Corinna, el rey emérito y la corrupción del régimen, Federación de Republicanos


Conocíamos hace unos días las declaraciones de Corinna Zu Sayn-Wittgenstein, una cortesana que  ha vivido a costa del erario público durante años, sobre el Rey Emérito Juan Carlos I, al que el pueblo español le ha pagado sus divertimentos sexuales.

En ellas se constata, una vez más, que este señor se ha enriquecido durante sus cuarenta años de reinado de forma ilícita, algunas veces haciendo uso de su Jefatura de Estado. Recibió sobres de Arabia Saudí por su intermediación con empresas españolas, comisiones por barril de petróleo comprado, ha evadido impuestos con cuentas en Suiza, ha utilizado testaferros para ocultar bienes, etc. etc.

Si bien no se informa de ello, por el pacto de silencio y protección a la Corona del Estado con la mayoría de los medios de comunicación, algunas cosas han ido saliendo a la luz. Se conocían sus trapos sucios y se intuía que podía ser la punta de un iceberg aún sumergido. Ello (junto a varios escándalos, la caída continua en las encuestas del CSIC, y otras, sobre la Monarquía, etc.) fue uno de los motivos por los que se puso fin a su reinado y abdicó a principios de junio de 2014 en su hijo, el ahora Felipe VI. Había que lavar la cara del régimen. J. Carlos I fue entonces nombrado Rey Emérito, figura que se inventaron los paladines monárquicos y que no contempla la Constitución del 78 (esa de la que el Congreso exhibe un ejemplar en cuya portada está estampada el águila franquista y su lema “Una, Grande y Libre”).

Al ser mantenido como Rey, aunque de forma emérita, se le garantizaba “irresponsabilidad” e “inviolabilidad”, es decir intangibilidad e impunidad. Así reza el artículo 56.3 de la citada: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” (en estos días proliferan debates y disquisiciones jurídicas al respecto).

El nombramiento de “Rey emérito” formaba parte, pues, de una operación abdicación-sucesión que se pergeñó y realizó, rauda y veloz, de espaldas al pueblo, lo que suponía un atentado antidemocrático. Y lo era por ese mismo hecho de no consultar a quien debe ser el soberano, el pueblo español, sobre la Jefatura del Estado (¡nadie ha votado a Felipe VI!), pero también porque encerraba un vasto fraude, una tremenda trama corrupta cuya cabeza era el de testa coronada, J. Carlos I, que velaron, o quisieron velar, quienes fueron los actores principales de tal tropelía, haciéndose, de facto, “cómplices necesarios” de esa trama: el PP y el PSOE y, por supuesto, su hijo.

En aquel junio del 2014 decenas de miles de republicanos salimos a las calles, a pesar de estar prohibidas, y sufrir no pocos represión, las expresiones o manifestaciones republicanas. Esta movilización bien canalizada por unas fuerzas rupturistas, inteligentes y audaces podría haber puesto en un serio aprieto al régimen. Pero faltaban tales fuerzas. Unos (la dirección de Podemos y no pocas de sus organizaciones), fueron agentes desmovilizadores activos; otros (la dirección de IU), no quisieron aventar la lucha, impulsar y llevar la movilización y su organización hasta sus últimas consecuencias. Y las fuerzas rupturistas no teníamos la fuerzas suficientes para ello.

Entonces, también, ante la trama corrupta del emérito personaje y su nombramiento como tal, parte de la izquierda institucional se tapó ojos, oídos y boca, y evitaron denunciar unos hechos que cuestionarían el entramado monárquico, del que ellos no dejan de ser pilares. Si aquellos fueron “cómplices necesarios” por acción, estos lo fueron por omisión.

No, la corrupción no apela solo al PP y a su anterior gobierno. La corrupción en España es sistémica, afecta al conjunto del Régimen, empezando por la Corona, el actual Rey, pasando por los partidos monárquicos y llegando hasta el CNI. Esta monarquía fue designada por Franco y, por tanto, es heredera de todas las lacras del franquismo, entre ellas (como vemos) la corrupción. Además, como han ido desvelando diversas publicaciones, Juan Carlos I no nos salvó el 23-F del golpe de estado, sino que estaba, cuando menos, al tanto de la trama golpista. Añadir que siempre ha puesto todos los obstáculos posibles para  impedir que se desvelen los crímenes del franquismo y nunca ha tenido una palabra de consuelo para los familiares de las víctimas de la dictadura.

Felipe VI no fue elegido. La corrupción es una cualidad del Rey Emérito y es consubstancial al conjunto del régimen, corrupción que han intentado ocultar unos y han obviado otros. La monarquía no es la solución, es el problema. Se impone construir un nuevo marco político de convivencia, que barra toda la podredumbre del régimen monárquico y que obligatoriamente pasa por su ruptura. Un primer paso es la organización (ya en marcha) de una consulta popular sobre el modelo de Estado: ¿Monarquía o República?, tarea en torno a la cual creemos organización popular con el objetivo de cambiar la correlación de fuerzas existente entre el bloque monárquico y el popular-republicano.

¡Unidos, a por la III República!

13 de julio de 2018

Comisión Permanente de la Federación Republicanos (RPS)

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