Mujeres y II República. El caso de Alejandra Soler


Ni la lejanía temporal, ni el racarraca plúmbeo y falaz del franquismo, ni el olvido/ocultación que desplegaron los muñidores de la Transición han conseguido destruir los perfiles del significado y los resultados de la II República Española.

El consenso mayoritario de la comunidad científica de historiadores puede servir de explicación: el período republicano constituyó un desafío consciente y decidido al (des)orden histórico que las clases propietarias y las instituciones conservadoras habían producido en la sociedad española desde el último cuarto del S. XIX, erigiéndose además en un arquetipo de respeto a la legitimidad democrática y un ejemplo de compromiso con las generaciones futuras españolas. Pero probablemente las emotivas y literarias  palabras de D. Antonio Machado den mejor la clave de la supervivencia y memoria de aquel período: “Unos cuantos hombres honrados, que llegaban al poder sin haberlo deseado, acaso sin haberlo esperado siquiera, pero obedientes a la voluntad progresiva de la nación, tuvieron la insólita y genial ocurrencia de legislar atenidos a normas estrictamente morales, de gobernar en el sentido esencial de la historia, que es el del porvenir” (Así recuerdo yo el 14 de abril de 1931).

Y, a efectos de lo que hoy recordamos, la II República impulsó el proceso de reconocimiento y mejora de la posición de la mujer española, tanto en el ámbito privado como en el público. Cierto es que la izquierda estuvo a punto de desbarrar en el debate sobre el voto femenino, que fue aprobado pese a sus reticencias y al voto en contra de algunos de sus representantes. Con la aprobación de la Constitución de 1931, décadas de lucha por la emancipación femenina, por la autonomía e independencia de las mujeres cumplían un ciclo: la legalización del divorcio, supresión del delito de adulterio, la coeducación y la irrupción en la esfera política marcaron la normalización del desarrollo del feminismo, reflejado en el impulso de organizaciones específicas de mujeres en todos los ámbitos políticos y sindicales.

Aunque, como acertadamente ha apuntado la historiadora Mary Nash, las estructuras de género no se cuestionaron, resulta incuestionable que el conjunto de iniciativas republicanas abría la puerta a la participación y al protagonismo de la mujer al posibilitar un aumento de su visibilidad, de la conciencia femenina y de valoración de su condición social. La marca patriarcal, en las estructuras y en la simbología, de la sociedad española recibía un primer y potente cuestionamiento histórico. Fue necesaria una Guerra Civil y una  larga Dictadura con su secuela de paredones, cárcel, rapados de pelo y aceite de ricino, represión y exilio para destrozar la transformación que un conjunto de mujeres y hombres se impusieron, al amparo del proyecto republicano, sin atropellar derecho alguno y sin desertar de ninguno de sus deberes.

Entre ellas se encontraba Alejandra Soler Gilabert, una mujer fallecida el pasado 1 de marzo. Tuve el privilegio de conocerla y visitarla en variadas ocasiones en su piso del barrio del Carmen de Valencia. Modesto en consonancia con sus posibilidades económicas pero, también, ajustado a la idealizada austeridad del republicanismo. Y, por supuesto, invadido por el caos de volúmenes que rige la biblioteca recopilada por quienes han amado los libros y, por añadidura, han participado en una parte de la convulsa historia del S. XX. El título de su biografía, La vida es un rio caudaloso con peligrosos rápidos. Historia y memoria del franquismo (2009), da cumplida fe de ello. Al igual que en muchas de las mujeres protagonistas de la singladura republicana destacaba la claridad de su voz, la riqueza de su lenguaje y el orden del discurso, así como la ironía fenicia de su tierra valenciana.

Siempre fue activista en el amplio frente de lucha por la transformación igualitaria de la sociedad española: integrante temprana de la FUE (Federación Universitaria Escolar) en lucha contra la norma que permitía otorgar títulos universitarios a los agustinos de El Escorial y a los jesuitas de Deusto (Ley Callejo, 1928), terminó apoyando en persona la primavera valenciana contra Wert (febrero de 2012). Compaginó sus estudios universitarios con la práctica del atletismo: en ambos campos fue pionera exitosa. En repuesta al desmoche legislativo del bienio cedista y a la represión desatada contra los participantes en la revuelta de Octubre del 34, decidió afiliarse al PCE como la fórmula más adecuada para respaldar los objetivos del programa republicano. Los internamientos en Francia, la batalla de Stalingrado, el ejercicio de la enseñanza en la URSS, el desvelamiento de los crímenes estalinistas y el distanciamiento en la época Breznev fueron escenarios en los que tuvo que lidiar contra el cansancio, el error y el dolor por los límites de sus creencias. Protegidos por un grupo de amistades, en 1971 retornó a Madrid con su marido, Arnaldo Azzati, a pelear por la supervivencia.

Desde ahí el regreso a Valencia y la reconstrucción de una red de relaciones con una generación de feministas y sindicalistas más jóvenes que ella -Encarna Signes, Pilar Sanz y otras herederas del ideario de la FUE  -, que la atendieron y rodearon de afecto en merecimiento a lo que fue y era: republicana, de izquierdas y feminista. Ellas consiguieron que las instituciones valencianas lo reconocieran: Hija Predilecta de la Ciutat de Valencia (2015) y concesión de la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana (2016).

A finales de diciembre coincidimos en una exposición sobre revistas satíricas valencianas: la curiosidad y el esfuerzo inagotable sorteando, una vez más, las inclemencias vitales, pese al desgaste y a las sombras del acabamiento. Pero, también, homenaje a compañeros de sus luchas: el editor y alcalde Vicent Carceller, fusilado  con otros 30 el 28 de junio de 1941 en el paredón de Paterna, y al rector Peset Aleixandre, también fusilado el mes anterior. Permanentemente le acompañó el orgullo, la dignidad y la memoria del combate en el que embarcó y gastó su vida.

Ella, y otras muchas miles de mujeres, encarnan la cosecha más fecunda y exitosa de las políticas de transformación e igualdad de la experiencia republicana.

Tribuna de Salamanca