Las mujeres y la Revolución que cambió la historia del siglo, por JOSEFINA L. MARTÍNEZ


El 8 de marzo de 1917, Día Internacional de la Mujer, comenzaba la Revolución Rusa

Una imagen de la manifestación del 8 de marzo de 1917, en Petrogrado

8 de marzo de 1917. En Petrogrado estaban convocadas manifestaciones y mítines de las mujeres por su día. El descontento era generalizado y se esperaban protestas masivas, pero lo que nadie sabía era que ese día iba a comenzar una revolución. Los sucesos pasaron a la historia como la Revolución de febrero, porque el calendario juliano vigente entonces en Rusia “atrasaba” 13 días. 

Las obreras de las fábricas textiles de Petrogrado, en el distrito de Vyborg, salen a la huelga y recorren en grupos las fábricas vecinas. Se dirigen especialmente hacia las empresas del metal, llamando a los trabajadores a sumarse. Las mujeres son convincentes; tiran palos, piedras y bolas de nieve contra las ventanas. Dos días después, en Petrogrado se vive ya una huelga general. “¡Abajo la guerra!”, “¡Pan para los obreros!”.

Los censos de 1897-1914 muestran que había 20 millones de mujeres en la fuerza de trabajo asalariada del Imperio ruso. Cerca de la mitad se ocupaba en tareas domésticas y un quinto (4 millones) eran obreras industriales antes de 1914 (incluyendo fábricas, servicios y transportes). Esta cifra aumentó considerablemente en la década anterior a 1917, llegando a 7,5 millones de mujeres trabajadoras en la industria.

En las ciudades escaseaba el pan y las penurias del pueblo pobre eran insostenibles. En los dos primeros años de la guerra los precios de los productos básicos habían subido un 131% en Moscú. En diciembre de 1915 las mujeres de Petrogrado hacían filas durante horas con temperaturas bajo cero para comprar azúcar y harina. Se produjeron numerosos disturbios protagonizados por mujeres, donde el reclamo principal era el precio de los alimentos. En febrero de 1917, la ira acumulada se transformó en acción.

Un editorial del Pravda,el periódico de la fracción bolchevique de la socialdemocracia, informaba una semana después que “las mujeres fueron las primeras en salir a las calles de Petrogrado en su Día Internacional. Las mujeres de Moscú en muchos casos determinaron el estado de ánimo de los soldados; iban a las barracas y los convencían de ponerse del lado de la revolución. ¡Que vivan las mujeres!”

Aleksandra Rodionova, una joven conductora de tranvías de 22 años, participa en las acciones que llevaron a la caída del Imperio de los Zares. “Recuerdo cómo marchamos por la ciudad. Las calles estaban llenas de gente. Los tranvías no funcionaban, y había coches dados la vuelta sobre las vías. No sabía entonces, no entendía lo que estaba pasando. Pero gritaba con todos los demás: ‘Abajo el Zar’. Sentía que toda mi vida familiar se estaba desmoronando, y me alegraba de su destrucción”. Su testimonio está recogido por varias historiadoras de las mujeres en Rusia.

En una semana el zarismo se derrumba, los ministros huyen y los diputados de la Duma forman un gobierno provisional, con el príncipe Lvov a la cabeza. Desde abajo, nace otro poder, el de los consejos de delegados de la clase trabajadora, al que se suman comités de campesinos y soldados. Estos organismos habían surgido por primera vez en la Revolución de 1905 como una nueva forma de autoorganización democrática desde las bases, los sóviets.

Polia trabajaba como mucama en un hospital militar, no sabía leer ni escribir, y la primera vez que participó en una votación fue cuando la eligieron para el comité ejecutivo del sóviet de los empleados del hospital. La historiadora Barbara Evans Clements cuenta que, como gran parte de las mujeres trabajadoras, Polia sentía que no tenía nada que perder y mucho que ganar con la revolución, empezando por su dignidad.

Entre febrero y octubre, la participación de las mujeres va en aumento. El 18 de marzo, una reunión de obreras de cuatro grandes fábricas resuelve llamar a sus hermanas a unirse en la lucha por sus derechos, junto a los trabajadores. A principios de abril, 40.000 mujeres se movilizan en Petrogrado, rehusando abandonar las calles hasta que se aprobara el derecho al voto. Finalmente, el 20 de julio de 1917, le arrancan al gobierno provisional de Kerensky el compromiso de permitir el voto para todas las mujeres mayores de 20 años en la futura Asamblea Constituyente.

La impaciencia por las promesas incumplidas del gobierno provisional crece sin cesar. Las viudas y esposas de soldados marchan para exigir un aumento en las pensiones, quieren que se ponga fin de una vez por todas a la guerra. En mayo, 40.000 lavanderas protagonizan la primera gran huelga contra el gobierno provisional, reclamando aumento de salarios, 8 horas de trabajo y mejores condiciones laborales. La bolchevique Goncharskaia, junto con otras militantes, recorren las lavanderías, organizando a las mujeres. Eugenia Bosh, Inessa Armand y Aleksandra Kollontai fueron algunas de las dirigentes bolcheviques que en esos meses dieron discursos ante trabajadores, trabajadoras y soldados, escribieron artículos, organizaron reuniones y colaboraron con la organización de la revolución.

