Ahora, a por la III República, por JORGE VILCHES


Ya en 2014 Rubalcaba detuvo un movimiento en las bases el PSOE que pretendía proponer la república para paliar la crisis ideológica en la que el partido estaba sumido. Ahora que la presencia de Podemos ha aumentado el temor a quedar como algo testimonial, como el socialismo francés, ese republicanismo desesperado ha florecido.

La reacción de Podemos a la conmemoración de las elecciones generales de 1977 nos ha dejado una buena muestra de las consecuencias del plan de Sánchez, ese que se funda en pactar con “las fuerzas progresistas” para conseguir el poder: desprecio a las instituciones y deseo de ajuste de cuentas. El nuevo PSOE y sus aliados non vienen a cambiar la política, sino lo político; es decir, a transformar las bases de la convivencia.

El primer aviso de Sánchez fue su obsesión por el “mapa rojo” de España tras las municipales y autonómicas de 2015, consistente en aliarse con cualquiera para llegar al poder en los territorios, aun a costa de su perjuicio a corto plazo. Una buena muestra de ello es el ayuntamiento de Madrid, donde los socialistas despreciaron la alcaldía que les ofreció el PP para apoyar a unos podemitas que los han devorado.

El segundo aviso fue el pacto que Sánchez empezó a negociar en septiembre y octubre de 2016 con los de Iglesias y los independentistas, y que provocó su defenestración y el nombramiento de una Gestora. Ahora, tras barrer a Susana Díaz y a la vieja estructura territorial de los barones con las primarias, no avisa, sino que marca el rumbo de su programa para dar la vuelta al marco de convivencia política y social que España se marcó desde 1977.

Las dos claves del actual entramado institucional son la monarquía y el Estado de las Autonomías, y el plan es acabar con ambas. Hay quien aplaude esto, como los que se alegraron cuando se marchó Alfonso XIIIporque odiaban a los Borbones y eran antimonárquicos, pero a los pocos meses se lamentaban diciendo “No es esto, no es esto”. Quizá haya que quedarse con lo que dijo Karl Popper, quien alarmó contra los que vendían futuras sociedades armónicas sobre la ceniza del presente. Los llamaba “arrogantes”, porque esos izquierdistas –casi siempre lo son- creían conocer la mecánica del individuo y de la sociedad, de su historia y desenvolvimiento.

Los nuevos socialistas ya han anunciado que defenderán una futura sociedad en armonía, progresista e igualitaria basada en la plurinacionalidad del Estado. El papel lo aguanta todo, pero el reconocimiento de un grupo humano como nación supone el atribuirle la soberanía tanto como restársela a la nación originaria, la española, que queda en una indefinición identitaria y de poder que conlleva su desaparición como sujeto constituyente. Es evidente que toda nación tiene derecho a decidir sus bases de convivencia, lo político, con lo que, al haber varios sujetos soberanos nuevos en España, la Constitución de 1978 carecería de sentido y legitimidad.

Rajoy preguntó por esta cuestión a Pablo Iglesias, futuro socio de Sánchez, en su teatral moción de censura. El líder de Podemos citó entonces a Jellinek, el teórico de la soberanía del Estado, que fue el mismo planteamiento sobre el que los nacionalsocialistas construyeron su dictadura. Los diputados del PP no se dieron cuenta de este pequeño detalle, o no sabían de qué hablaba (no sé qué es peor). Pero en el caso español, donde el Estado tiene ya forma federal, la aplicación de la fórmula de Iglesias sería lo que Mises llamaba “gobierno omnipotente” en un “momento revolucionario”: la concentración de poder en un Ejecutivo para cambiar el orden político y social en nombre del pueblo, algo tan viejo como Robespierre, el jacobinismo y el Terror.

El plan de alianzas de Sánchez sentencia a muerte la soberanía nacional a golpe de hecho plurinacional, bajo un discurso falsamente democrático, simplón, de esos que empiezan y terminan en la tautología de “lo que quiera la gente”. Ese mecanismo, tan del gusto de los populistas socialistas y nacionalistas, lo aplicarán a la monarquía. En el debate del 39º Congreso del PSOE, celebrado este mes, se debatió el asunto. Nino Torre, ex susanista, secretario general de las Juventudes Socialistas, propuso agregar al programa que su partido se comprometía a “avanzar e implantar la república como modelo de Estado”. Para ello proponía conseguir “apoyos y complicidades mediante una reforma constitucional en la convocatoria de un referéndum”.

La oportunidad de este pulso a Felipe VI no convenció al PSOE de Sánchez, que en su plenario llegó a una componenda: avanzar hacia la Tercera República “fortaleciendo los valores republicanos”. Ese giro al republicanismo, dicen, es la consecuencia de una demanda de la gente: la de profundizar en la “lógica democrática”.

Nadie dijo nada sobre qué son los “valores republicanos”, ni siquiera se esgrimió la infantil adaptación de Zapatero del concepto de “republicanismo cívico”. El motivo es que toda esa parodia republicana es la expresión de una desesperación, no de una convicción. Ya en 2014 Rubalcaba detuvo un movimiento en las bases el PSOE que pretendía proponer la república para paliar la crisis ideológica en la que el partido estaba sumido. Ahora que la presencia de Podemos ha aumentado el temor a quedar como algo testimonial, como el socialismo francés, ese republicanismo desesperado ha florecido.

La República es una forma muy seria que consiste en algo más que en el antimonarquismo, en el odio a los Borbones, en una carrera electoral en la que se compite por la hegemonía de la izquierda, o en un ardid para llenar los huecos de un modelo socialdemócrata que ya tienen los demás. Y es que Sánchez debería explicar cómo se articula una república federal plurinacional. Aunque me temo la respuesta: “Lo que quiera la gente”.

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