(Pandemia franquista) ¿Alguna vez se fue?, por Antonio Seoane


No sé cómo se enseñará a los actuales alumnos de Bachillerato la reciente historia de España. En mi época simplemente no se explicaba. Nunca se llegaba. Todo lo más llegábamos al siglo XIX en que se nos exponía linealmente todos los pronunciamientos y revoluciones, períodos conservadores, liberales, progresistas, constituciones, guerras carlistas, alternancias… Como mucho, la 1ª República. No era casual. Era como un intento de meternos en la cabeza que la Historia de nuestro país era muy complicada y liosa y no valía la pena seguir invirtiendo tiempo y paciencia en intentar comprenderla. De paso, se indultaba el nada glorioso siglo XX cuyo estudio serio y riguroso solo podría deprimirnos por las inmensas tragaderas demostradas por el heroico pueblo español para con unos poderes formales y fácticos que siguen presentes hoy. Casi mejor. No era exhibible.

Intuyo que el relato pedagógico será el mismo cuento que nos han contado tantas veces que ya es casi versión oficial: Franco, encarnación del Régimen nacido de la Guerra civil y que finalmente se tecnificó y dulcificó en su última etapa, se murió en Noviembre de 1975. Y ante ello un Rey, que no se sabe de dónde salió, nombró Presidente del Gobierno a Suárez, siempre bien tratado, para que dirigiera una operación de transición a la democracia. Que se inició con una votación de las Cortes franquistas y concluyó con la redacción de una Constitución que instauró una monarquía parlamentaria. Con ello se puso fin al franquismo, salvo en todo caso el oprobioso incidente del 28F, que fue un fracaso. Y colorín, colorado… España se integró en Europa y se constituyó en una democracia avanzada en la que finalmente PP y PSOE se alternaban en el Gobierno. ¡Somos un modelo universal y exportable de transición desde un régimen autoritario a un régimen democrático!

Demasiado simple ¿no? Es la teoría del azucarillo que se disolvió en el vaso de agua y que cuando se pone en cuestión se rebate con el argumento de que el paso del tiempo todo lo mata. Olvidando que la muerte sólo afecta a lo biológico pero no a los intereses, las ideas, las visiones cosmológicas que se transmiten  a lo largo del tiempo más allá de los hombres e incluso las generaciones.  Lo que los filósofos marxistas denominan la reproducción de las condiciones históricas.

Esa versión lineal, ahistórica y acrítica resulta de todo punto insostenible:

Y todo mentira. El franquismo nunca se dulcificó. Casi agónico el Dictador aún firmaba penas de muerte. Las cinco últimas a fines de Septiembre de 2015.

El supuesto principio del fin del franquismo ha de situarse en fecha anterior a la muerte del Dictador. Cuando Mr. Kissinger advirtió que el apoyo americano al Régimen era improrrogable y no se aventurarían con sucesores “mortis causa” como Carrero o cualquier otro. Que de algún modo la cosa había durado demasiado, incluso para ellos. El “hasta aquí hemos llegado” implicaba como contrapartida el compromiso de apoyo desde fuera y desde dentro a un cambio controlado, que no comprometiera sus intereses.

Tampoco el Rey Juan Carlos o Adolfo Suárez eran el fin del franquismo. Uno y otro estaban marcados por la Historia con el franquismo en virtud de haber juramentado ambos las Leyes Fundamentales del Glorioso Movimiento Nacional y la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado que consagraba, a expensas de Don Juan de Borbón, la reinstauración monárquica. Más el Rey como depositario de la legitimidad histórica derivada de la victoria en la guerra civil que le convertía en cabeza del aparato estatal franquista (Ejército, Partido único, Sindicatos únicos, Aparato judicial, Administraciones publicas…). Propiamente, ambos eran las secuelas.

El diseño de la operación era bastante elemental. Un partido rector, la UCD, auténtico puzzle de partidos de derecha reformista, centro derecha y centro izquierda, financiado entre otros por los saudíes merced a la intercesión del Rey. Un partido anclado en el franquismo, residual, la Alianza Popular de Fraga y sus siete magníficos, que votaría finalmente que no a la Constitución, financiado fundamentalmente por el gran capital nacional salvo la oligarquía financiera que financiaba a todos, pero no por igual. Y un partido legitimador, el PSOE que tras romper con el sector histórico y expulsar a los “militant”, era una tábula rasa, una estructura a rellenar a partir de la dirección de un joven Felipe González menos adherido a los principios, dispuesto a deshacerse de cualquiera de ellos, que a los finales. Y  a aprender rápidamente lo que fuera menester. Con la impagable financiación de la Fundación Friedrich Ebert fundamentalmente aportada por dos ultraderechistas alemanes (Friedrich Karl Flick, hijo de un nazi criminal de guerra condenado en el Tribunal de Nüremberg, cuya fortuna provenía del espolio nazi, y Eberhard von Brauchitsch, hijo del general nazi que fue Jefe del Estado Mayor de Hitler).

