La campaña monárquica no cesa, por Lidia Falcón


En este feliz fin de año 2019 los adulones y los serviles se han unido para alabar al rey por su manido discurso. Hasta Echenique, que ostenta el cargo de comunicador de Podemos se ha rendido a la “inteligencia” del monarca. Más triste y patético es que lo hayas hecho Nicolás Sartorius, que durante los años trágicos de la dictadura estuvo en la vanguardia del comunismo y el sindicalismo y sufrió represión y cárcel.

La campaña para seguir convenciendo a la población española de las bondades del sistema monárquico, encarnadas hoy en Felipe VI -que las golferías de Juan Carlos ya no se podían seguir aguantando-, está alimentada por la mayoría de las fuerzas políticas, incluso de izquierda, con excepción de los nacionalistas catalanes que únicamente arriman el ascua a su obsesiva reclamación de independencia, ya que lo que les suceda a los restantes españoles no le importa nada.

Y qué tristeza comprobar que el pueblo español se batió durante un siglo en tres guerras exterminadoras por acabar con la monarquía y en 2019 los supuestos dirigentes de izquierda hacen genuflexiones cortesanas ante el rey. El máximo representante de todas las oligarquías del país.

En la cúspide de la pirámide del poder, la Casa Real representa a los grandes consorcios internacionales que con las instituciones internacionales: OTAN, Mercado Común, Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo, Reserva Federal Americana, y el apoyo inestimable del grupo industrial militar, dirigen la economía, la política y los asuntos internacionales de España.

En este año 2019, ya cruzando el ecuador del primer cuarto de siglo del XXI, el 55% de las tierras cultivables del país son propiedad de los Grandes de España, esas casas aristócratas que conquistaron los feudos de los vecinos y obtuvieron sus títulos en las guerras de rapiña que se desarrollaron durante diez siglos en nuestros territorios, asolando los pueblos y esquilmando a sus pobladores. Ahora  los duques y marqueses no tienen que arriesgar la vida para conquistar castillos: forman el lobby económico más importante de España con la complicidad y la protección de la Casa Real. Los beneficios que obtienen de la agricultura, mediante la explotación de jornaleros, aparceros, medieros y emigrantes miserables, amén del cobro de las sustanciosas subvenciones europeas, van a parar a inversiones financieras de alto alcance y a paraísos fiscales.

Nunca se refieren los comentaristas al fraude fiscal que cometen las casas de los de Alba, Medina Sidonia, Santa Cruz y  demás, de la larga lista de señoritos y duquesas que viven desde hace diez siglos de expoliar a nuestro pueblo, mientras sus fiestas resultan muy vistosas para turistas con las juergas flamencas que a veces acaban en los tribunales. Pues la Casa Real es el sostén, el arquitrabe de la edificación de esa casta aristocrática, que ahora vive bastante escondida sin pretender protagonismo, para ocultar a la ciudadanía los grandes negocios y los escandalosos gastos y despilfarros de que son autores, en un país que tiene el 22% de su población en riesgo de pobreza.

El consorcio industrial militar protege a la Casa Real para poder seguir fabricando armas inteligentes, que solo matan a quien tienen que matar, en Siria, en Irak, en Afganistán, en Libia, en Yemen, en Palestina, en el Sáhara. La banca se beneficia de la protección que le presta el Banco Central Europeo, y de la que la monarquía española ha recibido suculentos regalos.

Las eléctricas (la joya de la corona), las petroleras, las gasificadoras, toda la producción de energía que tanto necesitamos en España que no posee más que unos cuantos pantanos medio secos, pagan su tributo a la Corona por todas las importaciones de esas fuentes que realizamos de los países productores. Y nuestros reyes se lo agradecen públicamente abrazándose con todo cariño a los sátrapas de Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes.

A este régimen, aquí brevemente descrito, esos voceros, aduladores y serviles lacayos de la Corona le llaman democracia.

Proclamar la III República, que sería continuación de la II, constituiría toda una transformación de nuestro país. El pacto de la Transición entre todas las fuerzas políticas que apoyaron la reinstauración de la monarquía fue la mayor traición y el más doloso engaño a la población española. En primer lugar se ha falsificado nuestra historia, vertiendo caudales de infamia sobre la II República y los que la defendieron. Se omite en los curriculums escolares enseñar lo que fue aquel régimen, se miente en los libros de texto que se proporcionan a los alumnos, se difunde una revisión de la historia diseñada por los fascistas y que los medios de comunicación de la derecha se encargan de que tengan una enorme difusión.

Mediante esta campaña, los poderes que nos dominan siguen infectando a las nuevas generaciones con la ideología franquista que elaboró un perverso relato de las maldades de la República que, según contaban, cometía toda clase crímenes y tropelías. No solamente ese grupo de historiadores fascistas revisionistas han difundido sin ninguna cortapisa una descripción absolutamente falseada del periodo republicano sino que la escuela pública de la democracia no se ha esforzado en instruir en la verdad a las generaciones siguientes a las víctimas de la Guerra Civil, y nuestros gobernantes han entregado la mitad de las plazas escolares a la Iglesia Católica, fiel y constante aliada del franquismo.

Nunca se informa de que la Constitución de la II República española estableció el derecho al voto a la mujer y la igualdad con el hombre, instituyó por primera vez en nuestro país la seguridad social y la asistencia médica a los trabajadores; aprobó la legislación que permitió incautar la Banca March y encarcelar a su propietario, expropió el Patrimonio de la Iglesia que pasó a ser de la nación, anuló las órdenes eclesiásticas y eliminó todos los privilegios que poseía; abolió los títulos nobiliarios y afirmó con contundencia la igualdad de toda la ciudadanía eliminando toda clase de privilegios, y como un hito en las Constituciones de todo el mundo,  consagró en su artículo 6º la renuncia de la República a dirimir los conflictos internacionales mediante la guerra. Finalmente aprobó la Reforma Agraria que procedía a un inicio de  reparto de las tierras cultivables lo que significaba un verdadero freno al poder de la aristocracia, y que fue la espoleta para desencadenar el Golpe de Estado fascista que se estaba fraguando desde que se proclamó la República.

Y sin embargo, 80 años después de la derrota de la República y  41 de la implantación de esta democracia, y a pesar de tantos esfuerzos de las castas dirigentes por convertir en monárquica a la mayoría de la ciudadanía las encuestas dan por dudosa esa mayoría, y desde hace años el CIS, otra de las instituciones cómplice de los sucesivos gobiernos, ya no pregunta sobre este tema.

Por ello, resulta todavía más patético escuchar en este final del año 2019 el coro de elogios al rey por parte de partidos que se proclaman de izquierda.

Habrá que preguntarse si realmente hay una izquierda en España.

Público