Gerardo Díaz: Una vida de lucha por la libertad


  • El histórico comunista Gerardo Díaz Solís ‘el Portu’, en su domicilio de El Llano. / P. CITOULA

    A sus 89 años, guarda frescos en su memoria sus recuerdos del trabajo en la clandestinidad y las cárceles franquistas. Gerardo Díaz Solís ‘el Portu’, reconocido por ser un bastión contra la dictadura

Fue incansable en su lucha contra la represión, lo que le trajo no pocos problemas, como varios años de prisión, ser despedido de empresas o entrar en una especie de ‘lista negra’ que prácticamente le impedía trabajar. Gerardo Díaz Solís ‘el Portu’ dedicó su vida a defender la democracia desde el Partido Comunista de España, lo que le llevó a ser uno de los cofundadores de Comisiones Obreras. El Ayuntamiento de Gijón se lo quiere reconocer con su Medalla de Plata, que le será entregada el 29 de junio, fiesta local de San Pedro.

‘El Portu’ nació en Ciaño el 10 de abril de 1927. Con solo once años, seguía a su padre cuando se reunía con los hombres que se escondían en los montes langreanos. Un día le vieron y entonces se convirtió en su enlace. Con 14 años empezó a trabajar en la mina La Vasconia y pronto se convirtió en picador en tajos como los de San Luis (La Nueva) y Samuño. Eso no hizo más que acrecentar su compromiso obrero y su decisión en luchar por la democracia y los derechos de los obreros.

Aquellos años eran «muy difíciles. Todo era clandestino». Y rememora uno de los hechos que marcaron un punto de inflexión en su trayectoria política y sindical: el VI Congreso del Partido Comunista de España, celebrado en Praga, en 1959. No sabía adónde se dirigía cuando salió de Asturias junto con otros compañeros. Cruzaron la frontera con la excusa de ir de vacaciones a París, pero fue en la capital gala donde se enteró de que el destino del viaje era Praga. Llegó a la entonces Checoslovaquia en tren, pasando por varias casas de manera discreta. En una vio a una mujer: «’¡Eres Pasionaria!’, le dije, ‘y tú el minero’, me respondió. Se acordaba de mí, porque me había visto una vez en Asturias». Y ‘el Portu’ fue el encargado de intervenir en el congreso en nombre de los asturianos: «Se dijeron cosas que no me gustaron y yo las critiqué. Parece que les gustó e, incluso, los rusos me querían llevar a conocer las minas rusas, pero yo tenía que volver a la mina, porque se me acababan las vacaciones».

Fue un largo periplo de regreso, tratando de tomar muchas medidas para no despertar sospechas, pero al llegar a España «la Policía estaba enterada de todo». Le detuvieron, le dieron palizas y fue condenado a doce años de cárcel en Madrid, pero gracias a varios indultos y a haber estudiado en la escuela de la prisión se pudo ahorrar cuatro de ellos. Eso sí, durante un buen tiempo se tenía que presentar cada semana ante las autoridades.

Tanto en la cárcel como a su regreso a Asturias continuó repartiendo propaganda, «’El mundo obrero’, que me los guardaba mi madre en un zapatero que tenía en casa». Y así fue organizando la labor sindical en toda la zona de Langreo y Mieres, y convocando huelgas que le costó pasar varios fines de semana en el calabozo, «porque te podían detener 72 horas sin rendir cuentas. Yo seguía trabajando, pero tenía que tener más cuidado, porque era muy peligroso. Me cacheaban continuamente por si tenía propaganda». Sorteaba como podía la presencia policial, que la tenía encima continuamente, pues eran conocedores de que Gerardo Díaz era uno de los más activos miembros del partido en las cuencas mineras.

Un año sin trabajo

Pero no se arredró y siguió convocando movilizaciones en la mina y «algunas veces conseguíamos sacar algo, pero en otras nada. Además, nunca íbamos los mismos a reclamar, para que no se fijaran mucho en nosotros. Casi todo el mundo hacía la huelga, menos los socialistas, que todos hacían de esquiroles», rememora.

Al final, fue despedido de la mina y se vino a Gijón, aunque le costó más de un año conseguir un empleo, a pesar de la gran demanda de picadores que había entonces. «La Guardia Civil y la Policía tenían que dar un papel de buena conducta, pero decían que no porque ya me conocían». Ese tiempo sin trabajo fue «cuando más me movía», es decir, cuando más se dedicó a su labor propagandística y organizativa del sindicato y el partido.

Después, murió Franco y «nos dieron un indulto. Entré a trabajar en una empresa, pero ya faltaba poco para que me retirara. Empecé a trabajar en abril y al mes siguiente ya me despidieron, porque organicé la huelga del primero de mayo», recuerda.

Y tras jubilarse, siguió al pie del cañón trabajando por los obreros. Nunca quiso ocupar cargos destacados, pero siempre estuvo aportando trabajo y experiencia a los órganos organizativos. Hoy, puede disfrutar de una merecida tranquilidad desde su domicilio en El Llano, en una ciudad que ahora reconoce su labor con su más alta distinción.

El comercio

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