Memoria histórica y crisis de la COVID-19, por J. C. García Funes


Una nueva crisis económica en 2020? ¿Es posible? | Vivus.es

Nos adentramos en el ecuador del año 2020 con más incógnitas que respuestas, con más intuiciones que certezas. Pero se atisba con seguridad una crisis económica de consecuencias desconocidas en nuestra memoria más reciente, complicándose las de la crisis iniciada en 2008. Una crisis de la que aún no estábamos saliendo, como vienen afirmando muchos expertos, pese al propagandismo neoliberal, urgido a darla por cerrada.

Son varias las conversaciones que he tenido con activistas/militantes de diversos movimientos sociales, evaluando el papel que pueden desempeñar los diferentes colectivos políticos y sociales a la hora de afrontar lo que pudiera venir. Todo ello en la medida de lo posible, con las herramientas a nuestra disposición actualmente, sin ánimo de hacernos trampas al solitario ni realizar augurios futuristas que pronto caigan en saco roto.

En este contexto, no es extraño que se apunte que algunos movimientos serán más perentorios para confrontar la emergencia económica, social, sanitaria, que se abalanza sobre los colectivos más vulnerables. En los próximos meses seguiremos teniendo noticias sobre problemas para afrontar alquileres, para llenar la nevera, para la conciliación familiar… Y para hacerlos frente, una vez más, los movimientos sociales serán fundamentales, a pesar de encontrarnos con un actual gobierno de PSOE-UP que -sea por necesidad o convicción- está dando muestras de pretender aportar una salida un poco más social a esta crisis, frenando las opciones neoliberales que protagonizaron las fórmulas aplicadas desde 2008: para que las élites puedan mantener la rentabilidad y la acumulación de capital, recetas capitalistas para paliar problemas inherentes al sistema de producción.

Quienes han seguido en los últimos años al Movimiento Social de Recuperación de la Memoria (MSRM) atendiendo a su razón de ser, no como meros espectadores mediáticos, y quienes son partícipes activos del mismo, comprenden la necesidad presente del movimiento para atender a las víctimas del franquismo en clave de Verdad, Justicia y Reparación. Pero, en el marco actual, no será extraño escuchar voces que traten de relegar al movimiento memorialista a un segundo plano, tachado de movimiento menor, secundario, anclado en el pasado, como un movimiento que no afecta al presente. No me refiero a las voces que hasta ahora se han mostrado beligerantes contra el movimiento. Entre quienes hasta ahora lo han considerado legítimo, se encuentran quienes de forma más o menos consciente lo consideran un movimiento meramente ritualizado de rememoración o estético. Digo esto sin negar que en cierta medida el movimiento es copartícipe de ello. Pero estos argumentos contribuyen a la caricaturización del movimiento y son un razonamiento que sólo conduce a la vía de su negación. ¿Por qué llorar unas víctimas desde 1936 hasta la transición a la democracia, cuando estamos contando las víctimas del COVID-19, cada día, por centenares de miles en el mundo, y avanzamos hacia las 28.000 en el Estado español? Este razonamiento es una trampa, como también lo han sido los argumentos que llevan queriendo frenar las acciones memorialistas desde finales de los años 70 y el gran impulso del movimiento vivido con el cambio de siglo.

Nos encontramos experimentando la desescalada hacia una “nueva normalidad” tras haber vivido un confinamiento programado para frenar la curva de contagios y fallecimientos por la pandemia por el virus en la primavera de 2020. De hecho, no han sido pocos los miembros o cercanos al movimiento memorialista que han perecido por la COVID-19. Durante el confinamiento, una de las mayores tragedias que ha vivido la población encerrada en sus hogares ha sido la imposibilidad de despedirse de los seres queridos que fallecían. Por motivos de seguridad, no se han podido llevar a cabo con normalidad velatorios, entierros, incineraciones… obstaculizando una necesidad de duelo fundamental ampliamente estudiada desde la psicología a la antropología. Cabría preguntarse si quienes se han opuesto frontalmente durante años a exhumaciones, memoriales, señalizaciones, homenajes, de personas ejecutadas o desaparecidas por la violencia homicida desplegada por sublevados/franquistas desde 1936, han logrado sensibilizarse, por circunstancias propias o ajenas, con la necesidad de reparación que explica la urgencia de determinadas acciones en clave de memoria en el espacio público. 40 años de dictadura, de ostracismo en la memoria colectiva, y 40 años de democracia de olvido y desatención institucional, son ocho largas décadas de ausencia de reparación pública. Sirva el ejemplo de la escandalosa actuación de la derecha política y mediática destruyendo el proyecto inicial de un memorial a las víctimas del franquismo ejecutadas en las inmediaciones del actual Cementerio de la Almudena, en Madrid. Grabar unos nombres en el espacio público no devuelve físicamente a las víctimas en sí, pero, además de ser una urgencia política por ser una reivindicación de largo recorrido, aliviaría parte de la necesidad física del recuerdo de los familiares.