Paz, Pan y Tierra; por todo el viejo imperio obreros y campesinos se movilizan por estas demandas contra el gobierno provisional. Esta profunda radicalización social permite que, entre septiembre y octubre, los bolcheviques ganen la mayoría de los sóviets y se propongan tomar el cielo por asalto. Los primeros decretos del gobierno soviético fueron el llamamiento a la paz inmediata, la abolición de la gran propiedad y la entrega de la tierra a los campesinos.

La Revolución que abrió un mundo nuevo para las mujeres

El inmenso protagonismo de las mujeres en la historia de las revoluciones ha sido invisibilizado por gran parte de la historiografía, pero su papel es innegable. Fueron las mujeres quienes dieron el puntapié inicial a la Revolución Francesa, en 1789, con una marcha por el pan sobre Versalles. Sin embargo, la más importante revolución burguesa de la historia no había otorgado a las mujeres los mismos derechos que a los hombres. Las primeras pensadoras feministas denunciaron los límites del proyecto de la Ilustración. La “libertad” y la “fraternidad” no se aplicaban para las mujeres, ni para los trabajadores; los “derechos del hombre” eran “los derechos del miembro de la sociedad burguesa, es decir, del hombre egoísta”, como señaló Marx en Sobre la cuestión judía.

La Revolución Rusa de 1917, en cambio, otorgó conquistas para las mujeres que hasta entonces no se habían logrado en ningún país capitalista. En su libro La mujer, el Estado y la Revolución(Ediciones IPS, Buenos Aires), la historiadora norteamericana Wendy Goldman afirma que el Código soviético de 1918 “constituía nada más y nada menos que la legislación familiar más progresiva que había visto el mundo. Abolió el estatus legal inferior de las mujeres y creó igualdad bajo la ley.” El Código establecía el divorcio por el simple pedido de cualquiera de las partes y “barrió con siglos de leyes de propiedad y privilegios masculinos” al abolir la legitimidad y otorgar iguales derechos a todos los hijos, nacidos dentro o fuera de un matrimonio registrado.

En agosto de 1919, las militantes femeninas del partido crearon el Zhenotdel, compuesto por trabajadoras, campesinas y amas de casa, para realizar un trabajo especial entre las mujeres, en medio de las dificultades de la guerra civil. En noviembre de 1920, se legalizó el aborto en la Unión Soviética, mediante un decreto que denunciaba la legislación penalizadora de los otros países.

Alexander Goikhbarg, el jurista marxista de 34 años que redactó el Código familiar de 1918, sostenía entonces que esa legislación cumpliría una función transitoria, no para fortalecer a la familia ni al Estado, sino para colaborar con su “extinción”, tal como concebían los marxistas la transición del capitalismo al socialismo. Eran años de intensos debates y experimentación, donde la emancipación de las mujeres, la liberación sexual y la transformación de las relaciones personales se pensaban como parte de la lucha por la construcción del socialismo. Pero para llegar a ese punto, había que conquistar para las mujeres la igualdad plena, no solo ante la ley, sino, sobre todo, ante la vida.

Arrancar a las mujeres de la carga del trabajo doméstico

Wendy Goldman señala que la concepción bolchevique sobre la emancipación de las mujeres se asentaba en cuatro pilares fundamentales: “La unión libre, la liberación femenina a través del trabajo asalariado, la socialización de la labor doméstica y la extinción de la familia”. No proponían simplemente una división igualitaria del trabajo del hogar entre hombres y mujeres, sino separar esas tareas de la unidad familiar individual y transferirlas al ámbito público, socializando el trabajo en nuevas ramas de la producción. La familia, como unidad de reproducción y consumo, perdería así algunos de sus fundamentos principales.

Entre 1920 y 1922 la socialista revolucionaria alemana Clara Zetkin, amiga y camarada de Rosa Luxemburgo y destacada organizadora de las mujeres, mantiene una serie de conversaciones con Lenin en Petrogrado. En estas entrevistas aborda la cuestión femenina en la URSS y la organización de las mujeres en la III Internacional, que agrupa a los nuevos Partidos Comunistas. Zetkin registra emotivamente en sus Recuerdos sobre Lenin las opiniones de éste, quien rechaza con desprecio las actitudes patriarcales dentro de las filas comunistas:

“Desgraciadamente, también de muchos de nuestros camaradas se puede decir aquello de ‘escarbad en el comunista y aparecerá el filisteo’. Escarbando, naturalmente, en el punto sensible, en su mentalidad acerca de la mujer. ¿Se quiere prueba más palmaria de esto que la tranquilidad con que los hombres contemplan cómo la mujer degenera en ese trabajo mezquino, monótono, de la casa, trabajo que dispersa y consume sus fuerzas y su tiempo, y sumisión al hombre?”. Arrancar a las mujeres de la “esclavitud doméstica” era una de las grandes tareas de la Revolución.

