La extrema derecha busca su 15-M


La portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, Rocío Monasterio, y su marido, el diputado del partido Iván Espinosa de los Monteros. En vídeo, el matrimonio defiende que el distanciamiento social se cumple en estas protestas. LUIS DE VEGA (VÍDEO: ATLAS)
La portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, Rocío Monasterio, y su marido, el diputado del partido Iván Espinosa de los Monteros. En vídeo, el matrimonio defiende que el distanciamiento social se cumple en estas protestas. LUIS DE VEGA (VÍDEO: ATLAS)

Vox se inspira para sus protestas contra el Gobierno en el movimiento de los indignados, que está en el origen de Podemos

El pasado 15 de mayo, Vox lanzó un vídeo conmemorativo del movimiento del 15-M. A pesar de que el partido ultra es aficionado a los aniversarios (desde la batalla de Covadonga a la toma de Granada), su tributo al movimiento que ocupó la Puerta del Sol en 2011 y dio origen a Podemos desconcertó a más de uno. Pero, aunque pudiera parecer una humorada, el intento de presentarse como heredero de los indignados de hace nueve años respondía a una estrategia.

Al igual que el partido de Pablo Iglesias, Vox presumió en sus orígenes de ser un movimiento cultural más que político. No se trataba solo de ocupar el poder, sino de combatir el supuesto pensamiento hegemónico de la izquierda en asuntos como la violencia de género o la inmigración. Pero la entrada en las instituciones —en las últimas elecciones generales se convirtió en la tercera fuerza política— lo acabó domesticando y al propio Santiago Abascal se le vio desde la tribuna del Congreso defender el respeto a la diversidad sexual.

El reflujo del tsunami independentista catalán y el giro del PP a la derecha, de la mano de Pablo Casado, le privaron, sin embargo, de oxígeno político. En comunidades autónomas como Madrid, Andalucía o Murcia se ha convertido en una mera muleta del PP; y, ante las próximas elecciones vascas y gallegas, su papel no solo es marginal sino irrelevante.

Sin embargo, el malestar generado por la gestión del Gobierno en la crisis del coronavirus y el largo y penoso confinamiento le han dado ahora la oportunidad de reinventarse. Ya no hace falta apelar a unos supuestos veteranos del 15-M conversos a las ideas de Vox, el caldo de cultivo está mucho más a mano: en los actuales indignados que cada noche expresan a cacerolazos su malestar.

Fue en la calle Núñez de Balboa, en el madrileño barrio de Salamanca, donde hace 10 días sus habitantes empezaron a bajar de los balcones y terrazas para protestar a pie de calle, envueltos en banderas de España y sin respetar la distancia de seguridad exigida por las autoridades sanitarias. Luego saltó la chispa a otros barrios de la capital y se extendió por numerosas ciudades españolas.

Dirigentes de Vox, como Iván Espinosa de los Monteros y Rocío Monasterio, han participado en las caceroladas, pero de manera discreta, sumándose a unas concentraciones “lideradas por los propios vecinos”, en palabras del portavoz parlamentario.

El partido ultra ya tiene su “movimiento transversal” de indignados, alentado desde su televisión de siempre, El Toro (la antigua Intereconomía, que cambió de nombre pero no de estilo); y por otros medios de aire más moderno, como el canal de Youtube Estado de Alarma, protagonizado por tertulianos activistas y políticos en activo o retirados, como Rosa Díez y Esperanza Aguirre.

Junto a asociaciones de nuevo cuño, como la autodenominada Resistencia Democrática, que se atribuye las caceroladas del barrio de Salamanca en Madrid, se han subido al carro grupos veteranos; entre otros la ultracatólica Hazte Oír y la Asociación de Militares Españoles (AME), impulsora del manifiesto apologético de Franco que firmaron cientos de militares ya retirados.

Pero el riesgo de los movimientos transversales es que se te escapen de las manos. Mientras Santiago Abascal aplaude la “revuelta de las mascarillas”, otros hablan de “revolución de las mascarillas”, convirtiendo así en revolucionario el movimiento de protesta de los barrios más acomodados. Y Vox ha tenido que desmarcarse públicamente de los escraches protagonizados por algunos de sus hooligans en el domicilio del vicepresidente Pablo Iglesias o del ministro José Luis Ábalos; una práctica copiada del movimiento del 15-M, que la ultraderecha quiere ahora emular.

EP

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