “siempre ha habido clases” como recuerda la sabiduría colectiva en forma de refrán, implica en un solo acto desafiar a lo divino y a lo humano, pretendiendo, como Prometeo, robar sus secretos a los dioses para vendérselos a los mortales. El castigo, por tanto, debe ser implacable.

Por eso significarse es tan peligroso. Porque significarse implica llamar la atención del leviatán hobbesiano desafiándolo y asumiendo el riesgo que ello implica.

Históricamente quienes estaban decididos a desafiar al leviatán se agrupaban en organizaciones políticas para actuar coordinadamente. Se llamaban partidos políticos de clase y su función era ser el cuerpo colectivo sobre el que el zarpazo de la bestia quedase diluido para que sus miembros pudieran seguir actuando, implacables e invisibles como termitas, contra la estructura del régimen. Pero no vivimos en esos momentos históricos. Los partidos políticos no son entes ajenos a las influencias sociales y sus miembros han asumido el discurso del enemigo hasta niveles inimaginables incluso por ellos mismos. Se han aceptado reglas del juego impuestas por el enemigo que en la práctica garantizan la estabilidad y la continuidad del mismo régimen que, presuntamente, esperan derrocar. El cuerpo colectivo tiene más miedo aún de recibir el zarpazo del régimen de lo que empiezan a tener los cuerpos individuales que cada día sufren pobreza, explotación y represión. Cuando no tienes nada que perder, solo puedes perder tus cadenas. Cuando no tienes nada que perder, te significas.

El minúsculo paréntesis de “paz social” de los años 90 (no en todos los territorios, no en todos los sectores) saltó por los aires en el 2008, cuando la cuerda que sostenía la zanahoria delante de nosotros se rompió y descubrimos que no había zanahoria alguna que alcanzar por mucho que tirásemos del carro. El pueblo buscó referentes a los que aferrarse y no quedaban; ni partidos, ni sindicatos, ni banderas estaban lo bastante limpios como para usarlos de salvavidas en la inundación de miseria y frustración que llegó. Se organizó una asamblea de autoayuda masiva llamada 15M pero no sirvió de nada pedirle a quienes habían quemado la cena que nos diesen otro plato, así que alguien reunió a mucha gente y dijo que había que crear algo nuevo. Nació la “nueva política” y se volcaron muchas esperanzas y mucho trabajo en reconstruir ese cuerpo colectivo que tanta falta hacía a medida que el régimen se erizaba de leyes mordaza, cargas policiales y delitos de enaltecimiento del terrorismo.

Por un brevísimo instante se dijo y se creyó realmente que el miedo había cambiado de bando. Quienes se habían unido al equipo ganador de la Nueva Política se permitieron el lujo de sonreír, condescendientes, a los viejos militantes que no habían logrado nada después de décadas de mucha manifestación y mucho manifiesto. “Sí se puede” les reprocharon entonces. Y se dispusieron a crear “un nuevo país”

Pero ahí terminó todo. La nueva política llegó a las instituciones y en lugar de enfrentarse al leviatán, se mimetizaron con él. “Es una estrategia” decían los más fieles, pero decisión a decisión, declaración a declaración, los actos de la nueva política se iban pareciendo cada vez más gestionar el sistema y no a cambiarlo. El leviatán no los devoró porque no hizo falta. Porque no se significaron.

Mientras tanto, miles de jóvenes siguen en paro, o trabajando en condiciones decimonónicas, o teniendo que salir del país tras las huellas de sus abuelos emigrantes. Miles de adultos hechos y derechos son detenidos y encarcelados por decir en alto que el rey va desnudo, o que quieren votar para salir de este fracaso colectivo sin importar el rumbo. Miles de jubilados se ven obligados a organizarse (ya tienen experiencia) para defender las pensiones, no ya suyas, sino las de sus hijos y nietos frente al robo generalizado y legal de quienes dicen ser representantes del pueblo. Millones de personas se ven empujadas a significarse individualmente porque no queda cuerpo colectivo bajo el que esconderse.  Y así, uno a uno, el leviatán los va devorando porque se significan aisladamente, destacando como amapolas en el campo de trigo maduro. Y así, el régimen sobrevive década a década, siglo a siglo, sin significarse.

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