Barrios obreros de Madrid dan un paso al frente: “Defendemos lo público, saqueado por quienes hoy golpean cacerolas”


Vecinas de la localidad madrileña de Alcorcón responden a las caceroladas ultras.
Vecinas de la localidad madrileña de Alcorcón responden a las caceroladas ultras. EFE
  • Distritos como Moratalaz y ciudades como Alcorcón han salido a las calles para responder a las caceroladas ultras: unos salen a “defender sus privilegios” y otros lo hacen para “exigir sus derechos”
  • Las protestas en los barrios del sur nacieron como respuesta espontánea, pero han transitado hacia concentraciones organizadas con vocación de permanencia

Dicen de Madrid que está atravesada por una brecha. Una suerte de frontera invisible que divide la ciudad entre norte y sur. En los últimos días, basta con mirar el telediario o las redes sociales para entrever con mayor nitidez la fractura: entre quienes se manifiestan, cacerola y rojigualda en mano, contra las medidas del estado de alarma y quienes responden en defensa de la sanidad pública.

En Vallecas, los vecinos llaman a un “paseo popular antifascista” y en Moratalaz piden “menos cacerolas, más sanidad”. En la Plaza Elíptica (entre Usera y Carabanchel) proclaman: “Barrios del sur unidos por la sanidad pública contra la extrema derecha“. Son sólo algunas de las convocatorias que han aflorado en los barrios obreros de la capital y que han ido ganando fuerza en los últimos días.

La organización que prima ahora estuvo precedida por la espontaneidad. Las primeras protestas surgieron como respuesta improvisada a quienes, alentados por la extrema derecha, salían a las calles clamando por el levantamiento de las medidas de seguridad. Sobre los orígenes habla Jorge Nacarino, presidente de la Asociación Vecinal de Puente de Vallecas. El pasado 15 de mayo, comenta, brotaron las primeras llamadas a salir, por parte siempre de “grupos muy cercanos a la extrema derecha” y habitualmente “en barrios de rentas altas”. Fuera de esas zonas, detalla, “la única convocatoria fue en Puente de Vallecas”, precisamente en “la única zona peatonal habilitada los fines de semana para pasear”.

Aquello “generó mucha preocupación”, especialmente por el miedo a las concentraciones masivas en tiempos de pandemia. “El viernes no ocurrió nada, el sábado tampoco, pero el domingo sí se concentraron en torno a diez personas, ataviadas con las banderas españolas y las cacerolas“. Ocurrió entonces que los vecinos que paseaban por las calles “empezaron a responder”. Unos gritaban “Gobierno dimisión” y los otros replicaban con “sanidad pública”. Nacarino sospecha que las personas concentradas el domingo ni tan siquiera eran vecinos del barrio. “Es gente que se está saltando total y alegremente las normas”, de modo que se pregunta “por qué no se les pidió la documentación para comprobar si se habían desplazado”. “No entendemos que haya tanta permisividad hacia ese tipo de actitudes“.

La asociación vecinal, explica su presidente, no está convocando protestas para evitar aglomeraciones, pero sí entiende que la dinámica vecinal del barrio está alimentando una organización lógica entre sus habitantes. “Igual que ellos tienen la libertad de pasear con una cacerola, el resto de vecinos tienen la libertad de responder“, argumenta.

La génesis de las protestas ha sido similar en la ciudad de Alcorcón, habitada por 170.514 personas. Lo cuentan fuentes del colectivo Alkorkón Combativo. “Al principio se produjo una primera respuesta espontánea y popular a las concentraciones en un barrio determinado de Alcorcón”, dice una de sus militantes al otro lado del teléfono. Se trata de Parque Lisboa, una zona con “un nivel de renta más elevado, un tamaño de viviendas que nada tiene que ver con el resto y un barrio que ha sido históricamente caladero político de la derecha y extrema derecha”. Pero los vecinos “se cansaron de que esas pequeñas concentraciones fueran tan mediáticas y dieran una imagen errónea de Alcorcón, que está formada por gente trabajadora, familias obreras y un movimiento feminista con mucha presencia”.

En el barrio madrileño de Moratalaz, al sudeste de la capital, los vecinos comenzaron a ver que “se concentraban juntos grupos de nazis y fachas”, integrados incluso por “cargos de PP del barrio y Vox”, todo ello “sin tener ningún tipo de autorización y saltándose todas las medidas de seguridad sanitarias” con el riesgo que conlleva. El primer día, explican miembros del colectivo Distrito 14, se generó “una respuesta espontánea ante ese peligro que representaba la concentración”. Pero a partir de entonces los vecinos decidieron ir un paso más allá y convocar “de manera permanente una protesta completamente diferente a la suya“. El objetivo, sostienen las mismas fuentes, pasa por la defensa de la sanidad pública, siempre respetando las medidas de seguridad pautadas. Todo ello “poniendo en evidencia a personas que nunca salieron a la calle cuando privatizaban y recortaban la sanidad y sí lo hacen ahora para usar políticamente a su favor toda la crisis del coronavirus”.

