Un día con una limpiadora por horas: “Vivo pegada al teléfono como una ejecutiva”


24 horas en la inacabable jornada de Blanca, que trabaja en el sector peor pagado de España a través de intermediarios que se quedan hasta el 30% de su sueldo

Relámpagos de colores en la pantalla, alarmas, cuadrículas con fechas en azul, rojo o amarillo. Cada minuto cuenta. Ya ha sonado el despertador y son las seis de la mañana. Tic-tac. Fuera, en el barrio madrileño de Usera, es de noche, claro. Blanca Delgado, de 42 años, consulta el teléfono nada más incorporarse de la cama; su marido, Christian, mano derecha del general, aún duerme. Blanca parece una ejecutiva con un calendario lleno de símbolos de exclamación, citas y reuniones… pero en realidad es limpiadora por horas.

Antes de salir deberá dejar la comida lista, la casa arreglada y la ropa de los niños –Dylan, de tres años y Pablo, de siete, preparada-. Su marido ya se ha ido a trabajar. Es chófer del ejército y se encarga de los desplazamientos de un alto mando. Blanca saldrá poco después y en el metro aprovechará para ir coordinando a través de su terminal como tiene el día: “Mal, como siempre, hasta las diez de la noche no vuelvo, aunque ha habido días que no he regresado hasta las doce”. “La verdad es que vivo pegada al teléfono como si fuera una ejecutiva de esas”, se ríe mientras calcula la tarea: tiene cinco casas que limpiar, una detrás de otra y con pequeños lapsos. Cada una en un barrio diferente, así que el plano del metro es uno de sus más files aliados. Comerá unas galletas integrales y un poco de fruta en el tren: “No hay tiempo ni dinero para otra cosa”.

“Tenemos que ser limpias”

En España cerca del 9% de las mujeres que trabajan lo hacen como empleadas de hogar, una estimación estadística que se mueve en un mundo resbaladizo: apenas el 50% del sector está dado de alta en la Seguridad Social. Blanca es una de las 10,6 millones de mujeres activas en España; Christian, de los 12,2 millones de hombres. El lema del Día Internacional de la mujer trabajadora que se celebra hoy es: “50-50”. Aún falta para eso.

A las ocho y media de la noche habrá una nutrida manifestación en la Puerta del Sol de Madrid. Se leerán manifiestos. Pero para Blanca la jornada comienza exactamente igual que cualquier otro día, todos los días, incluidos sábados y domingos. Según se levanta tiene que preparar varias mudas de ropa, “la de persona normal y la de trabajo” y meterlas en su mochila roja. El aspecto cuenta, así que también se pinta los labios y se maquilla: “las que limpiamos tenemos que ser limpias con nosotras mismas”. Ni siquiera recuerda qué día es hoy: “no suelo saber en qué día vivo, sólo que tareas tengo”.

La mochila roja de Blanca tiene su importancia. Como Dora la exploradora, nunca sale de casa sin ella. Dentro guarda un plumero de mano, un trapo limpia cristales, un estilete (“por si acaso”), unas tijeras, una botellita de agua y un libro. Le gusta leer entre estación y estación y en los ratos muertos que le dejan las esperas entre trabajo y trabajo.

Los intermediarios se quedan el 30%

A las 12 del mediodía se supone que las mujeres están convocadas a un paro simbólico de media hora o una hora, dependiendo de las ciudades. Pero Blanca no puede detenerse. Media hora es la mitad de la unidad de medida de su trabajo. Demasiado tiempo. Las empresas de intermediación que la contratan se quedan 3 de cada 10 euros que gana, el 30% de su sueldo. Son intermediarios, a ella no le dan de alta en la Seguridad Social. Por eso, algunas empleadas, cuentan, acaban haciendo directamente sus negociaciones con los clientes, que últimamente no son sólo del perfil clásico, sino jóvenes urbanos sin demasiada renta que prefieren gastar el dinero en la limpieza en lugar de hacerla. “Hay otras empresas que se llevan dos euros de cada diez, depende, pero a la larga es demasiado porcentaje, aunque es útil para ponerte en contacto clientela”, subraya Blanca.

