UN PUEBLO CONFINADO, por Aguijón


Tras el confinamiento tiempo de tormentas, informativas, sociales incluso meteorológicas. Tranquilos, siempre que llueve escampa. Sin perder el horizonte como decía Benito Pérez Galdós, así como de la noche sale el claro del día, de la opresión nace la libertad. Es cierto que la única fórmula posible a día de hoy para combatir el maldito coronavirus es el aislamiento, mantener la distancia de seguridad entre personas en sus relaciones sociales, erróneamente llamada distancia social, esta es más propia de épocas medievales, de monarquías absolutas y, más recientemente del capitalismo.

Otra cuestión es la del confinamiento, no, no me refiero al que nos hemos visto obligados a soportar durante la etapa de máxima incidencia del coronavirus, que llevó al colapso de centros hospitalarios, desbordando recursos humanos y materiales. Vamos que nos pilló en paños menores. Me refiero al confinamiento, en el sentido de reclusión dentro de unos límites, marcados por la falta de libertad, la igualdad ante la ley y la sumisión al poder establecido. Marcado por un silencio ensordecedor, roto con aplausos mecánicos a las 20:00h, vacios por monótonos, al grito de ” ¡viva España y la virgen…!

En nuestros días podemos comprobar como todo está supeditado a dicha traición, hemos visto la zapatiesta política en tiempos de pandemia, como el monarca emérito e s acusado por cobrar comisiones ilícitas, por llevar dichos caudales a tierras suizas. como su hijo el monarca heredero maniobra dando bandazos al margen de la ley. si las más altas esferas del país funciona o mal funcionan, malamente lo hará el resto, clase política mediante..

Si los políticos hicieran gala a su nombre y responsabilidad harían de la virtud su seña de identidad, el faro que les guie en la oscura noche a puerto seguro. La virtud como hábito selectivo razonable y prudente, para Aristóteles la areté es un referente de perfección. En Ética a Nicómano, el filósofo advierte que la virtud no puede ser una facultad sino un hábito. Los hábitos se aprenden a base de práctica o repetición. La práctica  de una acción genera en nosotros un hábito, lo que nos permite realizar tareas de forma natural. Los hábitos pueden ser buenos o malos, virtudes o vicios.

Esos buenos hábitos son la norma natural de un político en la gestión de los bienes públicos. El vicio, el mal hábito es la corrupción. En un sistema democrático la corrupción no solo deviene en el mal uso de los fondos públicos, también en el uso de formas dialécticas y trampas verbales, con objeto de alterar o desviar la atención de lo verdaderamente importante. El boicot, las trabas per se a la gestión pública, por intereses partidistas solo conduce a la confusión, al mar revuelto donde el objetivo es alcanzar el poder, dejando en segundo o tercer plano los intereses generales a los que se debe la acción política.

Lamentablemente somos una ciudadanía confinada, sin más análisis crítico que el que nos proporcionan desde las opciones políticas a las que nos acercamos por afinidad. Sin capacidad de contraponer lo que nos dicen con lo que sabemos, con una opinión contraria. Circunstancia que aprovechan formaciones sin escrúpulos que mediante mensajes directos, huecos, a modo de eslóganes nos bombardean, enfangando el clima político, sin respetar ni las formas ni los tiempos. Estas formas propias de opciones que tienen por misión el control de la sociedad, el sometimiento sordo, mudo a su poder, a pesar de su fobia a la democracia, se benefician de sus libertades para socavarla.

Son fuerzas de extrema derecha que asoman de las sombras cuando ver peligrar sus prebendas heredadas de la larga noche de la dictadura, adueñándose sin rubor de símbolos que enarbolan en la defensa de una patria a la que exprimen sin descanso. Esa es la peor corrupción, la que mina los cimientos de las libertades. Solo una ciudadanía libre, crítica e implicada puede combatir el ataque que nuestra democracia imperfecta sufre cada día, bueno sería empezar por resolver los problemas heredados de la inmodélica transición.

Otra corrupción del modelo es la permisividad desde los medios de comunicación a la hora de denunciar tamaño  amaño.

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