El pacto en su diseño era un pacto radicalmente anticomunista en sus componentes internacionales y nacionales. Antidemocrático y excluyente de todas aquellas fuerzas políticas que el estatus quo consideraba inconvenientes.

Pero algo, determinante, no funcionó y hubo que cambiar el guión. El asesinato y la movilización para el entierro de los Abogados de Atocha (26 de Enero de 1977) y la legalización del Partido Comunista de España (9 de Abril de 1977), que Fraga Iribarne llega a calificar como Golpe de Estado, dan lugar a que se desencadenen las sinergias que desembocarán en el Golpe de Estado de 28 de Febrero de 1981. Se inicia la destrucción de la UCD, desde fuera y desde dentro, y la caza de Adolfo Suárez, quien a estas alturas se había creído el papel de redentor en un viaje ideológico hacia adelante, hacia el futuro. En este proceso se implican  AP, el PSOE, la cúpula militar, el propio Rey y sectores de la UCD. En ese contexto golpista y de resistencia a la dimisión de Adolfo Suárez, el Golpe del 23F es el empujón final que le coloca en la puerta de salida. Tras él hay datos de que, al parecer, latía la idea no suficientemente madurada de un Gobierno de concentración con el General Armada en la Presidencia, Felipe González en la Vicepresidencia y Fraga Iribarne en el Ministerio del Interior. La solución final, el triunfo real del Golpe, es la dimisión del Gobierno y la convocatoria de elecciones que facilita el acceso electoral al Gobierno del PSOE por primera vez, en 1982. De este modo el Pacto inicial se deshace de Suárez y la UCD y postula una nueva alternancia en el Gobierno de PSOE y AP que, por razones de cosmética, cambia su nombre por el de PP.

A estas alturas el PSOE aún despertaba pocas sospechas y concitaba esperanzas. Felipe, en su recorrido hacia atrás, hacia el pasado al revés que Suárez, se había deshecho del marxismo, de la política de no entrada en la OTAN, había participado en los Pactos de La Moncloa de 1977, contribuido a la destrucción de la UCD y al derribo de Adolfo Suárez por todos los medios y haberse postulado para el referido Gobierno de concentración, etc. Ya sólo le quedaba por dar algunos, pocos, pasos para demostrar que se había convertido en el deseado “hombre de Estado” que podía gobernar el país: meter, no impedir o no enterarse de que su partido chapoteaba en la corrupción (en la que por otra parte estaba desde el inicio) y desarrollar, no impedir o no enterarse de la continuación de las políticas de “terrorismo de Estado”.

En todo este proceso hay efectivamente la proclamación de unos derechos y libertades fundamentales y el establecimiento de un marco constitucional que permiten hablar de un marco de democracia formal. Pero no es menos cierto que hay una conservación absoluta, inalterada de los poderes de hecho, de las ideas y los valores  que soportaron el franquismo en un marco material al que el PSOE se había incorporado plenamente. Y del que sólo ha escapado real y efectivamente con Pedro Sánchez. Ese es el mérito de Pablo Iglesias y los suyos y la causa del odio sistémico que desde el sistema le profesan. Haber resituado al PSOE.

Hablar de nostalgia franquista es tanto como ignorar que el franquismo nunca se ha ido, que vive entre nosotros y que se encarna en millares de “franquitos” que unos golpean cacerolas y outros non, como los pimientos de Padrón.

Sí hay algo que últimamente me llama la atención y no quiero dejar de subrayar. La curiosa mistificación de las dos corrientes ideológicas más importantes del franquismo e históricamente antagónicas: la falangista, más laica-republicana-activista-violenta, y la tecnócrata más dada al estudio-meapilas-indiferente-sibilina. El híbrido falango-opusdeísta, al que responden personajes como Diego Pérez de los Cobos o el ex ministro Jorge Fernández Díaz. Nacionalcatolicismo para dar y tomar. Es de esperar que estas hibridaciones, como las mulas manchegas, resulten estériles.

Nueva Tribuna