Poder y “empoderamiento”: sobre Podemos en el nuevo curso, J. Romero


Et propter vitam, vivendi perdere causas (Y, por vivir la vida, perder la razón de vivir)

«Los marxistas, a diferencia de los anarquistas, admiten la lucha por las reformas… pero a la vez sostienen la lucha más enérgica contra los reformistas que directa o indirectamente circunscriben a las reformas los anhelos y la actividad de la clase obrera… La burguesía liberal concede con una mano reformas, pero siempre las anula con la otra mano… las utiliza para subyugar a los obreros, para desunirlos por grupos… Por eso el reformismo, incluso cuando es totalmente sincero se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia…» (V.I. Lenin, Marxismo y reformismo).

No se puede negar que los principales ideólogos y dirigentes de Podemos tuvieron audacia para rentabilizar un ambiente de movilización general que distaban mucho de dirigir. Bien es verdad que los medios de un sector de la oligarquía fueron puestos a su servicio, también que las movilizaciones no tenían un objetivo político definido más allá de desalojar al PP del Gobierno, y que el propio proyecto que dio origen a Podemos no era sino la consumación de un larguísimo proceso de degradación ideológica y política de la izquierda (incluida una buena parte de la autodenominada comunista) que había renunciado desde hacía años a cualquier objetivo realmente transformador, por lo que su mera aparición contribuyó a acelerar el proceso, dinamitando literalmente el panorama político: su único objetivo desde el principio era ganar “el poder” (entiéndase ganar las elecciones) y a él sacrificaron cualquier otro objetivo verdaderamente transformador.

Con todo, insistimos, es innegable la habilidad de los dirigentes de Podemos para hacerse con el control político del campo popular. Otra cuestión es que hayan intentado desde el principio pasar de matute su ideología oportunista y reformista como una actualización de la ideología revolucionaria; Pablo Iglesias llegó a señalar con su ambigüedad característica en una entrevista: «…me considero marxista. Digamos que tras los presupuestos teóricos y de comunicación de Podemos hay una lectura muy específica (sic) de Gramsci».

Ya hemos tratado en otras ocasiones el largo proceso de degeneración de las corrientes “marxistas” burguesas hasta llegar al postmarxismo y el populismo de Laclau. El podemismo nada tiene que ver con una concepción dialéctica de la lucha política. Si hay algo que ha caracterizado la teoría y la práctica de revolucionarios como Gramsci, ha sido precisamente la determinación del Estado burgués desde un punto de vista de clase y la identificación de la clase obrera como la única interesada objetivamente en superarlo.

De ahí que, como señalara Lenin en la cita que encabeza este artículo, los marxistas aceptamos la lucha por las reformas, pero en ningún caso supeditamos a ellas los objetivos generales, por cuanto tenemos claro que sin superar el Estado liberal es imposible mantener en el tiempo las conquistas. Decir lo contrario, pretender que desde dentro de las instituciones burguesas, aceptando un modelo de Estado determinado, en el caso de España por un proceso de transición que ha dejado intactos gran parte de los elementos de la dictadura franquista, es lisa y llanamente engañar a las clases populares.

Juan Carlos Monedero, quien en la “sombra” orienta el debate interno de Podemos, tratando con desparpajo de lo divino y de lo humano, explicaba así, el concepto marxista (de Groucho) de su organización, en un artículo de mayo de 2016: «Podemos nacía de la certeza de que la clase obrera existe pero ya no se deja representar de manera simplista (sic). Las tesis marxistas que otorgan a la clase obrera un significado existencialista…ya no tiene fuerza explicativa. Otras realidades han nacido con mucha fuerza –el feminismo, el ecologismo, el pacifismo, la defensa de la democracia directa, la lucha contra el capitalismo financiero, el precariado, la economía colaborativa, un nuevo internacionalismo apegado a la nación… La defensa del individualismo comprometido socialmente…Un mundo diferente necesita hipótesis diferentes. Con las armas melladas de la vieja teoría no se podía salir del resistencialismo»(Táctica y estrategia de Podemos).

Con esa concepción interclasista que concibe el sujeto revolucionario como algo disgregado, disperso, sin intereses ni objetivos comunes, solo queda “reconducir el enfado”1 con el único objetivo de ganar el Gobierno (sin alterar la estructura del Estado) y realizar las reformas necesarias para “purificarlo” y reconducir la situación de alarma social. Eso lleva inevitablemente a la derrota y la frustración. Semejante política equivale a aplicar lo que señalaba Juvenal en la cita que da título a este artículo.

reformismo revolucionarioDe hecho, el supeditar todo a ganar las elecciones, ha sido un obstáculo objetivo estos tres años para avanzar en la Unidad Popular en torno a objetivos transformadores. Desde un principio, el núcleo dirigente de Podemos ha adaptado continuamente su “táctica” a esa idea, renunciando siempre a una transformación de raíz del Estado: la lucha por la República como marco de ese cambio no era el momento de plantearla, las grandes directrices en materia de política exterior del Estado monárquico tampoco eran parte del problema. «Somos absolutamente respetuosos con los compromisos adquiridos por nuestro país y los vamos a respetar hasta la última coma» (Sergio Pascual).«Seguiremos respetando los acuerdos de las organizaciones a las que pertenecemos, como son la OTAN y la UE, pero apostamos por una defensa integral europea, que creo que es el futuro» (Julio Rodríguez, ex JUJEM), etc.

