Manuel, el cabrero que no pudo salvar a Blas Infante: “Si hubiera ido a socorrerlo, se habría llevado un balazo en la cabeza”


Foto del carné de lechero de Manuel Hernández durante la dictadura. / ARCHIVO ANTONIO RAGEL
Foto del carné de lechero de Manuel Hernández durante la dictadura. / ARCHIVO ANTONIO RAGEL

El sobrino del cabrero Manuel Hernández, Antonio Ragel, narra por primera vez en su vida el cruento testimonio de su tío cuando vio el fusilamiento del ideólogo del andalucismo a las afueras de Sevilla la madrugada del 10 de agosto de 1936.

Manuel Hernández rozaba apenas la treintena aquel 10 de agosto, cuando de forma fortuita y acompañado por su socio Juan el Granaíno y el rebaño de cabras que ambos compartían, encontraron bajo la sombra de un talud, un coche negro que venía casi en penumbra desde la carretera del aeropuerto viejo.

-‘¡Bajad los dos!’, espetaron a los dos hombres que salían esposados del coche oscuro. Los apuntaban con fusiles dos falangistas vestidos de paisanos que querían acabar pronto la faena. Manuel y Juan el Granaíno pastoreaban con su rebaño de cabras en los terreno del cortijo Calonge a muy pocos metros del tiroteo. Sabían que allí cerca hacían sacas y que “su señorito” daba permiso para ir a fusilar a aquellos terrenos.

“Cada madrugada llegaban a una zona cero que hoy ocupa un gigantesco polígono de naves. Cientos de hombres llegaban en camionetas. Los ponían en fila para darles el tiro. La mayoría no estaban muertos del todo. Los volvían a cargar en una especie de camión de la basura y para el cementerio de nuevo a darles sepultura”. Manuel no habla en primera persona. Es imposible. Han pasado demasiados años desde que murió en los noventa, ya muy mayor, pero nunca dejó de tener presente el recuerdo de aquel fusilamiento que fue diferente al resto.

“Es un andaluz muy grande el que están matando”, le dijeron días más tarde cuando se dio a conocer la noticia. Manuel y el Granaíno se agazaparon bajo el pasto. Esperaron al silencio de la ráfaga para levantar la cabeza. El coche se retiraba del talud desde donde los cabreros veían la muerte silenciada. Uno de ellos, que Manuel identificó como aquel andaluz ilustre, era Blas Infante, padre de la patria andaluza que “salía hacia un cortijo cercano, malherido, el de la Gota de Leche, en busca de auxilio”.

“Es un andaluz muy grande el que están matando”, le dijeron a Manuel días más tarde, cuando se dio a conocer la noticia

Antonio Ragel es hoy el único testimonio vivo de aquel terrible trance que su tío abuelo vivió en vida y que no pudo olvidar nunca. “Hasta su muerte en la década de los 90 con noventa y seis años de edad nunca dejó de recordar la figura de Blas Infante, se acordaba también de su familia, a la que quiso contarle todo lo que vivió pero siempre tuvo miedo”.

Ragel tenía siete u ocho años cuando su tío abuelo Manuel lo llevaba en el reparto de la leche, todos los sábados. “En aquellos años de la guerra mi tío tenía cabras pero después de la miseria que se ganaban, decidió comprar unas vacas para distribuir puerta a puerta la leche por los barrios”. En una habitación de trastos y muebles antiguos, Antonio guarda con recelo la primera partida de cabras que su familia compró en el año 1929, en la barriada del Cerro del Águila. “Las cabras daban muy poco, en aquel cortijo donde trabajaba solo le pagaban una miseria, quince céntimos, para que las caras se comieran las espigas y el campo estuviera listo para sembrar. Figúrate tu”, relata.

En su memoria nítida de niño no olvida el día que pasaron por la vaquería de la Gota de Leche. “Mariano, ¿como estas?” [así llamaban de apodo a su tío abuelo]. Aquí vamos con la leche para repartir. ¿Y tú qué haces en ese sitio tan malo?, le espetó. Ahí es donde le dieron varios tiros a un andaluz muy grande. Ragel recuerda a Público que aquel detalle de la conversación, que hubiera sido trivial para muchos, se quedó en su cabeza. El niño Antonio esperó a quedarse de nuevo a solas con su tío para hacerle algunas preguntas: “Tío, ¿quién era ese andaluz tan importante?” Niño, calla que de esas cosas aquí no se pueden hablar. Es muy peligroso.