La Asamblea Popular de Carabanchel nace del vientre del 15M, hace ahora nueve años. Aunque no está en el origen de las respuestas en el barrio madrileño, enseguida el colectivo se sumó a ellas. “Ha sido algo bastante espontáneo y en confluencia con diferentes colectivos del barrio”, explica un miembro de la asamblea. Describe las caceroladas en el distrito como un “virus entrando” en su organismo. “A través de redes y de contactos, decidimos decirles amablemente que se fueran con su discurso de exclusión“. Carabanchel, con 253.040 habitantes, es “un barrio diverso y con realidades muy diferentes”. El portavoz recuerda que en el mismo distrito “hay chalets y hay gente en peligro de exclusión”, pero “ese intento de estar en la calle reclamando medidas antisociales era inaceptable”. La respuesta brotó en la Plaza de Oporto este martes, pero los activistas esperan tensionarla en los próximos días con un mensaje: “No les queremos en el barrio”.

Motivos para la protesta

Así fue como se tejió la protesta en los barrios trabajadores de la capital, marcados ya por una tradición de lucha vecinal y obrera. No sólo en Vallecas, Moratalaz, Carabanchel y Alcorcón, sino también en otros puntos como Vicálvaro. Iker Merino milita en Izquierda Castellana, una de las organizaciones que han apoyado y difundido las movilizaciones. “Las trabajadoras también tienen motivos propios para salir a la calle en estos momentos”, dice a este diario. “Desde el régimen y sus medios acólitos tratan de transmitir que la única contestación posible viene de la derecha”, lamenta Merino, pero la realidad muestra que “la gente de a pie sigue teniendo motivos para salir a la calle y dar esos paseos populares”.

A su juicio, “lo triste no es que las clases altas reivindiquen ciertos privilegios, sino que la clase trabajadora no haya salido antes contra la ley mordaza o en defensa de la sanidad pública”.

Desde Moratalaz coinciden en que el fin perseguido no es solo disputar el espacio público a la extrema derecha, sino además “salir a la calle ahora, siempre de manera controlada y siguiendo las medidas de seguridad sanitarias, para reivindicar unos servicios públicos que han sido saqueados y desmantelados por quienes hoy dan golpes a una cacerola“.

En Alcorcón conviven igualmente dos propósitos: dar una respuesta taxativa a las caceroladas de los barrios pudientes y clamar por los derechos de la clase trabajadora. Las concentraciones “se han hecho reivindicando la sanidad pública y los derechos de los trabajadores. Y pretende ser una respuesta contundente y masiva“, sostienen desde Alkorkón Combativo. El colectivo condena tajantemente además la reacción del grupo que comenzó a salir a la plaza en un primer momento: “Se están quitando las caretas, han empezado a criminalizar a los vecinos y a ensañarse con los jóvenes extranjeros y racializados”. Por tanto, exclama la portavoz consultada, “se ven claramente las intenciones de un lado y de otro: nuestro objetivo es defender una ciudad diversa y el suyo es intentar excluir a la gente trabajadora”. Ellos, sentencia, “están saliendo a reivindicar una falsa libertad que se expresa en seguir explotando a sus trabajadores”.

La línea de la desigualdad

El cisma entre norte y sur se ha hecho abismo estos días en la capital. “Existen esas diferencias: en infraestructuras, en recursos y ahora también en contagios por coronavirus y en más represión”, reflexiona Iker Merino. Puente de Vallecas ha sido, junto a Moratalaz, el distrito madrileño donde el coronavirus más se ha ensañado y a la vez la zona con más propuestas de sanción durante el estado de alarma. La renta media por persona, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), asciende a 24.683 euros por persona en el distrito de Salamanca, mientras que en Puente de Vallecas se instala en los 9.706 euros.

Los activistas que componen el colectivo Distrito 14 entienden que existe “una brecha social, clase obrera y clase aburguesada, que se evidencia una vez más con este tipo de situaciones“. Unos, dicen, se echan a las calles para “defender sus privilegios”, mientras que la clase obrera sale para “defender y exigir sus derechos”, en ocasiones aún por conquistar. “Ellos se manifiestan contra el impuesto a los ricos, contra un gobierno que consideran comunista y además lo hacen sin respetar en ningún momento las medidas de seguridad sanitaria y con la connivencia total de la policía”, denuncian desde la organización. El otro bando, en cambio, se organiza para “defender la sanidad pública, a las trabajadoras de la misma y sus condiciones laborales, siempre respetando las medidas de seguridad sanitarias” y sin embargo con “con la presión y acoso policial” que denuncian habitual.

“Madrid tiene una línea divisoria meridianamente clara de desigualdad”, lo que tiene un “trasfondo político evidente”, coincide Jorge Nacarino. El portavoz vecinal destaca, no obstante, la falta de perspectiva y el altavoz desmesurado que suponen en ocasiones los medios de comunicación. “Por mucho que se estén magnificando estas movilizaciones, no son mayoritarias. Las cacerolas hacen mucho ruido, seguramente más que los aplausos, pero es una minoría muy ruidosa que no tiene por qué representar a las posiciones mayoritarias”.

En la Asamblea de Carabanchel comparten diagnóstico. Ni las caceroladas forman parte de una suerte de revolución, ni sus integrantes están construyendo un nuevo 15M. “No es más que neolengua, pero sin duda es una aberración absoluta”, denuncian desde el colectivo. No obstante, matizan, “no es la primera vez que la derecha intenta tener una expresión que la haga salir de los salones”. En periodos de “sequía informativa” aquello que “pretende parecer masivo y popular no es más que una cortina de humo para no contar que la gente está pasando hambre“.

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