El resultado de las elecciones de 2015 enfrió sus expectativas provocando un cambio táctico; tras rechazar el apoyo a Pedro Sánchez en su investidura2, los dirigentes de Podemos miraron hacia el núcleo de dirección de Izquierda Unida, que comparte prácticamente íntegros los postulados ciudadanistas en contra de una parte sustancial de su propia militancia, y radicalizaron el discurso, aunque manteniendo siempre el respeto al marco institucional del régimen3.

Quien dijera: «…no quiero que dirigentes políticos de IU, y yo he trabajo para ella, que son incapaces de leer la situación política del país, se acerquen a nosotros… Que se queden con la bandera roja y nos dejen en paz. Yo quiero ganar», se preparaba en junio de 2016 para el sorpasso, de la mano de Alberto Garzón y su gente.

Esto decía J.C. Monedero en un artículo de mayo de ese año, para justificar el cambio de táctica: «La solución pasaba (antes de las elecciones de diciembre) por reconducir el enfado…En la fase destituyente es donde aparece con fuerza la virtud de la “hipótesis populista”: la construcción de un “ellos” y un “nosotros”…unido a los demás por las demandas insatisfechas diluidas hasta ser simplemente un malestar difuso, un “nosotros” enfadado, con ganas de encontrar un culpable…Cuando falla la operación relámpago toca replantear la estrategia…Y esa es la situación en la que estamos ahora…Por eso, Podemos tiene que regresar a lo que se planteó al comienzo: lograr la unidad popular…Algo nuevo ha sucedido en la política española: la presión popular (sic) sobre Podemos e IU ha forzado un encuentro que estaba muy lejos hace cinco meses…Esa fuerza es precisamente la que asusta al PSOE y al PP y su muletilla naranja».

Pero de nuevo falló el cálculo: las renuncias, la ambigüedad, la soberbia y la falta de credibilidad del discurso ciudadanista terminaron haciendo perder a la coalición Unidos Podemos un millón de votos. Aquellos votos no los enajenó su radicalidad, sino, bien al contrario, la evidente diferencia entre práctica y discurso, la inconsistencia de su propuesta, que básicamente consistía en cambiar un régimen cuyas instituciones están podridas, desde dentro, con reformas que no afectan a su estructura, ni alteran la relación de poder interno, y son por tanto simplemente inaplicables4.

Empezamos un nuevo curso político; el mandato en municipios y comunidades ha sobrepasado su ecuador; el PP, ha conseguido consolidar (bien que precariamente) su gobierno a pesar de los continuos escándalos de corrupción. Y el núcleo dirigente de Podemos vuelve su mirada al PSOE. Consciente de la inconsistencia política y orgánica de las plataformas surgidas durante la erupción ciudadanista, necesita acercarse al social-liberalismo, reforzado tras la pelea interna entre Susana Díaz y Pedro Sánchez.

El Gobierno, entre tanto, no ha cambiado ni una coma de sus leyes reaccionarias: la reforma laboral, la ley mordaza, la LOMCE, la reforma de la Ley de Bases de Régimen Local (mal llamada ley de racionalización, que condiciona la gestión en ayuntamientos y CCAA, sujetándola al control del gobierno y de la UE), la reforma de 2013 de la ley de arrendamientos, etc. siguen plenamente vigentes, pese a las bravuconadas parlamentarias de la leal oposición. Sin embargo, la movilización dispersa ha cesado prácticamente.

La cuestión es que el panorama político ha cambiado radicalmente como consecuencia en gran parte del equívoco ciudadanista, que desvió la tensión política al pantano del parlamentarismo más ramplón, vaciando las movilizaciones y separándolas de los objetivos que las enfrentaban al régimen. Y, como conclusión, asistimos a un lento acercamiento entre Podemos, a quien su secretario general definía como la “nueva socialdemocracia”, y el social-liberalismo. Para este viaje no se necesitaban alforjas.

