PP, VOX y el golpe de Estado blando, por J. A. Molina


 Grafiti de la artista ‘TVBOY’ en un muro de Barcelona
Vivimos tiempos complicados, nadie puede dudarlo, un período histórico donde la distopía se ha instalado con toda naturalidad, época en la que el individuo se ve atacado por todo aquello que puede traerle desgracia en los aspectos más sustantivos de su existencia social y biológica, hasta el punto que le puede costar la vida misma. 

Como expresó un poeta anglosajón de otra edad crítica hay que ser todo un héroe para enfrentarse a la cotidianidad. Es como si el universo caliginoso del Fausto de Goethe con el diablo apostando con Dios que es capaz de conseguir que el espíritu de Fausto, pongamos que cualquiera de nosotros, abandone sus elevadas aspiraciones y se conforme con cosas triviales, le ha sobrevenido a una ciudadanía mordida por el desapego a la ideología y, con ello, incapaz de de construir modelos de convivencias emancipadores. Sólo un Fausto mediocre, frívolo y sin universo simbólico propio puede situarse sin ningún ánimo transgresor en el mundo inauténtico de la posverdad, de las mentiras verdaderas.

Decía Borges de las novelas de Faulkner que no sabemos qué ocurre en ellas, pero sí sabemos que lo que sucede es terrible. Vivimos hoy en esa paradoja que Galbraith diagnosticó hace más de cuarenta años como “era de la incertidumbre”, donde los éxitos del sistema de mercado en la economía se compadecen con la inestabilidad, la ineficiencia y la inequidad social. Es la consecuencia de una fase del capitalismo que ha dejado mucha gente desconcertada y desamparada que busca reconocimiento desesperadamente. El fenómeno Trump representa de una forma muy plástica un ciclo ascendente de vertebración estructural del neoliberalismo en una inmersión autoritaria que trasciende a la caricatura de una individualidad soberbia y alocada.

Para Christian Salmon la derecha ha creado, como corolario al momento histórico de la posverdad, la ficción de que las redes sociales y el déficit generalizado de atención han alumbrado un nuevo paradigma: la era del enfrentamiento. Las historias ya no sirven. Ya no vence, se concluye, el que construye una narrativa más coherente, sino el que hace más ruido y actúa con más violencia. 

El conjunto de la derecha y ultraderecha en España, difícil de diferenciar en ocasiones por su origen común franquista, propician que el debate político se diluya hasta convertirse en un territorio de violencia verbal

La campaña iniciada por el PP y Vox contra el gobierno de coalición es un ejemplo sumario de la teoría de Salmon: el enfrentamiento es un valor superior a la dialéctica y la razón lo cual hace que la política se convierte en esa naturaleza que Adorno catalogaba como estiércol. El efecto Feijóo consiste en degradar la vida pública hasta un nivel de confusión que haga posible el engaño a la ciudadanía. 

En esta estrategia conjunta del PP y VOXes difícil distinguir quién es el muñeco y quién el ventrílocuo como en un remake del famoso film Dead of night, podemos escuchar cosas terribles sobre el gobierno constitucional que dirige el país, como que es un ejecutivo ilegítimo y criminal (sic), totalitario (sic) o incluso benefactor de terroristas. El calibre de las acusaciones es tan grueso y gratuito en la obsesiva intención de que cale la adjetivación del gobierno PSOE-UP como ilegítimo y transgresor de la ley, que está claro que se está dando en España por la derecha recalcitrante un golpe de Estado de los que Gene Sharp denomino “golpe blando”.

Con este calificativo el politólogo estadounidense quería nombrar a un conjunto de técnicas conspirativas no frontales y principalmente no violentas manu militari, con el fin de desestabilizar a un gobierno y causar su caída, sin que parezca que ha sido consecuencia de la acción de otro poder. En este contexto, el conjunto de la derecha y ultraderecha en España, difícil de diferenciar en ocasiones por su origen común franquista, propician que el debate político se diluya hasta convertirse en un territorio de violencia verbal donde todo se sustancia en una dualidad segregativa entre patriotas y traidores, buenos y malos españoles, en una voluntad autoritaria de exclusión de los que no comparten la ideología ultraconservadora en un formato antidemocrático donde la política solo puede contemplarse desde una relación de vencedores y vencidos.

Fuente: Nueva Tribuna

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