Historia: La República y las mujeres, por Arantxa Carceller


En esta ocasión, desde la curiosa mirada de Hipatia queremos ofrecerles a grandes rasgos los avances que llegaron con la implantación de la Segunda República Española, porque, sencillamente, forma parte de nuestra historia y, en los tiempos que corren de graves recortes creemos conveniente recordar las conquistas que se alcanzaron en el pasado. Además, de observar el machismo que continúa latente en la sociedad y que, desgraciadamente, queda reflejado en los asesinatos de las últimas semanas.

Las mujeres españolas habían tenido un papel pasivo y discriminado en la sociedad, su lugar se circunscribía al de esposa y madre, dependiente siempre del hombre ya fuese el padre o el marido, e inclusive, si quedaba viuda del hijo.  Sin embargo, el primer tercio del siglo XX  supuso la irrupción de la mujer en la pública gracias a su incorporación de forma masiva al trabajo remunerado, contribuyendo con ello al proceso de modernización de la economía española. De hecho, fue a partir de los años veinte cuando el feminismo español comenzó a añadir demandas políticas a las reivindicaciones sociales al participar en organizaciones sindicales y obreras. En 1918 en Madrid se crea la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME), formada por mujeres de clase media, maestras, escritoras, y universitarias que planteaban ya claramente la demanda del sufragio femenino. Las mujeres empiezan a participar en la enseñanza superior, en la creación de la ciencia, en la cultura, en la vida política y en profesiones hasta entonces vedadas a su sexo. Aunque, es de señalar, que aún quedaba un largo camino por recorrer, en 1930 el 44,4% de mujeres eran analfabetas en España.

Con la llegada de la II República, abril de 1931, la corriente de pensamiento democrático llevó a una revisión de las leyes discriminatorias y a la concesión del sufragio femenino. Aunque la opinión general, tanto de izquierda como de derecha, creyese que la mayoría de las mujeres, influenciadas por la Iglesia católica, fuesen profundamente conservadoras, por lo que su participación electoral devendría inevitablemente en un fortalecimiento de las fuerzas de derecha. Fue Clara Campoamor (1888-1972), diputada y miembro del Partido Radical, quien asumió una apasionada defensa del derecho de sufragio femenino. Argumentó en las Cortes constituyentes que los derechos del individuo exigían un tratamiento legal igualitario para hombres y mujeres y que, por ello, los principios democráticos debían garantizar la redacción de una Constitución republicana basada en la igualdad y en la eliminación de cualquier discriminación por razón de sexo. Al final triunfaron las tesis sufragistas por 161 votos a favor y 121 en contra. En los votos favorables se mezclaron diputados de todos los orígenes, movidos por muy distintos objetivos. Votaron «sí» los socialistas, con alguna excepción, por coherencia con sus planteamientos ideológicos, algunos pequeños grupos republicanos, y los partidos de derecha. Estos últimos no lo hicieron por convencimiento ideológico, sino llevados por la idea, que se demostró errónea, de que el voto femenino sería masivamente conservador.

La Constitución republicana no sólo concedió el sufragio a las mujeres, gracias a la implantación de esta nueva legislación  se eliminaron los privilegios reconocidos hasta ese momento exclusivamente a los hombres, se reguló el acceso de las mujeres a cargos públicos, se concedió el derecho de voto a las españolas, se reconocieron derechos a la mujer en la familia y en el matrimonio, como el matrimonio civil, el derecho de las mujeres a tener la patria potestad de los hijos, se suprimió el delito de adulterio aplicado sólo a la mujer y se permitió legalmente el divorcio por mutuo acuerdo (ley del divorcio de 1932). Asimismo, se obligó al Estado a regular el trabajo femenino y a proteger la maternidad, con ello, se prohibieron las cláusulas de despido por contraer matrimonio o por maternidad, se estableció el Seguro Obligatorio de Maternidad y se aprobó la equiparación salarial para ambos sexos. El régimen republicano estaba poniendo a España en el terreno legal a la altura de los países más evolucionados en lo referente a la igualdad entre los hombres y las mujeres. De hecho, se puede afirmar que la Segunda República dio a las mujeres la oportunidad, hasta el momento inimaginable, de una presencia en la vida social y política.

Durante la campaña electoral de 1933 se intentó manipular el voto femenino tanto por parte de la derecha como por la izquierda, así se utilizaron lemas como: «Que no pese sobre la mujer la derrota de la derecha» o «Madres, que vuestros hijos no piensen que su falta de libertad se debe a que sus madres no consiguieron liberarlos». El objetivo claro era una burda manipulación, un claro chantaje, hacia las mujeres de uno u otros bandos. Feministas y republicanas se negaron a dar consignas de voto: el derecho al sufragio era una victoria, y se interesaron por la política interior con tareas a largo plazo tales como salud, enseñanza o la paz internacional. A estas mujeres se deben las primeras denuncias contra el nazismo y los campos de concentración. El estallido de la guerra civil y sus tres cruentos años no paralizaron los progresos culturales y legislativos, se legalizaron las uniones libres, las mujeres se incorporaron a la industria de la guerra y, en el 36, la ministra de Salud, Federica Montseny, consiguió la legalización del aborto.

Por otra parte, la historia de las milicianas es también digna de mención, muchas muertas en combate. En el verano de 1936 las mujeres participaron en las milicias igual que los hombres, pero ya en otoño fueron enviadas a retaguardia. La Unión de Muchachas defendió Madrid durante los tres años de sitio, luchando también por la emancipación de las mujeres; Mujeres Libres, anarquistas, organizaron la retaguardia en Cataluña; y la Asociación de Mujeres Antifascistas (AMA), bajo la dirección de Pasionaria, organizó a las mujeres en las fábricas, siendo denominador común de todas que lo público y lo privado era indisociable. Evidentemente, fue notable la labor de estas mujeres durante el transcurso de la guerra, de ahí, que muchas de ellas fuesen encarceladas o enviadas al exilio, quienes desde diferentes puntos del planeta mantuvieron ese espíritu de lucha ligado a la resistencia, como María Zambrano o la misma Pasionaria.

La República, en tan corto período, supuso un avance espectacular para la mujer, especialmente, en el plano legal. En pocos años el régimen republicano conquistó grandes avances para la mujer, ésta dejaba de estar relegada en la esfera de lo privado para participar también el ámbito público, no obstante, el franquismo eclipsó todas estas nuevas medidas y volviendo a instaurar un régimen fuertemente patriarcal y machista donde se instauraría de nuevo la figura del perfecto ángel del hogar.

No quisiera cerrar antes este artículo sin recordar algunos nombres claves en nuestra historia: Margarita Nelken, Victoria Kent, Clara Campoamor, Dolores Ibárruri, Matilde Landa, Matilde Huici, María Lejárraga, Matilde de la Torre, Federica Montseny (primera Ministra de nuestra historia en el ámbito de la sanidad y la asistencia social) o Mercedes Maestre (Subsecretaria de Sanidad). Sin olvidarme de aquellas Trece mujeres… Ana López Gallego, Victoria Muñoz García, Martina Barroso García, Virtudes González García, Luisa Rodríguez de la Fuente, Elena Gil Olaya, Dionisia Manzanero Sala, Joaquina López Laffite, Carmen Barrero Aguado, Pilar Bueno Ibáñez, Blanca Brisac Vázquez, Adelina García Casillas y Julia Conesa. Y evidentemente, no pueden faltar en esta lista, mi bisabuela… una gran iaia, Antonia Conesa Alburquerque.

Por ellas, y por las generaciones futuras, nuestra lucha aún no ha terminado.