Por un 15M revolucionario, por J.P. Galindo


El 15M, como fenómeno social, no tuvo nada de revolucionario. Ya es hora de que se abandone esa fábula que parece que algunos (sus razones tendrán para ello) quieren imponer repitiéndola  una y otra vez. El 15M fue una protesta, masiva sí, pero una protesta más, de contenido reformista, como tantas otras, que a lo máximo que aspiró fue a exponer una serie de reivindicaciones que ponían de manifiesto el desencuentro formal entre gobernantes y gobernados llevado hasta el extremo soportable por la mayoría.

Aquella “revolución” no fue tal porque carecía de dirección política clara, de reivindicaciones radicales y no era capaz de aprovechar la inmensa energía potencial que poseía para ponerse realmente en movimiento hacia alguna parte. En su máximo esplendor, se limitó a exponer sus reivindicaciones a los mismos representantes públicos contra los que gritaban “no nos representan”.   Es decir, rechazaban la autoridad de sus representantes, al tiempo que les pedían ejercer como tales. He ahí la contradicción de base que anula la fantasía revolucionaria.

Hubo en aquellos días quien comparó el campamento de la Puerta del Sol con la Comuna de París e incluso con un soviet, otros lo comparamos con la Revolución Rusa de 1905. Un puñado de siervos suplicando al zar que sus condiciones mejorasen un poco para poder seguir sirviéndole.

Sin embargo, el 15M también tiene una lectura positiva desde el punto de vista revolucionario. Fue un movimiento social y de masas como pocas veces se ha visto en España desde la Guerra Civil, desde el punto de vista puramente cuantitativo. Demostró, además, que cientos de miles de personas pueden coordinarse entre sí para organizar respuestas colectivas (y con un uso de las tecnologías muy inteligente) pero, sobre todo, demostró que el pueblo sigue manteniendo en su interior el instinto revolucionario que le anima a revolverse contra la represión y el abuso cuando agota su paciencia. Por desgracia, el instinto no basta para obtener resultados.

En mayo de 2011 (y ya con la acampada del 15M en pleno auge) se realizaron unas elecciones municipales y autonómicas en 13 de las 17 provincias españolas. Desde algunos sectores políticos se exigió la disolución de las acampadas apelando a la ley electoral.  La Junta Electoral se reunió y dictó una orden para desalojar los campamentos antes del sábado de reflexión, así que las acampadas se reunieron a su vez para evaluar la respuesta a esa exigencia. Finalmente las asambleas decidieron desobedecer la orden de la Junta Electoral y permanecer en sus campamentos, ante lo cual las autoridades no pudieron hacer nada dada la masa humana organizada.

Este acto fue entendido por la mayoría de los participantes como una victoria del pueblo contra el sistema. En este momento el fenómeno aún no había tomado rumbo político alguno ya que se declaraba al margen de los partidos e incluso de las elecciones, y tenía muchas posibilidades de convertirse en un movimiento  realmente revolucionario, de enfrentamiento directo con el poder a través de la desobediencia abierta de sus órdenes primero y el paso a reclamar el poder después.

Pero ese paso nunca se dió.

La pretendida revolución del 15M renegó desde el primer momento de influencias partidistas o sindicales, abrigándose en la etiqueta de “revolución ciudadana” por lo que la deriva reformista era inevitable, recordando una vez más aquello de que la ideología dominante en una sociedad es la de su clase dominante. Sin contrapesos, era cuestión de tiempo que esa “revolución ciudadana” fuera encauzada de nuevo dentro de los márgenes del sistema político-económico vigente.

“La  burguesía  ha  desempeñado  en  la  historia  un  papel altamente revolucionario.
(…) Una  revolución  continua  en  la  producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen viejas antes de llegar a osificarse”

Parece (tristemente) sorprendente que estas palabras del Manifiesto Comunista describan tan certeramente un hecho realizado 163 años después de su publicación. La burguesía (es decir, el sistema de producción capitalista, que es quien realmente controla a los hombres para perpetuarse a sí mismo) necesita replantear la realidad una y otra vez para renacer con caras nuevas que repitan exactamente las mismas relaciones sociales. Cambiarlo todo para que todo siga igual, como explicaba magistralmente  Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su novela El Gatopardo (que Visconti convirtió en una obra maestra del cine) y cómo podemos observar más de un lustro después en las consecuencias de aquella “revolución ciudadana” que no cambió en absoluto las relaciones de poder.

Pero no por fracasada, debemos despreciar la experiencia social que supuso el 15M. Como dijimos, la experiencia demostró que los trabajadores pueden organizarse al margen de las estructuras tradicionales. Pueden crear redes de apoyo, solidaridad… y de acción propias. Las asambleas populares deben volver a ser parte de nuestro paisaje, como puntos de encuentro y organización de vecinos, trabajadores y estudiantes; pero reorientadas al ataque del sistema, irreformable, del que provienen sus problemas. Se trata de recuperar aquel “no nos representan” pero ampliándolo hasta convertirlo en “(El capitalismo) no nos representa” y ser capaces de presentar una alternativa propia, diseñada por y para quienes movemos el mundo diariamente con nuestro trabajo.

Un 15M realmente revolucionario, realmente crítico con el sistema que ha fracasado arrastrando en su caída a millones de personas, con voluntad firme de sustituir el régimen de producción al servicio de una minoría millonaria por un sistema dirigido por y para las inmensas mayorías productoras, sería un movimiento frente al que las estructuras de poder no tendrían ninguna opción de resistir.

No hay que inventar nada, sólo hay que recordar el viejo grito de guerra; ¡Todo el poder para las asambleas!