Un balance agridulce del 15-M, siete años después


El Mayo Francés y la Spanish Revolution están estos días de aniversario. Ambos fueron fructíferos… y frustrantes

Se han llenado estos días los medios de comunicación de páginas y programas especiales conmemorativos del quincuagésimo aniversario de Mayo del 68, el Mayo Francés. 

Nacida en ámbitos universitarios y alentada por grandes ideales, aquella revolución utópica generó algunas de las mejores frases, eslóganes e ideas del siglo XX: “Sed realistas, pedid lo imposible”, “La imaginación, al poder”, “Prohibido prohibir”. Abrió nuevas puertas y campos a la vida pública -y no sólo en Francia-: visibilizó a los jóvenes como sujeto político, contribuyó a la liberación de las mujeres, amplió los derechos sindicales, impulsó una nueva izquierda que no era ni la socialista ni la comunista… Y dejó al final un cierto poso de frustración -especialmente entre los impulsores de primera hora, los estudiantes- al no lograr uno de sus grandes objetivos aspiracionales: un cambio radical en el poder y en el sistema. El presidente francés Charles de Gaulle quedó tocado, pero no del todo hundido. Su primer ministro, George Pompidou, cayó, pero un año después se convertía en presidente.

En pocos días se cumple otro aniversario, el séptimo, de otra revolución. Más pequeña, de menor impacto mundial, pero ni menos utópica ni menos fructífera… ni tampoco menos frustrante. La del 15-M. La del movimiento de los indignados. La Spanish Revolution, como la bautizó parte de la prensa fuera de aquí. Han pasado aún pocos años desde aquella movilización y aquellas acampadas surgidas en la Puerta del Sol de Madrid y extendidas a casi un centenar de ciudades de toda España, pero algún balance se puede ya hacer.

Dejó también algunas frases y eslóganes que representan y resumen los impulsos que movían a los movilizados: “Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo”. “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”. “Me sobra mes a final de sueldo”. “No falta dinero, sobran ladrones”. “Ni cara A ni cara B. Queremos cambiar de disco”. “No somos antisistema, el sistema es antinosotros”. Y, sobre todo, “No nos representan”, en alusión directa al conjunto de la clase política establecida.

Visibilizó algunos graves problemas y desajustes sociales a los que la opinión pública prestaba poca atención, probablemente porque buena parte de la opinión publicada -¡ay, la vieja prensa; a veces ciega, sorda y muda!- no se lo hacía: los miles de desahucios, la joven generación perdida y en parte emigrada, los pobres con empleo que no lograban salir de la pobreza, la corrupción galopante, los abusos del bipartidismo, las puertas giratorias, la ausencia de transparencia en la vida pública…

El 15-M generó, en definitiva, un enorme caudal político. Fresco, trasversal, trasgeneracional. Pero, como en Francia, tampoco logró “asaltar los cielos”, otro de los eslóganes de aquellos días. Sacudió al viejo poder establecido, pero no lo tumbó. Resquebrajó el bipartidismo, fue el crisol de nuevos movimientos políticos -como Podemos-, interesó por la política y por el activismo a la gente corriente, implicó en el debate público a gentes que nunca antes lo habían estado, pero…

El nuevo paradigma que auguraban todos esos indicios nunca se concretó. Mariano Rajoy llegó al poder unos meses después del 15-M y ahí sigue, dos elecciones generales después, superviviente con la ayuda de todos los partidos, viejos y nuevos, con su mala salud de hierro. Y dicen todas las encuestas que, si hubiera ahora elecciones generales, el PP más Ciudadanos -su recambio “limpio” y casi en la misma franja ideológica, y también su muleta de apoyo en crisis como la que pasa estos días la Comunidad de Madrid, también en la Puerta del Sol- sumarían en torno al 50% de los votos, mientras que la suma de PSOE más Podemos -los teóricos beneficiarios de la herencia del 15-M, especialmente los segundos- se quedarían en torno al 40%.

¿Qué fue de toda aquella fuerza, de aquel enorme caudal de nueva política que iba a regenerar la vida pública y darle la vuelta como a un calcetín? ¿Dónde se ha perdido, dónde se ha disipado, dónde se ha dilapidado, quién lo ha hecho? ¿Qué fue de la indignación y de los indignados, ahora que sigue la desigualdad, y siguen los desahucios, y los escándalos de corrupción, y los abusos del poder, y el drama de los jóvenes con futuro gris o directamente negro, y tantos otros graves problemas de los de hace siete años?

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