
Con mi tía Carmen, esposa de Quico, el hermano de mi padre, se va un referente más, una etapa, un poco de memoria, un mundo compartido de infancia y adolescencia. Mujer fuerte, valiente trabajadora incansable, de tremenda y sencilla sabiduría, paciente y comprensiva, de una manera discreta, sin dar ruido, como se dice en mi tierra, nos dejó hace unas fechas este verano de fuego y cambios.
La memoria, sí, se va con los nuestros si no la cuidamos y trasladamos.
Hubo un tiempo de olvido, de silencio impuesto y obedecido para sobrevivir, de hacer por seguir con gran esfuerzo aunque de puertas para adentro se supiera, lo que había pasado. Lo que pasaba: Desde el machismo secular avivado por el franquismo-dictadura, hasta el autoritarismo más arraigado en esas fechas de tortazo y pellizco de monja, tras el paréntesis de un mundo nuevo de la República a la que no dejaron ser, con derechos para las mujeres y nuevas obligaciones de respeto y construcción ética para los hombres.
Mi abuelo fue librepensador, socialista, abierto y no corto de miras, no como esos miopes vendepatria. Sufrió represión y sus hijos tuvieron que interpretar otros papeles ya, cada cual a su modo, también superando los traumas causados, la idea que se hicieron en medio de ese tiempo de silencio y dispersión familiar, de lo sucedido desde en la casa paterna hasta en el exterior, qué y por qué y el daño de las interpretaciones interesadas de otros sin poder replicar… Ni añadir ni preguntar más…
Era lo dictado, lo que había de tragarse y así fue el seguir y verlos pasar con dolor, los años de plomo. Los años horribles de la posguerra, siempre leales a las ideas y sin embargo, ya era otra cuestión, otra cosa el mundo, incluso el socialismo de siglas sin contenido que nos vino de creación de los imperiales intereses marcados desde fuera, diseñado a propósito, luego.
Las familias fueron dispersadas con aquello de ahogo al campo y trabajos en las ciudades, precarios como ahora, aunque sin conciencia de ello los obreros, solo conciencia y padecimiento de lo que costaba ganar el pan, lo que dolían los huesos y lo que costaba sacar a la familia adelante cuando no se tenía carné de traidor ni familiares fascistas que te colocaran, ni ganas de eso, ni partido condescendiente con el pacto de la amnistía de los crímenes (aunque fuese por imperativo de supervivencia) que te rescatara.
En aquella época, sin médicos gratuitos, sin sanidad pública (como puede pasar otra vez a este paso fascista y de mercantilismo mental y de las cosas), en que cada enfermedad te arruinaban, como pasó a mi padre por más que siguiera trabajando como titán y por más que, como los otros tíos, supiera cómo recuperar status sin venderse jamás. Pero no pudo, fue una desgracia tras otra, era así, cuestiones también de azar, de accidentes fortuitos, de suerte…
Fuimos felices también, en cada aire respirado juntos, en cada avance juntos. En la emigración en Madrid, con cada libro que podía comprarnos y oler juntos. Murió el primogénito, mi hermano. Una muerte injusta, incomprensible la pérdida de un hijo. Desgarro caprichoso y remate de la vida para él mismo, el progenitor. Ya no levantó cabeza… A su muerte me legó unos consejos y me dijo lo real: «Ya son muchas cosas», ya no podía seguir más, ni por mí, su otro ojito de la cara… Su nuera le negó una bata barata de mi hermano para envolverse en sus últimas horas, cuando se vio muy mal, pero le envolvió el cariño que su hijo dejó entre los compañeros de su hospital, en su trabajo, en su vida con todos los que trató. Valores republicanos de humanismo sumo, aunque ya no lo llamáramos de esa forma… Hasta el último día nos estuvo cuidando, aun muerto. Lo sentíamos. Fue el que estuvo allí con nosotros al pie de la cama, a través de su extensión de bondad, en vida, de cariño hacia los demás que nos fue devuelto. Como en «La cuadrilla», de Loach, esa peli. Cada día, sin falta, nos venían a visitar y apoyar sus ex compañeros y contaban sus chistes y le veíamos a él.
Cada año iba a su pueblo mi padre. Y yo, iba con mis padres al pueblo. Compartía con mi tía Carmen algunas tareas domésticas y de trabajo añadido, siempre las mujeres tuvimos doble carga y hasta triple o más. Admiraba la juventud libre y moderna de mi prima Mari, su hija y el tesón de mi tío Quico, de mismo nombre que al que asesino impunemente la Guardia Civil por cantar «La Internacional» y venir de celebrar el Primero de Mayo durante el bienio negro de la Iglesia y los ricachos confabulados.
No se podía cantar, Reír, celebrar y dispararon a bocajarro a los hombres en El Pilar de La Fuente donde hoy hay una escultura que los recuerda. «Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen», como un día dijo Julio Anguita cuando mataron a su hijo, esas guerras. Porque donde hay víctimas hay verdugos. Yo precisaría: «Malditos quienes las provocan» porque cuando se viola hay la legítima defensa.
