SEVILLA: Dos asesinatos de 1936 y un Guernica de madera


Francisco Rodríguez Nodal, de 92 años, cuyo abuelo y tío fueron fusilados después del golpe fascista que acabó con la II República expone en Carmona (Sevilla) un Guernica de madera.

El Guernica de madera tallado por Francisco Rodríguez Nadal / Público

En la casa de Francisco Rodríguez cuelga hacia fuera un letrero de metal en el que se puede leer la palabra artesanía. En la puerta hay un llamador de los antiguos. Un golpe. Pom. Dos golpes. Pom pom. Tres golpes… Pom pom pom. Nadie responde. Al lado, un poco más allá, hay un bar.

-¿Por quién pregunta? ¿Por Francisco Rodríguez? ¿Usted no es de aquí, verdad?

-No, yo vengo de un diario, Publico. Quiero entrevistarlo, porque me han dicho que ha hecho un Guernica de madera que es una maravilla.

Se enciende una sonrisa en el rostro del camarero. Dice:

– Acaba de pasar por aquí. Él siempre va a la peña La Giraldilla. Pasado el teatro ¿Sabe dónde está? A mano derecha. Allí está todas las mañanas.

El día está nublado en Carmona, ciudad crecida sobre una loma, poblada al menos desde hace 5.000 años, en el camino de Sevilla a Córdoba. Es la puerta a la campiña, una zona muy fértil, considerada el granero de la comarca. La niebla le da un aire de misterio y un toque de frescura al verde que inunda, después de un invierno de mucha agua, los latifundios al pie.

El teatro Cerezo, el que hay que pasar para llegar a la peña La Giraldilla, fue el escenario de una escaramuza que se produjo el martes 21 de julio de 1936, tres días después del golpe de Estado militar que a la postre acabaría con la II República. Los fascistas trataron de tomar Carmona, plaza estratégica, pero fueron rechazados. El general golpista Queipo de Llanoque ya controlaba Sevilla, prometió esa misma noche un castigo ejemplar para la ciudad.

El local de la peña está vacío, pero fuera, en la terraza, dos hombres, jubilados, conversan a la sombra del teatro.

-¿Francisco Rodríguez?

Se miran el uno al otro.

-Así por el nombre no caigo. ¿Qué hace?, dice el más dicharachero de los dos.

-Es ebanista, carpintero. Ha hecho un Guernica de madera.

-¡Ah, hombre, el tallista! Siéntese aquí, que enseguida viene. Ha ido a comprar los caramelos. Coja una silla.

En Carmona la gente le dice Francisco, a secas, y también le dice Nodal, que es su segundo apellido, con el que firma sus obras, y es también el primer apellido de su abuelo, Francisco Nodal Ávila, apodado Santero, que fue militante primero del Partido Republicano Radical y luego de Unión Republicana, y fue fusilado por los falangistas en Carmona a principios de septiembre de 1936, según recoge el historiador local Antonio Lería, en un trabajo hoy disponible en la página web todoslosnombres.org.

-No sabes lo que le gusta hablar de política a Francisco, dice uno de los jubilados.

La tertulia crece. A la peña se acerca otro hombre, también jubilado.

-Este muchacho viene a ver a Nodal, le cuentan.

-Me lo acabo de cruzar -responde el hombre-. Mira, por ahí viene. Ese de allí, el que lleva el sombrero.

Francisco Rodríguez Nodal camina a a paso lento y seguro. Utiliza con la mano diestra un sólido bastón de madera. Va vestido como un caballero de la época de la república. Impecable: además del sombrero lleva una camisa, corbata, jersey y chaqueta de tonos verdes. Los zapatos, de cordones, son cómodos.

-Viene a ver mi Guernica, proclama Francisco a sus amigos, después de informarse.

