Marhuenda y el cocodrilo del Pisuerga, por MOHAMED HAIDOUR


El otro día, en un canal de TV solicitaron al director del diario la Razón su opinión sobre las peticiones de someter al rey emérito a investigación parlamentaria. En su respuesta, atacó a todos los que promueven dicha comisión. Al mismo tiempo enumeró los grandes servicios rendidos a la patria por Juan Carlos I y los ingentes beneficios económicos cosechados gracias a sus inestimables gestiones. A renglón seguido añadió: “además, los árabes y los musulmanes son así de generosos porque forma parte de su cultura y de su forma de ser”.

Reconozco que no soy lector de la Razón, y supongo que nadie de mi entorno lo es, por más chanclas y gafas de sol de plástico que regalen en verano, porque son tan horteras como los calcetines que exhibe su actual director en el mismo canal de televisión que le entrevistó. En el mejor de los casos, lo he hojeado cuando Luis María Ansón, que fue su fundador, lo dirigía y seguramente bobadas como las que suelta Marhuenda, a Ansón nunca se le hubieran ocurrido, porque una cosa es el periodismo más allá de la ideología de la línea editorial que le nutre y define, y otra es el periodismo amarillo y panfletario que se pone al servicio del que lo apadrina y/o lo unta.

Y volviendo a lo dicho por Marhuenda, un director de un diario que a estas alturas todavía no sabe distinguir entre árabe y musulmán es sinónimo de un desconocimiento supino que le inhabilita para transferir información y pretender ser referente de opinión. Otra cosa es si lo hace adrede, y en este caso, además de suponer un atentado a la verdad y a la integridad de la profesión, supone sobre todo un atentado contra el periodismo comprometido con la honestidad y el rigor deontológico. Deontología que hace poco se ha visto también pisoteada por el periódico ABC al publicar un vídeo “robado” tal como lo calificó el director del programa de ETB2 que grabó dicho programa, para intentar distorsionar la verdad sobre un asunto que luego quedó demostrado por decisión judicial que no sucedió como algunos pretendían y deseaban.

En todo caso, más allá de esa mescolanza étnico-religiosa, lo que más indigna es la ligereza y el simplismo con que ha despachado asuntos de mucha gravedad y trascendencia. Por un lado, según lo que habíamos leído, el monarca emérito tuvo un destacado papel en la denominada transición y en la frustrada asonada del 23-F, sin embargo, ese legado queda seriamente cuestionado por unas más que sospechosas transacciones, por unos cuantos regalos y por alguna que otra escapada, que han puesto en serios aprietos a la propia  institución monárquica en su conjunto, mientras el señor Marhuenda, ejerciendo de “más papista que el papa” intenta justificar  lo injustificable, desviando el foco y señalando a diestro y siniestro con tal de aparecer como redentor de una institución que lo que más necesita es transparencia y actualización, y menos aduladores y encantadores de serpientes. Por otro, trata a las pseudo monarquías del golfo pérsico como unos interlocutores lícitos cuando en realidad son unos regímenes dictatoriales desprovistos de toda legitimidad histórica y popular, que sirven a sus mentores y a sus estirpes mientras sus pueblos padecen las penurias materiales y las embestidas más salvajes si alguien le ocurre cuestionar el statu quo. A título de ejemplo para ilustrarle, señor Marhuenda, y sin alejarnos del entorno que le es familiar, ahí está el caso del periodista Jamal Khashoggi descuartizado en su propio consulado, o el caso de las princesas y príncipes en Arabia Saudita y en los Emiratos Árabes cautivos sin juicio ni acusación.

Le reto a hablar sobre estos casos con la misma soltura que intenta blanquear a monarquías de chichinabo, y justificar conductas reprochables desde cualquier perspectiva y ángulo, sea quien sea el transgresor, porque eso es lo que distingue a una democracia y un Estado de Derecho de los reinos bananeros, que están derrochando las riquezas de sus pueblos en adquirir lujos efímeros, financiando con ingentes sumas proyectos inocuos y guerras fratricidas, en vez de invertir en ciencia y conocimiento para salir del subdesarrollo y el atraso máxime cuando las fuentes de riqueza que poseen tienen fecha de caducidad.

En este punto, preguntarán. ¿qué pinta Marhuenda con el cocodrilo del Pisuerga? tal como se indica en el título. Es una pregunta legítima como lo es también: ¿qué pinta el papel higiénico con la pandemia del Covid-19? Pregunta esta última, que por más que intento encontrarle una explicación no lo consigo, aunque seguramente la habrá, porque no es normal que una vez declarada la pandemia la gente se ha ido corriendo a los supermercados para abalanzarse literalmente para acaparar el papel del wáter!

Siempre me han gustado los refranes porque representan el legado cultural emanado de la sabiduría popular, obtenida de los aprendizajes cotidianos y las experiencias acumuladas de una sociedad durante un tiempo determinado. Y a pesar de que hay refranes que pierden su vigencia porque se han dicho en un contexto concreto, también los hay que la pueden conservar e incluso fortalecer con el tiempo como es el caso del refrán: “Qué tiene que ver la velocidad con el tocino” que hace referencia al enajenamiento que produce mezclar en una misma idea cosas completamente distintas, ya sea por confusión o para forzar un razonamiento como le ha ocurrido a Marhuenda.

Nueva Tribuna