Soy consciente de que esperar que alguien empatice con el dolor de las víctimas del franquismo y de sus familias es una apelación a la ética, lo que me genera dudas, consciente de que entre quienes se oponen a medidas reparativas para víctimas del franquismo se encuentran quienes no han tenido necesidad alguna de exigir reparación moral, política o judicial. Una apelación a la ética nos desviaría de comprender las claves de los intereses de cada parte, si de comprender la Historia se trata (Majuelo Gil, 2012). Pero al tiempo que afirmo, como aspiración, que la tragedia presente puede haber sensibilizado a determinados sectores antes críticos o que no habían dedicado un mínimo esfuerzo a comprender la dimensión de drama humano, psicológico, de las víctimas del franquismo, creo que el eje del MSRM debe incidir eminentemente en el carácter político, jurídico, legislativo de la cuestión. Sí, la voluntad política también depende de cuestiones emocionales, de memoria personal, familiar, colectiva y, si se pretende socavar los apoyos sociales y los consensos que permiten la desatención a las víctimas del franquismo y la impunidad de éste, las herramientas para ello pueden ser heterogéneas y no excluyentes.

Entre quienes se han encargado hasta ahora de mantener la mencionada desatención y han sido sostén de la impunidad, organizaciones políticas como Partido Popular y Ciudadanos, en oposición o gobierno, la tónica general ha sido la de incidir en la necesidad de reconocer “a todas las víctimas” cuando surgen iniciativas de reparación a las víctimas del franquismo. Se estarían enfrentando a quienes desean “levantar heridas” frente al espíritu y el consenso de la transición a la democracia. Es una elección discursiva poco más elaborada que la mera negación por la negación, para la que ya se ha instalado Vox en el Congreso de los Diputados, capaces de, en una misma intervención parlamentaria, enarbolar el discurso de “no mirar atrás” y hablar del PSOE de 1910, Largo Caballero, y demás anecdotarios a los que nos tenía acostumbrado el falangismo. Lo que sí suele unir a todas estas formaciones es la ausencia de crítica -salvo interpelación expresa- ante actos de exaltación nazi-fascista. Sirva como ejemplo nuevamente el Cementerio de la Almudena, con los homenajes en el monumento de la División. No deben ser, a sus ojos, problema para la convivencia y la democracia. La memoria que incomoda suele ser siempre la misma para los mismos.

Quienes se arrogan el mantenimiento de un pretendido consenso de la transición suelen acusar de “mirar atrás” a quienes apoyan medidas reparatorias de víctimas de la dictadura franquista, curiosamente, acudiendo al periodo de la guerra, mirando “más atrás” si cabe, con ánimo de enturbiar los debates. Para evitar hablar de torturas y asesinatos en los años 60-70, acuden a 1936. En algo no se equivocan. Precisamente, sin el golpe de Estado militar de julio de 1936 no se comprenden 40 años de dictadura militar. Estas mismas voces suelen acudir a la transición como si hubiera sido una época ausente de memoria de la guerra o de la dictadura en el espacio público.