Queipo de Llano cumplió su amenaza al día siguiente, 22 de julio de 1936. “El estado mayor de Sevilla formó una columna compuesta por dos cañones, una sección de ametralladoras, un tabor (batallón) de regulares, un grupo de legionarios y otro grupo de falangistas. (…) Un avión procedente del aeródromo sevillano de Tablada bombardeó Carmona sobre las once de la mañana (…) amedrentando al vecindario y abriendo paso a la columna (…), que ametralló los accesos a la ciudad, cañoneó las barricadas que le salieron al paso y desplegó sus hombres por las aceras (…) tomando la población con relativa facilidad y evidente supremacía en el armamento. Los defensores se ocultaron o huyeron y la guardia civil cambió de bando”, recoge el historiador Lería. Después, la represión, la muerte. “El comandante militar González Narbona plantó su despacho en el salón de sesiones del ayuntamiento (…) realizó cuantas detenciones y aplicó el bando de guerra cuantas veces creyó oportuno. De las que resultaron 23 sacas en cuatro meses, desde fines de julio hasta fines de noviembre”, escribe Lería. Unas 200 personas fueron asesinadas.

Nodal tenía 10 años cuando fusilaron a su abuelo.

-¿Quién le puede quitar la vida a otro ser humano que no ha hecho nada? Me marcó. Aquello me marcó, pero no me destruyó, dice hoy.

El color de sus ojos atentos, despiertos, inteligentes, muy vivos, que han visto nada menos que 92 primaveras, es el color de la caoba, esa madera que tanto le gusta, con la que construyó tantos muebles de arte.

Francisco Rodríguez Nadal / Público
Francisco Rodríguez Nadal / Público

Después de dar un paseo por Carmona, enseña su casa-taller, hoy ya abandonada, en el que labró el Guernica. Allí guarda dos libros autoeditados en los que ha dejado escritas sus memorias de aquellos miserables momentos de la historia de España, de la historia de su pueblo, al que ama. Uno se llama, con cierta ironía, Al paso alegre de la paz, en el que cuenta las penurias de la posguerra, y el otro Caínes del amanecer, y narra en tercera persona sus memorias del verano de 1936.

Así recuerda su último encuentro con su abuelo, en la cárcel: “Dolores (Nodal, su madre) se despidió de su padre. No se preocupe usted, papá… verá como todo sale bien, pronto saldrá de aquí… Adiós, abuelo, dijo Francisco y le tiró con la mano un beso de despedida. Al abuelo se le nubló la vista y soltó una furtiva y reprimida lágrima. Adiós, hijo mío, adiós. El guardia cerró las puertas de aquella ventana tupidamente enrejada y todo desapareció a la vista del chico. Todo el interior de aquel patio, aquellos rostros, aquellos intranquilos hombres, aquel paisaje tan extraño, pero tan nítido y claro iluminado por la luz del día… Todo quedó grabado en la mente de aquel chiquillo. Grabado y detalladamente impreso… tanto es así, que jamás lo olvidaría”.

“Asesinos. Fueron asesinos. Nunca pagaron. A mí nadie ha venido a pedirme disculpas por lo que hicieron“, dice hoy Nodal. El cuerpo de su abuelo está supuestamente en una fosa común excavada en la tierra de un olivar cerca del cementerio del pueblo de Mairena del Alcor, en Sevilla. Allí donde lo dejaron los golpistas, junto a otros quince.

La madera suave

El Guernica de madera, de dimensiones más reducidas que el original de Pablo Picasso, no está en su casa-taller. Ni tampoco otros muebles extraordinarios, hechos por su mano, que aún conserva.

-Tenía clientes en Sevilla, en Madrid, por todas partes, dice.

Sus obras están estos días custodiadas en el museo de Carmona, donde van a ser expuestas dentro de un par de semanas.

A Francisco Rodríguez Nodal se le ilumina la cara cuando habla de la madera, el material con el que ha trabajado toda su vida, con el que ha moldeado su sufrimiento en esa representación del Guernica.

