La derecha española tiene un problema con la democracia, por LUIS MARÍA GONZÁLEZ


Los conservadores españoles no son necesariamente reacios al compromiso democrático, pero casi todos los escépticos con la democracia que conozco son conservadores.

De todo lo vivido en las tres jornadas de la reciente sesión de investidura de Pedro Sánchez -clima empobrecido e irrespirable, exabruptos de la portavoz de ERC, temeridad e insensibilidad de JxC o de Bildu, incomprensible y sospechoso cambio de voto de una de las diputadas de CC y del diputado del PRC, macarrismo político de la portavoz de Cs…-, nada me ha preocupado más que la conducta, con palabras y hechos, de las derechas españolas, situándose extramuros de la democracia, o dicho de otra forma, abrazando procesos y recursos autoritarios para acabar con un gobierno democrático.

Las derechas

Empiezo por destacar la peligrosa deriva de las derechas españolas, más que nunca fundidas en una sola -aunque en breve empezarán a insinuar diferencias-, porque desde los años 1976 y 1977, en que grupos y fuerzas de la ultraderecha que seguían reivindicando la dictadura acosaran, insultaran y amenazaran a Adolfo Suárez, primer presidente de la España democrática de estos últimos 43 años, nunca habíamos asistido a un contubernio contra el hecho democrático de la investidura tan infame e indecente. En alguna ocasión he hecho referencia a la ausencia de memoria democrática del principal partido de la derecha española. Alguien me podrá decir que la actual generación de dirigentes conservadores que tiene España no pudo ser protagonista del consenso de la transición, y menos de participar en la lucha democrática contra la dictadura de Franco. Falso. Parte de los fundadores de lo que hoy es el Partido Popular pelearon y conspiraron cuanto quisieron contra el proceso democrático, y en coherencia votaron NO a la Constitución de 1978. Y los dirigentes más jóvenes, que hoy controlan el PP, son discípulos del expresidente Aznar, a la sazón, otro encargado de impugnar en su día la Constitución, por mucho que ahora simulen admirarla.

Cuando las derechas son derrotados en las urnas y se forma un gobierno que no es el suyo, sienten que se lo han robado, por eso lo califican de ilegítimo

Las derechas españolas, las extremas y las ultras, se debaten además, en arenas movedizas. Quien más y quien menos confió en que Ciudadanos, tras el descalabro electoral que se ganó más que merecidamente, y que podemos calificar como la pérdida de votos más anunciada de las últimas décadas, optara por un alejamiento del pantano ultraconservador para ensayar una vuelta a sus orígenes. Pero Arrimadas, que participó como la que más del giro a la derecha de Rivera -aunque este dato sirve para explicar una posición y su contraria- carece del saber y la personalidad para liderar un cambio de rumbo que necesariamente debería remover los cimientos de los pactos con Vox y PP en ayuntamientos y comunidades autónomas, y avanzar hacia un proyecto de centro y reformista, que aquí y ahora suena a música celestial.

El Partido Popular, por su parte, ha caído en manos de Aznar. Hace un mes, el nuevo presidente del Partido Popular Europeo, en el que está integrado el partido de Casado, advertía que “el problema de flirtear con la ultraderecha es que empiezas a pensar igual que ellos”. Donald Tusk dijo el 5 de diciembre de 2019 en El País, que no hay espacio para el diálogo entre los populares europeos y los movimientos ultranacionalistas o de ultraderecha. Parece obvio que en España sus socios no le hacen caso. Derecha extrema y ultraderecha han dialogado, pactado, tramado y actuado como un solo partido y han protagonizado los días 4, 5 y 7 de enero el espectáculo más bochornoso y antidemocrático que se recuerda en un debate de investidura, con un ataque ruin y miserable al ya presidente Sánchez. Y aquí reside, a mi juicio, el principal riesgo de la democracia española: la existencia de unas derechas, sin poso democrático, sin lealtad al país y a las instituciones democráticas, que exhiben con una naturalidad inquietante un singular epílogo: cuando son derrotados en las urnas y se forma un gobierno que no es el suyo, sienten que se lo han robado. Por eso lo califican de ilegítimo. Tan triste como real. Y lo hacen con un ejército mediático numeroso y atrevido, y lo que es peor con la pasividad o cuando menos, débil réplica, del progresismo social, político, cultural y de comunicación. Habrá que ponerse las pilas.

Y a pesar de todo, una buena noticia

Sí, es una buena noticia que tengamos un gobierno de coalición de las izquierdas con un programa progresista. Meses atrás critiqué la incapacidad de PSOE y Unidas Podemos para cerrar un acuerdo y evitar nuevas elecciones. El rechazo de Podemos a la propuesta de gobierno conjunto en julio del año pasado me pareció incomprensible e imprudente. Las urgencias de Pedro Sánchez por volver a las urnas, propias de la divinidad. Pero conocidos los resultados del 10 de noviembre de 2019, y la naturaleza de unas derechas echadas al monte, me pareció un ejercicio de irresponsable frivolidad, alumbrar caminos de gran coalición o falso constitucionalismoporque quienes lo defendían saben que semejante escenario no era sino una vulgar retórica hacia el bloqueo institucional, o lo que es peor, hacia las terceras elecciones. El gobierno de coalición con Unidas Podemos, y el diálogo con las fuerzas políticas del independentismo catalán, concretamente ERC, que fue y es una operación de alto riesgo, se me antoja la única alternativa posible para salir del atolladero. A las derechas, cualquier camino que condujera a Sánchez de presidente, les parecía un atentado a la propiedad, porque suyo y solo suyo puede ser el poder. Pero cuesta oír y leer a conspicuos voceros del periodismo ilustrado arremetiendo contra Sánchez por dejarnos en manos del independentismo, sabiendo que frente a este osado viaje, solo nos quedaba una más que probable vuelta a las cavernas.

Con frecuencia, a veces hasta el hartazgo, allí donde pude dar mi opinión, señalé que el principal déficit de la llamada izquierda alternativa, era gobernar. Que no se podía agitar constantemente el NO y actuar únicamente como una ONG. Cuando uno se presenta a las elecciones es, si los votos lo permiten, para gobernar y mejorar las condiciones de vida de la gente, sobre todo de las personas y grupos que más lo necesitan. Estaría bueno, al margen de contradicciones de las que nadie está exento, que cuando el gobierno de coalición es un hecho, apuntemos retorcidas excusas sobre qué hay de lo mío para sembrar dudas sobre el mismo, porque desgraciadamente de tan reiterada demanda está lleno el parlamento. Exigentes, críticos, lo seremos,  pero yo deseo larga vida al gobierno de coalición.

Nueva Tribuna