A 39 años de 1978, por J. Pérez Galindo


Quienes nacimos a mediados de los años 80 del siglo pasado fuimos criados en familias profundamente marcadas por la llamada “transición democrática” en general y la Constitución del 78, como guinda, en particular. Nuestros abuelos y abuelas había vivido en sus carnes la postguerra (y la represión de los vencidos en muchos casos) y nuestros padres habían crecido en el tardofranquismo colorido y cantarín que trataba de ocultar la siniestra sombra de las torturas y las palizas en comisaría (y algún que otro asesinato) a través de propaganda y el desarrollismo. Esas dos esencias se encontraron en 1978 con la oportunidad de hacer historia cerrando la tapa del ataúd de la dictadura (O eso decía la prensa, claro) a través de algo tan subversivo y morboso como el votar libremente. Naturalmente la cosa era impresionante y no podían quedarse al margen, en un sentido u otro, del acontecimiento.

Cuando quienes vivieron ese momento nos hablan del proceso constitucional las cuentas suelen comenzar en 1975 con la muerte del dictador fascista Franco, un momento de esperanza y de alegría para la mayoría que explica el relato oficial de apoyo a la democracia naciente después de tantos años de oscuridad, pero en ese relato se obvian multitud de influencias que sólo quienes hemos nacido posteriormente podemos analizar con perspectiva.

Como si de una legislatura se tratara, si nos remontamos cuatro años a la proclamación de la constitución nos encontramos con un momento político muy distinto del que nos relata el mito constitucional. Entre julio y septiembre de 1974 Juan Carlos de Borbón asume la jefatura del estado por primera vez en su vida, tras 5 años ratificado como heredero del dictador a título de rey, debido a la enfermedad de Franco. Sin embargo meses antes de ese evento, en marzo, se produce la ejecución por garrote vil  de Salvador Puig Antich, de gran impacto social e internacional.
En 1975 se produce otro evento trascendental de cara al público. El 27 de septiembre son ejecutados por fusilamiento 3 militantes del FRAP y 2 de ETA. En octubre Juan Carlos vuelve a asumir la jefatura del estado. Franco muere el 20 de noviembre y el rey es proclamado dos días después. Comienza oficialmente la transición.
En 1976 mientras se prepara la Ley para la Reforma Política en las instituciones franquistas, la sociedad mantiene el aliento contenido enterándose de la muerte a manos de la policía de 5 trabajadores mientras realizaban una asamblea, en los llamados “sucesos de Vitoria” que demuestran que la normalidad está muy lejos de recuperarse.
Enero de 1977 trae nuevos avisos a la población; 5 abogados laboralistas son asesinados por la ultraderecha en Madrid en el primer año electoral desde 1936. En junio, las elecciones generales llevarán a la UCD del ex falangista Adolfo Suarez al poder.
Finalmente llegamos a 1978 y mientras la constitución de la “monarquía parlamentaria” se cocina, en San Fermines la policía deja otros 2 muertos y 150 heridos. En diciembre se aprueba la Constitución.

El clima de terror policial y militar que había impregnado toda la sociedad durante los cuarenta años de dictadura estaban muy presentes en el momento de elegir entre la constitución que se ofrecía amablemente y el vacío amenazador que significaba cualquier otra cosa. Ante esa perspectiva sólo núcleos de resistencia curtidos en el enfrentamiento con el régimen (comunistas y nacionalistas, básicamente) osaron articular críticas a la oferta.

Hoy, 39 años después de aquel evento, resulta que la constitución no era tan bonita como la pintaban. Resulta que lo derechos y libertades que se llevan pregonando durante décadas como esencia del texto, tenían debajo privilegios y amenazas capaces de dejar en nada los artículos inspirados en el “espíritu republicano” que nos prometían sus orgullosos padres (nació sin madre, la pobre) por lo que en lo que tarda en descomponerse una dictadura, la Constitución de 1978 ha pasado de ser una esperanza para ser una vergüenza, utilizada como arma contra quienes se atreven a moverse en la dirección “equivocada” (ahí está el Tribunal Constitucional para mantener todo atado y bien atado) y reducida a papel mojado para la mayoría de la sociedad. Resulta que los que la criticaban en 1978 tenían más razón que los que la ensalzaban entonces (muchos de los cuales hoy se han unido a las críticas)

Hoy los hijos y las hijas de la constitución (esa generación EGB que llaman ahora) tenemos la responsabilidad de construir el marco constitucional que la resaca franquista negó a nuestros mayores, realizando una restauración democrática de aquel modelo de estado que el golpe de 1936 nos arrebató a todos; un modelo abierto en el que los pueblos y naciones de España puedan sentirse parte integrante y no accesoria, un modelo en el que la clase productora no sea subalterna de quienes no crean la riqueza sino que la gestionan, un modelo democrático donde nadie tenga más derechos que otro por poseer un apellido u otro; un modelo en definitiva laico, republicano, solidario y federal. Esa es nuestra tarea y el texto del 78 no nos sirve, sino que nos frena. A trabajar.

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