Carmen, como otras mujeres, navegó en esas aguas turbias del pueblo con la familia dividida en fidelidades distintas; respetuosa con todos los suyos y su evolución; firme, currante, seria, fuerte y con sonrisa siempre, feliz de tener esa hija estupenda que heredó la rebeldía correcta, la de los justos, la de los que no miran atrás sino para pedir verdad, reparación, justicia. Una avanzada en su tiempo mi prima, coherente con sus ideas llevadas a la práctica, militante laica, feminista de veras, activista de veras, nunca impasible, siempre implicada; cariñosa como nadie, sensible y buena persona, inteligente. Cohesionadora de la familia.
Hoy en mi pueblo querido se abre paso otra generación, y otra vez el franquismo con local y sede, con mando en plaza en toda Extremadura, en toda España. Se les ha dejado pasar al Parlamento. ¡Qué ironía! pues el Parlamento es democrático y el fascismo, su negación, de la democracia.
Carmen nos deja pero la memoria perdurará, se pasará por generaciones, no se olvidará, no se pueden perdonar los crímenes ni consentir la impunidad. Hoy en los pueblos se hacen exposiciones de fotos, de costumbrismo, vano sin su contexto, necedad y blandenguería, pero aún no se expone la verdad total. «Como si aquí no hubiera pasado nada» que dijo Max Aub, el auténtico que jamás regresó a hacer el paripé por más que amara a su España. Cuando vio el panorama de la Transición, los manejos arriba y las ganas de implicarle en semejante farsa, se volvió al exilio.
Bodas, bautizos, comuniones, fotos con escenas de campo en medio de una moda de neo ruralismo que no es lo real, solo casita rural y paz y tranquilidad, que muchos pueblos siguen zafios y brutales y en retraso, tantos pueblos como en ese Izbor granaino donde se ha atacado a una escritora y a los animales cruelmente, como esos sitios que no se deben idealizar, ni banalizar lo que en ellos se consiente y no se castiga adecuadamente, donde se expulsa al negro esclavizado y usado, se mata a la mujer, y se apalea al homosexual y al que lee y se maltratan animales, como antes… Por más que la moda arrase entre quienes no vivieron el franquismo y lo que son los pueblos tremendos cuando predominan las cuestiones fascistas y falta la cultura y el pensar y los derechos de la mujer por más papel mojado y centros de la mujer que haya, cuando manda el dinero y los chulitos bravucones fachas y señoritos vuelven a pasear como los chulos de bota alta y gomina en pelo de antes. De camisa azul y privatizaciones asesinas aunque ahora lleven barba y/o sean también homosexuales sin salida de armario (esto como antes y siempre con su doble moral), de recortes de derechos y recortes de sueldos y plazas de médicos, escuelas y bomberos y así está España, que arde.
El orgullo de mi familia es mi propia familia, médicos, maestros, abogados, primer doctorado, el de mi hija, y hasta los que no estudiaron pero hicieron autodidactamente su recorrido inmenso. La cultura siempre ha sido un valor en mi familia, como la tolerancia a ideas y la rectitud de carácter. Era un orgullo tener libros para leerlos, no para adornar estancias, orgullo y currado que estudiáramos. Era un orgullo que pensáramos y nunca picáramos en sectas y eso se llama, se sigue llamando democracia y República, antifascismo y muchos más derechos para el trabajador y la mujer y progreso y que se cumplan los papeles y los compromisos no firmados y lo que se tiene que dar por hecho de natural como la lealtad entre los seres humanos dignos y próximos, entre compañeros; la implicación y el no mirar para otro lado. También respeto en la familia y cuidados a los mayores. Mi prima no se dejó avasallar por un marido que no estuvo a su altura, se volcó sola en el cuidado, y cultural también, de su único hijo, hoy escritor premiado y se volcó con Carmen hasta el último día, cada día, todas las horas. En mi familia nunca abandonamos, por más daño que se nos intente hacer; no nos rendimos, ni traicionamos. No nos educaron así.
Va por mis antepasados republicanos, personas de una pieza, ninguna falsa moneda… Va por mi tío abuelo Diego que fue el que más puso y sufrió en la pelea por la democracia. Hasta sus enemigos, espías franquistas y demás gentes, le reconocieron, su coraje, su limpia mirada, su liderazgo, su ser entero, su nombre. Su nieta Lola es otro ejemplo de mujer coraje, mujer a la que admiro. Bravo por ellos y ellas, mucho más por ellas…
Va por todas las republicanas y compañeras de republicanos aunque no supieran que fueron igualmente republicanas. Porque lo demostraron con su buen hacer.
Tía Carmen, descansen tus huesos de su mucho trabajo y de todo el sufrimiento que enterraste contigo sin un ruido, discretamente y comprendiendo de dónde arrancó y cómo superaste y comprendiste a cada cual en sus circunstancias y las tuyas.
Unos días antes me invitaste a visitarte, y a ver la nueva casa de tu hija, parecías decirme que nos cuidáramos una a la otra, como ha de ser, parecías despedirte y que no te olvidaramos ni nos olvidaramos de nada aun de lo no pronunciado nunca pero comunicado con sutileza… Tanto mi madre como tú teníais ganas de no morir nunca por cuidar a la hija tan deseada y tan querida y valorada que tuvisteis. Gracias por vuestro amor. En verdad no os olvidamos y seguiremos la lucha y el ejemplo.
*Enriqueta de la Cruz es escritora y periodista
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