Cada día conocemos mejor las diferentes acciones en clave de reparación memorialista que se impulsaron desde los años 70, gracias a la investigación y a la propia memoria interna del movimiento social. Estas acciones fueron asumidas con cierta normalidad por el conjunto de la sociedad, salvo puntuales ataques o debates locales. Si asumiéramos el discurso de las citadas organizaciones políticas, es decir, si estas mismas acciones emprendidas en el presente fueran una quiebra de la convivencia, las acciones que se hicieron desde los 70 también lo habrían sido. Y más graves aún, dado que se habrían producido en el mismo momento de construcción del apelado consenso transicional. Desgraciadamente, estamos demasiado habituados a algunos discursos que recuerdan más al discurso oficial de la dictadura a la altura de los años 60 y 70. Un discurso oficial que pretendía dejar atrás 24 años celebrando la Victoria para celebrar los “25 años de Paz”. Viejos discursos presentados hoy como una tercera vía no-política o apolítica, ajena a conflicto, pero que no dudan, cuestionan ni deslegitiman los aparatos legales y jurídicos de la dictadura. Incluso llegan a tomar como válidas y verídicas las pesquisas e informaciones obtenidas por aparatos de espionaje, detención y tortura, como ocurre con la difusión pública de la información de la Causa General. Esto supone una humillación reactualizada sobre el colectivo de víctimas del franquismo. En mi opinión, las acusaciones de dinamitar un espíritu de convivencia y consenso radican en una concepción idealizada de la transición a la democracia, más o menos voluntariamente. Una idealización ausente de confrontación de memorias de la guerra y la dictadura y, por supuesto, basada en una forma unívoca de desarrollo como proyecto político.

El MSRM debe ser capaz de articularse de tal forma que no dependa de los sentimientos propios o colectivos, de emociones coyunturales, para conseguir que las medidas reparativas hacia las víctimas del franquismo estén ausentes de interpretación de sensibilidades que son, por definición, cambiantes. Para entenderlo de una forma más concreta. Que el Estado aplique la Ley de Enjuiciamiento Criminal para investigar un crimen que originó la existencia de una fosa común, tanto si las primeras investigaciones sugieren que fue un crimen cometido en 1939 o en 2019, es una cuestión política, jurídica, legislativa, no emocional o empática. Es una cuestión de voluntad política. Nos encontramos con fosas descubiertas que, cuando la Guardia Civil –actuando como policía judicial- llega a la misma, afirma a golpe de vistazo que pertenecen a la guerra civil y, sin más, se dan media vuelta sin abrir expediente alguno. Pongo este ejemplo relacionado con fosas, pero “la Memoria histórica” no es sólo una cuestión de exhumaciones. Nada más lejos de la realidad y urge también consolidar esta alerta que parte del MSRM lleva tiempo tratando de contrarrestar. La lucha contra la impunidad del franquismo es más completa y compleja, siendo transversal al ordenamiento jurídico y legislativo presente. Por tanto, siendo clave para cualquier proyecto que se pretenda emancipador, transformador, y va más allá de ajustes presupuestarios o condenas institucionales. Es decir, ni es cuestión de aportar millonadas de euros a determinados objetivos ni de brindis al sol sin más recorrido político que un pronunciamiento público. Iniciativas loables, pero que no apuntan a la raíz, que el franquismo se encuentra intrincado en las bases de la actual democracia y combatirlo es una cuestión no ligada necesariamente a cuestiones presupuestarias.

Cuando aparezcan los argumentos que señalen que el movimiento memorialista “no viene a cuento” ante la crisis que comenzamos a vivir en 2020 fruto de la pandemia de la COVID-19, pensemos en que no escuchamos una nueva canción, solo será un remix. Escucharemos la misma retórica, pero remozada. Los mismos argumentos reconvertidos en arma arrojadiza. No deberán extrañarnos incluso acusaciones al MSRM de ser ajeno a la comprensión de la tragedia presente. Serán los mismos argumentos que llevamos escuchando durante lustros, tan sólo reajustados a conveniencia al presente. Y ya nos conocemos los estribillos machacones.

Si bien no pueden traerse al presente, de forma ahistórica, fórmulas y proyectos pasados propios del momento en que se desarrollaron, la memoria histórica es una herramienta que mira al pasado para comprender el presente, necesaria para conocer que hubo otras crisis en las que otros colectivos utilizaron otro utillaje. Sin melancolías, sino como enseñanza fundamental de que no hubo una forma unívoca de experimentar la vida. Y construir un futuro mejor o, al menos, amortiguar impactos, es una tarea muy presente.

Referencias:

Majuelo Gil, E. (2012) “Construyendo el pasado. Investigación y políticas públicas de la memoria. El caso navarro”, en Fernández Prieto, L. Memoria de guerra y cultura de paz en el siglo XX: de España a América, debates para una historiografía, Gijón: Trea, pp. 253-259.

El Obrero