La creación de guarderías, casas cuna, comedores, centros de alfabetización y otras iniciativas eran el camino acertado, según Lenin, pero en medio de las dificultades de la guerra civil y de la NEP (Nueva Política Económica), resultaban completamente insuficientes.

“Sabemos perfectamente que todo esto no es mucho, comparado con las necesidades de las masas femeninas trabajadoras, que dista mucho de ser todavía su emancipación completa y efectiva. Pero, comparado con lo que ocurría en la Rusia zarista y capitalista, representa un progreso enorme. (…) Principio que hemos de seguir desarrollando consecuentemente con toda energía. Pues cada día que pasa y se mantiene la existencia del Estado soviético viene a demostrar todavía más claramente que no podremos salir adelante sin contar con los millones de mujeres.”

La lucha por la emancipación femenina, en un país con un 80% de población campesina, se enfrentaba a prejuicios milenarios y el peso de la religión. Para Lenin, “el demonio más difícil de combatir” era la influencia de los curas en el campo, por lo cual había que atacar las condiciones de miseria, pobreza y falta de educación en la que se apoyaban.

Los años de la guerra civil fueron terribles, con costos humanos y materiales sin precedentes. La joven Unión Soviética fue atacada por 14 ejércitos imperialistas y logró sobrevivir por la voluntad de millones de obreros, obreras y campesinos. A este período siguieron los duros años de la NEP, con un importante aumento del desempleo que afectó especialmente a las mujeres, las primeras en ser despedidas y las últimas en ser contratadas. En el campo se vivieron hambrunas y las viudas de los soldados no lograban sobrevivir trabajando sus tierras. En estas condiciones de ruina económica y aislamiento internacional de la URSS, después de la derrota de la revolución en Europa, emergió la burocracia estalinista como una nueva casta burocrática a la cabeza del Estado.

Para los militantes del partido de Lenin, la Revolución Rusa solo podía triunfar en sus objetivos como un eslabón más de la revolución internacional. Nunca pensaron que podía lograrse la emancipación femenina y el socialismo en los estrechos marcos de un país atrasado de mayoría campesina. El estalinismo, en cambio, elaboró la teoría del “socialismo en un solo país” para justificar sus propios privilegios y se asentó sobre un régimen burocrático de partido único.

El retorno al orden del hogar

Hacia mediados de la década de 1930, se había producido un retroceso sin igual en la situación de las mujeres en la URSS. En junio de 1936, el Estado soviético decretó ilegal el aborto, como parte de una campaña para promover la “responsabilidad familiar”. Con un discurso opuesto al que defendían los bolcheviques en 1920, Stalin declaraba en 1936: “El aborto que destruye la vida es inadmisible en nuestro país. La mujer soviética tiene los mismos derechos que el hombre, pero eso no la exime del grande y noble deber que la naturaleza le ha asignado: es madre, da la vida”. León Trotsky, uno de los principales dirigentes de la Revolución que había sido expulsado del partido por Stalin, cuestionó los argumentos que esgrimía la burocracia sobre el aborto: “Filosofía de cura que dispone, además, del puño del gendarme”. La burocracia buscaba una “jerarquía estable de las relaciones sociales”, por lo que en 1930 disolvió la sección femenina del partido, el Zhenotdel, penalizó la homosexualidad y criminalizó la prostitución.

El destino que corrieron algunos de los legisladores rusos que en 1920 desarrollaban teorías de vanguardia sobre la extinción del Estado y la familia habla por sí solo. Pashukanis y Krylenko fueron arrestados y fusilados en 1937, mientras que el autor del innovador Código de 1918, Alexander Goikhbarg, fue confinado a un psiquiátrico por el estalinismo. Entre 1936 y 1939, 700.000 personas fueron fusiladas, acusadas de oposición al régimen; una contrarrevolución que consolidó la dictadura de partido único.

Andrea D’Atri, autora del libro Pan y Rosas, señala que lo trágico no fue solo que el Partido Comunista siguió presentándose como heredero de la revolución, sino que “la tragedia más grande de todas es que las generaciones subsiguientes de mujeres soviéticas, desheredadas de los pensadores, las ideas y los experimentos generados por su propia Revolución, aprendieron a llamar a esto ‘socialismo’ y a llamar a esto ‘liberación’.”

Cien años después de aquel 8 de marzo de 1917, cuando las mujeres iniciaron la Revolución que cambió la historia del siglo, la lucha por nuestros derechos sigue siendo una tarea pendiente. Rescatar la historia de aquellas mujeres, trabajadoras y campesinas, que se atrevieron a revolucionar el mundo y sus propias vidas, es clave, no sólo para reconocernos en nuestra propia historia, sino para no tener que empezar de cero cada vez.

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