Hacia un 15M Revolucionario (II): Los partidos políticos, por J.P. Galindo


“No nos representan” fue uno de los gritos de guerra más reconocibles del fenómeno social del 15M de 2011. Tras él se esconde toda una denuncia pública de la descomposición política de un régimen (el del 78) caracterizado por ser una prolongación de las cúpulas dirigentes del franquismo, haciendo hueco a una minoría progresista que llegó avalada por las corrientes políticas internacionales de una Guerra Fría que tomaba su recta final. En esas circunstancias se gestó un régimen formalmente democrático en el que una minoría gestora al servicio de los grandes capitales se presenta a sí misma como representación de la masa social diversa, donde el grado de alienación alcanzado a través de las correas de transmisión de la superestructura es tan alto que se garantiza una paz social más o menos estable.

Cuando la crisis económica producida por el periodo especulativo de 2000-2008 arrastró a capas y más capas sociales desde la posición económicamente acomodada (sin abandonar el proletariado) en la que se habían instalado, estás comprobaron con horror cómo las instituciones en las que se les había educado para confiar como garantes del bienestar social, eran impotentes para protegerlas del derrumbe económico. Es entonces cuando, desesperadas y decepcionadas, las plazas gritaron “no nos representan”

Cómo sabemos, el 15M no fué un movimiento revolucionario. Durante un mínimo instante al comienzo del mismo pudo haberlo sido, pero las condiciones revolucionarias no estaban listas. Las masas no tenían entonces (y ahora apenas ha mejorado esa situación) la educación política para llevar su grito de guerra hasta las últimas consecuencias (y negar la legitimidad al régimen vigente) no existía una organización capaz de agrupar y orientar el descontento social hacia objetivos concretos y, sobre todo, no cabía la más mínima opción de que una clase social diferente a la instalada en el poder reclamase para sí la representatividad del conjunto dada la alienación imperante sobre sus consciencias.

Todos estos factores condujeron a un fracaso colectivo desde el punto de vista revolucionario en el que la fortaleza ofrecida por el régimen moribundo junto con el descrédito de las organizaciones tradicionalmente identificadas con la clase obrera, incapaces de ofrecer alternativas,  provocaron una lógica dispersión de fuerzas entre los críticos al régimen lo que se tradujo en el ascenso del partido de la alta burguesía  en las elecciones generales adelantadas al 20 de noviembre de 2011, al presentarse como la opción de orden y autoridad en la que se refugiaron, además de sus votantes incondicionales, muchas capas medias y bajas asustadas por la propaganda conservadora. El partido de la pequeña burguesía y las capas medias y bajas progresistas por su parte, salió del gobierno con sus peores resultados hasta aquel momento mientras que los partidos que se reclamaban obreros obtuvieron una mínima mejora, recogiendo algunas corrientes del 15M pero incapaces de atraer a la masa crítica de un movimiento intrínsecamente reformista a través de un discurso formalmente rupturista.

En esas circunstancias comienza una carrera por conquistar el desierto que queda con la deserción masiva que se produce en la socialdemocracia tras las elecciones dado su alto valor electoral.

Así partidos políticos minoritarios pasan a ocupar espacios de visibilidad desde posiciones pretendidamente moderadas (UPyD, Ciudadanos) pero surge también una fuerza política nueva que se reclama directamente continuadora del 15M, Podemos, que junto a sus partidos “sonda” en las municipales se  lanza al objetivo de enraizar en las instituciones públicas.

El discurso común a todas esas opciones emergentes es su mensaje “de cambio” con el que pretenden distanciarse de los gestores del reciente desastre y atraer a quienes se sienten víctimas del colapso. Pero se trata de un cambio falso. Estético. Cosmético. Ofreciendo un cambio de gobierno, no de régimen, garantizan la repetición de los horrores pasados, que no se debieron a torpezas cometidas por un gobierno u otro, sino a la naturaleza misma del sistema capitalista.

“No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva” escribió Marx en 1850 en una carta a la Liga de los Comunistas. Por desgracia sus lecciones siguen siendo necesarias en nuestros días.

Seis años después de que aquel estallido social de 2011fuera conducido a la vía reformista, el régimen del 78 continúa en el mismo proceso de descomposición, imparable, sin que ninguna de las opciones restauradoras sea capaz de recoger la confianza de la clase trabajadora y poner en marcha una reforma estructural que, instintivamente, sabe que no ofrece soluciones a sus problemas, ese origen se mantiene incuestionable y protegido.

Otro de los cánticos que en mayo de 2011 resonaba en las plazas era “Lo llaman democracia y no lo es” señalando certeramente el núcleo de la crisis, una crisis de legitimidad institucional  basada en una idea falsa de lo que nos imponen como democracia. Curiosamente, ese cántico fue siendo sustituido por el mucho más abstracto “sí se puede” a medida que el enfrentamiento con el régimen fue dando paso a las propuestas “constructivas” de reforma.

Necesitamos otro estallido social, otro 15M, pero en el que tengamos las condiciones sociales apropiadas para que las clases productoras tengan la convicción de que sólo creando un sistema para sí mismas superarán los problemas a los que el capitalismo las empuja una y otra vez.

Lo llaman democracia y no lo es porque sin República no hay democracia y en democracia el pueblo manda y el gobierno obedece.

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