Revolución burguesa y pintura en Holanda durante el siglo XVII, por Carlos Hermida


La Lechera - Jan Vermeer

“(…) El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social.

El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo (…)”.

Este famoso párrafo de Marx, que corresponde al prólogo a la “Contribución a Crítica de la Economía Política” (1859), tantas veces tergiversado e interpretado de forma mecanicista, constituye una pieza fundamental en la teoría del materialismo histórico.  Por más que los enterradores del marxismo lo nieguen, la concepción materialista de la Historia explica de forma científica  el desenvolvimiento de la Humanidad a lo largo del tiempo y sus planteamientos se ven corroborados empíricamente. Expondremos a continuación uno de esos  ejemplos: la relación entre  revolución burguesa y transformaciones artísticas en Holanda.

El territorio de Flandes se incorporó  a la monarquía hispana con Carlos I, quien lo recibió en herencia de su padre Felipe el Hermoso.  Ese conjunto territorial presentaba diferencias importantes entre el norte y el sur, hasta el punto de que en el siglo XIX se formaron dos países: Bélgica y Holanda.

En 1568, durante el reinado de Felipe II, comenzó un levantamiento  contra el dominio español que desembocó en la denominada “Guerra de los ochenta años”, conocida en España como “Guerra de Flandes”. Mientras que la monarquía  hispana logró controlar militarmente la zona sur, las siete provincias del norte (“Las Provincias Unidas”) proclamaron la independencia en 1581 y continuaron la lucha hasta que la monarquía española, con Felipe IV, reconoció definitivamente su independencia en 1648 (Paz de Westfalia). El conflicto tuvo un carácter religioso indudable, debido a la extensión del calvinismo por las provincias del norte, pero la pugna económica constituía la base del enfrentamiento. Los intereses de la burguesía holandesa chocaban con los de la monarquía hispana.

La revolución burguesa en Holanda se desarrolló y triunfó en el marco de la guerra contra los Austrias. La independencia del país supuso el triunfo político de la burguesía comercial holandesa frente a una monarquía hispana que representaba los intereses de la aristocracia terrateniente castellana y aspiraba a conseguir la hegemonía europea e imponer la unidad católica.

A comienzos del siglo XVII la República holandesa ya era la principal potencia comercial de Europa, rivalizando con Inglaterra y Francia. El nuevo marco económico y político del  joven país permitió una mayor libertad de expresión y afectó de lleno a las bellas artes. No queremos decir que Holanda fuera el paraíso de la tolerancia, pero es evidente que Spinoza no habría podido desarrollar su obra filosófica en España,  pero sí pudo hacerlo aquel país, aunque las autoridades holandesas y los calvinistas no simpatizaran con sus planteamientos.

Mientras que en los países católicos  el cliente  fundamental de los pintores era la Iglesia, y  eso explica que la temática religiosa sea abrumadoramente mayoritaria en España durante el llamado Siglo de Oro, en la Holanda del siglo XVII es la burguesía la que demanda obras de arte. Una nueva estética se impone. La pintura de género, el paisaje, las naturalezas muertas, el interior de los hogares y el retrato de grupo  se adueñan de la pintura holandesa. La burguesía desea ver reflejado el mundo que ella domina y eso impone a los artistas un estilo naturalista.  Además, el calvinismo no necesita  imágenes religiosas que alimenten la fe. Su concepción de la predestinación hace superflua las escenas bíblicas. Para los pintores, el mercado de compradores se amplia y también la temática. El gusto burgués, y el dinero,  se imponen en la pintura.

Una generación de grandes pintores aparece en Holanda entre 1600 y 1700: Rembrandt,   Gerard Dou,  Gerard Ter Borch, Gabriel Metsu, Pieter de Hooch,  Jan Steen, Frans Hals, Jacob van Ruysdael  y Johannes Vermeer, entre otros.

Vermeer (1632-1675) fue, sin duda, uno de los grandes maestros de la pintura de interior, reflejando en sus obras la tranquilidad del hogar burgués. Poco prolífico, solo han llegado hasta nosotros treinta y cuatro cuadros de los cuarenta y siete que probablemente pintó.

En sus obras aparecen fundamentalmente mujeres, algo lógico teniendo en cuanta que la casa era, en aquella época, el lugar asignado a la mujer. Pero lo que destaca en este pintor es el tratamiento de la luz, que entra casi siempre por una ventana lateral y crea en la habitación una atmósfera especial. La luz envuelve a los personajes y dota a las escenas de una intimidad  y  una quietud  especiales. La luz modula los volúmenes, resalta la calidad de los objetos y genera un clima mágico en las estancias. La luz  en Vermeer tiene un carácter simbólico, subrayando un mensaje sobre la centralidad del hogar y su importancia en la vida de los holandeses.

Sin embargo, el cuadro que se considera su obra maestra no es una escena de interior, sino un retrato: “La joven de la perla”. Pintada entre 1665 y 1667  ha sido denominada “la Mona Lisa” holandesa. Una joven, ataviada con un turbante mira al espectador. La luz emana del propio rostro, dotándole de una ligera sensualidad La mirada y el brillo de la perla centran la atención del espectador, atraído sin duda por esa luz que tiene vida propia.

Aunque la obra parece ser que era un tronie, nombre que se daba en Holanda a las obras que los pintores realizaban para mostrar su pericia, pero sin tratarse de retratos de encargo y, por tanto, no identificables, es bastante probable que se tratase de una mujer cercana al pintor. De lo contrario, no hubiera puesto todo su talento en esa obra.

La conexión entre los cambios económicos que se desarrollaron en Holanda durante los siglos XVI y XVII y la revolución artística que experimentó eses país es indudable. Es evidente que había una herencia estética en la pintura flamenca que se remontaba al siglo XV, con figuras clave como Van Eyck y Rogier van der Weyden, pero fueron  la revolución burguesa y el gigantesco auge comercial del país los dos pilares que abrieron un mundo nuevo a la pintura. A una nueva clase social le correspondió un nuevo arte. El éxito económico de los grandes comerciantes, así como el desarrollo de poderosas asociaciones civiles que deseaban inmortalizar su poder e influencia social,  se concretó en el retrato de grupo, de la misma forma que el avance científico también tuvo su plasmación en obras como “La lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp”, de Rembrandt, y el interés por la naturaleza convirtió al paisaje en un género independiente.  Indudablemente, en Holanda el ser social creó  nuevas formas de conciencia artística.