Ahora bien, está por ver si fructifica esa confluencia; al fin y al cabo los dirigentes socioliberales no olvidan fácilmente el acoso de Podemos a su cuerpo electoral ni la negativa a apoyar la investidura de Sánchez; no olvidan, ni necesitan tanto de Podemos como hace un año. Pero, sobre todo, está por ver si los dirigentes de Podemos no dan un nuevo giro táctico, porque saben que para mantenerse políticamente vivos tienen que evitar “desdibujarse” en un pacto incondicional con el PSOE. Por esa misma razón en el curso político que comienza intentarán probablemente liquidar toda oposición verdaderamente de clase, presentándose como la única alternativa de izquierda, capaz de “tutelar” la labor del PSOE.

En esta coyuntura, la pregunta es: ¿qué Podemos, (debemos) hacer quienes somos conscientes de que solo una transformación de raíz de la estructura económica, política y social del Estado puede permitir encarar una mejora sustancial de las condiciones de vida de la mayoría trabajadora?

En una cosa tienen razón los dirigentes de Podemos, cuando señalan que Izquierda Unida, se había adocenado. Los distintos intentos que hubo de “actualizar” su mensaje, lejos de proponer avances reales hacia la unidad popular (en particular asumiendo medidas verdaderamente transformadoras) iban preparando el terreno para la posterior erupción ciudadanista. Muchos de los impulsores de aquellas Mesas de Convergencia que se celebraron meses antes de ésta, (Enrique de Santiago, Manuel Monereo, Inés Sabanés, etc.) están hoy en las filas de Podemos y las fuerzas afines, o bien comparten su ideario

De hecho, a lo largo de muchos años (realmente ha sido una de las características del proceso de transición) la izquierda ha ido renunciando a un programa político general y disgregando la lucha por la emancipación en parcelas de interés sectorial y limitado; la vanguardia consentía (y en muchos casos fomentaba) la dispersión, ya no buscaba la unificación de las luchas parciales en un caudal común, porque no comprendía que por encima de identidades particulares, la clase obrera tiene un interés común contra el estado liberal, un interés a cuya expresión política no puede renunciar si no quiere hacer inviables también sus conquistas parciales.

El desengaño que ha provocado el ciudadanismo va a tener como consecuencia la frustración de sectores de masas que se habían acercado a la lucha política; pero también puede servir para intentar avanzar hacia la Unidad Popular. A condición de que se tenga la altura de miras suficiente para no ver en esta nueva coyuntura una oportunidad de volver al estado de cosas anterior, caracterizado, como digo, por una izquierda y un movimiento popular dispersos, no solo orgánicamente, sino (y esto es lo determinante) en sus objetivos políticos.

Es por este motivo de vital importancia que avancemos en la confluencia y recuperemos las organizaciones de clase (sindicatos, asociaciones de vecinos, etc.) para articular la lucha en el futuro (que va a ser muy dura, que nadie se engañe). Pero lo determinante va a ser que seamos capaces de articular un programa político común de ruptura radical con el régimen monárquico. El programa del Movimiento Republicano resume, a nuestro juicio, los objetivos más importantes: se trata de avanzar en su desarrollo.

[1] La confusión entre el Estado-clase y la sociedad regulada es propia de las clases medias y de los pequeños intelectuales que acogerían con gusto cualquier regulación que impidiese las luchas agudas y las catástrofes: es una concepción típicamente reaccionaria…en realidad, solo el grupo social que se plantea como objetivo a conseguir la desaparición del estado y de sí mismo puede crear un Estado ético, un Estado que atienda a poner fin a las divisiones internas de dominados, etc. y a crear un organismo social unitario técnico-moral» (A Gramsci, El Estado).
[2] «Soy consciente de que muchos socialistas votaron a Podemos porque pensaban que con usted se podía revitalizar la izquierda y que juntos podíamos cambiar España», replicaba Sánchez a Iglesias en el debate de investidura de febrero, «Muchos de ellos no entienden su comportamiento, por qué va a votar en contra de un candidato socialista para que siga Rajoy. No es que no se pueda. Es que ustedes, sencillamente, no quieren».
[3]Una decisión, por lo demás arbitraria, ilustra perfectamente esta aceptación real del marco jurídico institucional del régimen continuista por parte de Podemos: su dirección estatal cooptaba de nuevo como candidato para las elecciones de junio de 2016 al JUJEM José Julio Rodríguez, esta vez por Almería, al no salir elegido en diciembre como candidato por Zaragoza (tampoco consiguió el acta en esa ocasión).
[4] Gramsci, una vez más, responde al moralismo político propio del oportunismo pequeño burgués: “…lo que se debe valorar en un conflicto no es, precisamente, las cosas tal como están sino el fin que las partes en lucha se proponen con el conflicto mismo…No se puede juzgar, pues, al hombre político por el hecho de que sea más o menos honesto, sino por el hecho de que mantenga o no sus compromisos…» (A. Gramsci, Notas sobre la política y el Estado moderno).

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