Su amante, Corinna era su amante, por Quique Peinado


El posible interrogatorio a Corinna por las comisiones del Rey ...

“La empresaria alemana de origen danés, que entre 2004 y 2012 fue una gran amiga para el exmonarca español”, “la examiga del rey emérito”, “la que fuese amiga entrañable del rey emérito”… Me levanto una mañana de 2020, en un mundo aparentemente interconectado y en el que cualquier aspecto de la vida privada de alguien puede destrozarle la existencia en las redes sociales, y hay medios de comunicación que se refieren así a la examante del rey emérito a la que, según ha declarado ella, le enchufó 65 millonazos de euros procedentes de vaya usted a saber qué democracia ejemplar por pura gratitud. Ella con ese dinero podía haber fichado un buen delantero centro para un equipo de Champions, pero no, decidió quedárselo y hacer vida. No se lo reprocho. Donde esté una buena amistad, que se quite todo.

No aspiro yo a titulares tipo “La calculadora del amor: esta es la cifra a la que nos sale cada polvo del rey emérito con su examante”, ni los deseo, porque su vida privada me la pela si se la paga él, pero sí al menos que la llamen examante. Hay medios que lo hacen, incluso eldiario.es la llama “expareja”, que vista la duración del tema parece una denominación ajustada. No es que tenga yo ningún interés en la vida privada del rey emérito. De hecho, sería partidario de referirme periodísticamente a Corinna como Corinna o como una empresaria, que es lo que es. Pero si vamos a ir al parentesco carnal con JCI, seamos serios.

No soy extremadamente republicano yo. A ver, sí que lo soy, pero no de los que pone el debate en el centro de todo. No estoy radicalmente en contra de una figura como la monarquía en España. Por decirlo mejor: no soy más contrario a la monarquía que a todos y cada uno de los puestos y lugares sociales que se heredan de facto en este país, donde la endogamia es casi ley. Veo cada día cotos de poder otorgados por clase social y lugares a los que las clases populares no pueden acceder. En un lugar en el que la meritocracia brilla por su ausencia, una monarquía que haga bien su papel, sin ser algo deseable, no me parece el mayor de nuestros dramas. Lo dejo escrito para que no se me tome como un furibundo antimonárquico que escribe esto con sangre en los ojos, porque no lo soy.

De lo que sí soy muy contrario es de la generación de periodistas españoles, que ahora tienen una edad (yo tengo 41, pues los que tengan unos 60 y tantos), de los que nos hemos tenido que comer lecciones tipo “eso que hacéis no es periodismo”, que callaron, tragaron y validaron todos estos dispendios del rey padre y que será la siguiente generación de periodistas la que lo sacará a la luz. Si os fijáis, cuanto más viejo es el medio, más denominaciones tipo “la amiga entrañable del rey” contiene. Y, al igual que algunos periodistas más jóvenes ya pertenecen a un gremio que se escandaliza precisamente por la tibieza con JCI, somos una generación de lectores, la mía y por debajo, que nos da risa que nos relaten como si fuéramos niños o gilipollas ese mundo de los desmanes crematísticos y libidinosos del rey.

En la universidad leí Un rey golpe a golpe, una biografía no autorizada del rey emérito. Lo firmaba un pseudónimo, Patricia Sverlo, y me llegó en fotocopias porque no se encontraba el original. Lo publicó Ardi Beltza y su autora, la periodista gallega Rebeca Quintáns, tuvo que firmarlo con otro nombre por seguridad. En aquellas fotocopias (que, decían, escondían las letras del periodista Pepe Rei, aunque finalmente se supo que no eran suyas) leí historias publicadas en prensa extranjera de amantes oficiales, hijas no reconocidas y revelaciones políticas de calado, escritas con mucha solvencia, que ni siquiera aparecían en la prensa de aquí. Es decir: en plenos años 90, la prensa española ni siquiera reproducía lo que la extranjera publicaba sin pudor. Suena a dictadura bananera, pero era así. Era España hace 25 años.

Los medios españoles no tienen mucho de lo que enorgullecerse sobre aquello. Pero, sobre todo, una generación de periodistas que nos mira por encima del hombro, que se lo sigue llevando en columnas sobrepagadas y participaciones en tertulias sobreactuadas, no parece muy legitimada para hacerlo. Saben cosas; que las cuenten. Y, sobre todo, no sigan imponiendo en los medios en los que todavía tienen un peso tremendo una visión edulcorada y cortesana de la monarquía actual: no nos fue bien a la primera. Los españoles somos ya mayorcitos para saber si queremos o no monarquía ni aceptaremos que no se fiscalice a la actual. Los reyes de ahora parecen haberlo entendido incluso mejor que algunos medios.

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