-Cuando yo vi el Guernica, el original, supe que iba a hacer mi obra. Vi lo que iba a hacer. El mío se pude tocar. Ni rascando lo puedes dañar. Te puedes meter en el cuadro. No es un óleo. Es madera. Son esculturas.

El Guernica de Nodal brilla, parece que emite luz. Al tacto la madera es suave, como la cara de un niño.

-Me hace gracia cuando dicen no tocar. A eso no le pasa nada. Te resbala la mano. No tiene nada que hiera, todo se desliza en la obra, dice. En la construcción de este cuadro he utilizado maderas de Ébano, Palo-santo, Nogal, Makaly, Sicomoro y Naranjo-agrio, dejó escrito Nodal en la esquina inferior derecha de su versión del Guernica. Es el juego de los colores propios de esas maderas el que le da la vitalidad, la frescura, la naturalidad a la obra.

Después del asesinato de su abuelo, Nodal volvió a su colegio, a su escuela, a sus amigos. Así lo recuerda en Caínes del Amanecer: “Fue recibido normalmente, como si hubiera estado de vacaciones. No se le nombró el apuntarse a Falange. Supo que algunos chicos lo habían hecho. Vio al profesor que trató de que él lo hiciera. Se cruzaron varias veces por el pasillo, pero no le dijo nada, sólo los buenos días, como si tal cosa, y así fueron transcurriendo los días escolares. Francisco observó que había muchos chicos que tenían luto, supo por ellos que continuaban fusilando hombres. ¿Cómo era posible aquello? Estaban en el mes de noviembre. Cinco meses y seguían asesinando… ¿Cuándo terminaría? ¿Y por qué? Tampoco en su casa habían terminado las tragedias con la muerte de su abuelo. Su abuelo tenía un hijo llamado Antonio, hermano de su madre. Era un hombre de 32 años, casado y padre de cinco hijos, pintor. También de ideas republicanas, como su padre”. El 22 de noviembre de 1936 fue fusilado Antonio Nodal, tío de Francisco.

Después de esos crímenes, la abuela de Francisco fue además obligada por el ayuntamiento, ya en manos fascistas, a pagar una multa de 7.500 pesetas por responsabilidad política, derivadas de los actos en los que su abuelo había participado para defender Carmona de la entrada de las tropas sublevadas. Lo acusaban de haber participado en la lucha, fusil en mano. Para pagar dicha multa, la familia tuvo que vender una casa que tenían en el pueblo.

En su taller, Francisco aún conserva los libros de arte. Con el tiempo, tras regresar a la escuela, pudo estudiar Bellas Artes y aprender bien su oficio. Vaya que sí. Estudió el arte renacentista, barroco, rococó, el estilo Luis XVI, el arte de Al-Ándalus…

Nodal ofrece un caramelo de esos que fue a comprar. De miel.

-Después de haberte contado las miserias, ahora voy a endulzarte la vida, bromea.

Trae una botella de agua de la cocina. Se sienta en el salón. Es la una y media y ya tiene un poco de hambre. Es su hora. En la tele ha puesto un partido antiguo del Betis, su equipo de toda la vida.

-Yo solo podía ser del Betis, dice.

La quinta victoria seguida. 0-1 en Girona.

-Cómo está este año. El entrenador le ha dado alegría a la juventud.

Caínes del amanecer recoge, en su cierre, una parte del discurso que Manuel Azaña pronunció el 18 de julio de 1938, justo dos años después del golpe fascista, en el Ayuntamiento de Barcelona. “Es obligación moral (…) sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia, con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y escuchen su lección: la de esos hombres (…) que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón”.

-¿Le gusta Manuel Azaña?

-No era cualquiera. Era el presidente de la República Española.

-¿Cómo suena eso, eh, Francisco?

-Cómo suena, sí. Cómo suena eso. Presidente de la República Española.

Público

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