El testimonio de Ragel sobre la noche del asesinato de Blas Infante es fácil de reconstruir, ya que su tío le contó mil veces lo que hacía cada madrugada con las cabras y Juan el Granaíno antes del ir al cortijo durante los años de guerra. Aún en plena noche, sin atisbar el amanecer, Manuel y el Granaíno iban hasta el arroyo del Tamarguillo en aquellos días de guerra y muerte. “Mi tío me comentaba cómo allí las cabras se refrescaban y luego volvían a la zona de los cortijos para seguir con el pasto”, aclara.

“Mi tío no se pudo acercar al cadáver. Si un falangista les veía husmeando en la zona, podían recibir otro tiro”

Ragel señala que su tío vio una segunda vez el cuerpo de Infante, ya abatido por las balas. “Cuando mi tío y el Granaíno fueron a llenar las cántaras de agua al cortijo de la Gota de Leche, ya casi antes del amanecer vieron el cuerpo de un hombre de mediana edad que había fallecido a causa de los disparos horas antes”.

“Mi tío no se pudo acercar. Si un falangista les veía husmeando en la zona podían recibir otro tiro”. De aquellos trágicos momentos, recuerda que el cuerpo de Infante tenía un solo disparo. “Fueron a llamar al vaquero del cortijo y las monjas, pero todos le dijeron que no hablara, que nunca contara lo que había visto. Si mi tío hubiera ido a socorrer a Blas infante, se hubiera llevado un balazo en la cabeza aquella misma madrugada”. Y es en aquellos días grises, Sevilla era un cementerio andante y entre aquellas tierras y cortijos a las afueras los cuerpos se amontonaban por los parajes rurales.

Manuel el Cabrero contó aquel episodio casi a los 85 años

La intriga sobre aquella cruenta historia no se le olvidó a Ragel, ya en su etapa como sindicalista en la CGT. Antonio nunca dejó de tener una relación muy estrecha con su tío y espero a su vejez para poder comentarle de nuevo sobre este episodio, del que poco más hablaron. “Yo ya estaba en Sevilla en el sindicado en la CNT, que luego pasó a ser la CGT, cuando el periodista Pepe Almoguera me preguntó si sabía algo de una familia de pastores y de un hombre que llamaban el Granaíno”.

Antonio sabía perfectamente quién era aquel hombre, del que no había sabido nada en muchos años, relata. “Antonio, estoy buscando a este granjero por un artículo sobre los últimos días de Blas Infante”. Ragel sabía perfectamente que su tío estuvo con el Granaíno en aquellos parajes. Sabía que su tío iba con él pastando con las cabras en los terrenos del cortijo Calonge, sabía que las cabras descansaron cerca del arroyo para luego ir a llenar las cántaras del agua hasta la fuente que había cerca de aquel cortijo, custodiado por monjas. También sabía que a Blas Infante no lo habían socorrido y que murió antes del amanecer sin haber llegado a la fuente para beber agua.

Manuel Hernández, en los años noventa. / ARCHIVO ANTONIO RAGEL
Manuel Hernández, en los años noventa. / ARCHIVO ANTONIO RAGEL

“Antonio, ¿si hablo no me pasará nada?” Tío, ya han pasado muchos años. Con 85 años, nadie va a ir a por ti. Ragel rememora la conversación que tuvo con su tío antes de que el periodista Almoguera le hiciera la única entrevista que salió a la luz sobre las vivencias de Manuel el Cabrero sobre ese episodio.

“Más de treinta años han pasado de aquella entrevista y a mi tío le costó mucho ponerse delante de aquel hombre para decirle y contarle todo lo que sabía”. Habían pasado sesenta años de los hechos pero su memoria estaba intacta. Los llevaba en su cabeza toda la vida. Antonio afirma que su tío Manuel habló por primera vez de cómo pastaban de madrugada por el calor tan sofocante que hacía de mañana en agosto y que le permitía a las cabras pastar más tranquilas. Y cómo la metralla siempre sonaba en algún momento de la noche, pero aquella noche venían de la carretera de Carmona. Era la zona del aeropuerto viejo, plagado hoy de naves industriales.

Su sobrino se emociona al recordar aquellos días. “Gracias a todos lo que lucharon, personas como mi tío y mi madre, mi familia ha tenido muy buena vida”. La distancia de apenas unos metros del asesinato de aquel “andaluz grande” marcaron los días de aquel cabrero. “Luego en democracia conoció la historia de quién fue Blas Infante, porque la realidad silenciada de las miles y miles de víctimas que morían amontonadas e iban moribundas a la fosa se la sabía el pobre de memoria”.

Público