No siempre fue así. Antes, durante 14 años, trabajó en una empresa de artes gráficas. Eso fue hasta poco después de estallar la crisis: también estalló la empresa y Blanca tuvo que “cambiar de sector”. “Mejor, estaba aburrida de hacer durante tantos años siempre lo mismo”, recuerda ahora mientras guarda su aspiradora industrial en un carrito de la compra de cuadritos azules y blancos. “Ésta es mía, la uso para los trabajos más duros y aunque es muy rollo moverla de un lado a otro me ahorra mucho trabajo”.

Blanca, ahora, no tiene convenio. Casi es una suerte. Si lo tuviera estaría en la escala más baja de todas. Una escala que ocupan casi siempre mujeres. El siguiente escalón lo ocupan los cristaleros, pero estos ya ganan un poco más. Las mujeres no manejan máquinas. Ese es el secreto y la justificación para que sus salarios sean más bajos. Pilar expósito, responsable del área de Mujer del sindicato CCOO, recuerda que estas trabajadoras cobran entre el 20% y el 30% menos que sus compañeros de similar categoría en una empresa. “Son las cenicientas del sector”, apostilla la sindicalista, que está trabajando en un plan de igualdad para equiparar las remuneraciones.

Desde Sedoac (Servicio doméstico Activo), asociación que lucha por los derechos de las empleadas de hogar “de diferentes nacionalidades”, subrayan “la invisibilidad” como la causante de una buena parte de los males que afectan al sector y se proponen “empoderar” a las limpiadoras. Una actitud que queda clara en su página de Facebook: “Soy trabajadora doméstica, y qué?”. Blanca está de acuerdo: “Me gusta el trabajo y me gusta hacer bien todo lo que hago. Incluso me miro en Youtube maneras nuevas de hacer las camas o doblar las toallas. Se trata de encontrar gusto en lo que uno hace”, dice mientras esparce una manta enrollada como si fuera una serpiente por la cama de un apartamento: “Eso me lo enseñó mi cuñada, que es camarera de hotel”.

Todo tipo de olores

Aunque no siempre se está a gusto. Hace no mucho contestó al anuncio de una empresa. La recibió “un señor mayor que me miraba mucho”. Le preguntó si era soltera, si le apetecía viajar. ¡Qué tendrán que ver esas preguntas con limpiar por horas”, exclamó. Supo poco después la respuesta: “Ponte ese vestidito y vamos a ver cómo te mueves”. Salió dando un portazo: “¡Usted busca otro tipo de trabajadora, se ha equivocado!

Lo que, sin embargo, nunca ha hecho es salir dando un portazo después de ver lo que más le desagrada de su trabajo: “Los váteres llenos de caca por dentro y por fuera, ¡lo peor es la caca, qué asco!”. Por lo demás, ya se ha acostumbrado a ver todo tipo de cosas “y todo tipo de olores, mucha gente se sorprendería de cómo huelen algunas personas y algunas casas de gente con dinero”.

Más del 70% de las tareas domésticas que se hacen en el propio hogar, recaen sobre las mujeres, según un reciente estudio de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada. En el caso de Blanca la cosa es un poco redundante. Es seguir haciendo lo que lleva haciendo todo el día. Así que la jornada prosigue, pero esta vez sin que quede contabilizada en el celular y sus alarmas de colores. Son las diez de la noche, otra vez es de noche en Usera, claro. Aún falta dejar limpio su propio hogar y tender, aunque su marido ya se ha bajado del coche con los cristales tintados, ha recogido a los niños del colegio y los ha cuidado durante la tarde. Blanca es parte del 56% de mujeres trabajadoras que no tiene estudios; Christian parte del 64% de hombres en la misma situación.

El cansancio se acumula. Pero antes de acostarse hay que echar una una última mirada al terminal del móvil para asegurarse de cambios de horario o cancelaciones de última hora. “Muchas veces los clientes se arrepienten o no se han dado cuenta de algo y me cambian la fecha de un día para otro”, comenta con cierta deportividad Blanca. Hecha la revisión final, queda así clausurado en Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Mañana empezará otra jornada igual.

El confidencial