Un encuentro con Chillida y con el dinero perdido en la República


La sidrería de Faustino fue testigo de apuestas y de reencuentros de amores perdidos

Ya no hay paredes que guarden los secretos de la sagardotegi de Faustino, pero sí hay quien atesora los recuerdos y las historias que no llegó a vivir y los transmite con cariño, para que dejen huella.

Cuenta Miren que su familia y otras personas que acudían a la sidrería tuvieron que esconder bajo el edificio dinero de la República tras finalizar la Guerra Civil. Allí permaneció, olvidado, hasta 1957, cuando el derribo del edificio lo sacó a la superficie.

Los trabajadores de la obra informaron a su jefe del descubrimiento y este lo puso en conocimiento de las autoridades franquistas. La familia Eizmendi tuvo incluso que personarse en un juicio para asegurar que desconocía a quién pertenecía ese dinero que nunca pudo recuperar.

Relata también cómo los clientes se retaban a levantar la piedra de cien kilos que allí se hallaba y apostaban a ver quién lo conseguía en más ocasiones. El abuelo de Miren lo lograba con facilidad, como también consiguió numerosos premios por la calidad de la sidra que elaboraba, aunque no fuera un negocio boyante, hecho que a la postre obligó a la apertura de la ferretería.

A la llamada de la sidra acudían cuadrillas que se conocían de sobra y uno de los fieles a la cita era Vittor, herrerua jibosua (herrero jiboso), que tenía la herrería frente al despacho de sidra de Faustino. Le gustaba la juerga y nada más cerrar su negocio acudía sin tardar al establecimiento hasta donde un día llegó comentando entre risas que un hombre le había pedido que “le torciera los hierros”, algo que hizo aún sin comprender las razones.

Aquel hombre era el joven Eduardo Chillida, que conocedor del buen hacer de Vittor se desplazó hasta su lugar de trabajo, cuando Egia solo eran unas pocas casas de no muy fácil acceso, para solicitar que manipular las piezas de hierro que necesitaba para sus creaciones. Entonces la cuadrilla del herrero solo pensó que se hallaba ante un excéntrico.

Pero también en el devenir de la sidrería hubo espacio para las historias de amor y de reencuentro. Cuando Faustino acudía a comprar manzanas a la zona de Aia contactaba siempre con un proveedor cuya hija pequeña acabó trabajando en el local cuando apenas tenía 20 años. Aquella joven llegó ya a Egia enamorada de un chico al que conoció en la romería del monte Ernio. Tras pasar el día bailando, la pareja se separó para no volver a verse hasta que, casi diez años después, el joven, que era camionero, se acercó a la sidrería. Ninguno de los dos había olvidado aquella romería y no se volvieron a separar. Se casaron, tuvieron hijos y vivieron junto a lo que fue el lugar que propició su reencuentro.

TODA UNA VIDA Son todas historias de un establecimiento por el que pasaron muchos donostiarras que todavía lo recuerdan. Pero sobre todo fue un lugar de encuentro de los vecinos de Egia, un barrio separado de la ciudad por las vías del tren que debían de superarse por encima, ya que no se había construido el subterráneo actual.

Era un barrio pequeño que, contaba Joaquín, el padre de Miren, se quedó casi vacío durante la Guerra Civil, cuando mucha gente regresó a su tierra o mandó a sus hijos fuera para protegerlos. Los Eizmendi se quedaron porque Faustino decidió que no se moverían aunque “les cayera una bomba”. Y en Egia siguen.

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