El drama de ser parado de larga duración en tiempos de coronavirus


Parados haciendo cola en una oficinas de Empleo en Madrid. REUTERS/Susana Vera
Parados haciendo cola en una oficinas de Empleo en Madrid. REUTERS/Susana Vera

Millón y medio de personas llevan más de un año sin empleo. Buena parte de ellos no recibe ningún tipo de ayuda. La pandemia acentúa su precaria situación.

El escudo social del Gobierno aún no protege a todos los que los necesitan. El Ejecutivo de Pedro Sánchez ya ha anunciado que está trabajando en un proyecto inminente de renta mínima. Una medida para ampliar el horizonte de miras de las políticas sociales anunciadas en los últimos días, buscando llegar a quienes están en situación extrema. Es, en efecto, el caso de los parados de larga duración, un millón y medio de personas que llevan más de un año sin empleo. Buena parte de ellos, sin ningún tipo de ayuda.

Hasta la fecha, las políticas de choque del Gobierno han buscado paliar los efectos inmediatos del parón de actividad económica que ha supuesto la crisis del coronavirus. Pero lo cierto es que los índices de desigualdad y pobreza previos, fruto de la crisis económica, han hecho que la situación se recrudezca para los que ya lo estaban pasando peor. Personas sin prestación o ayuda alguna a los que la situación de confinamiento hace prácticamente imposible encontrar trabajo.

El presidente de la Red Europea Contra la Pobreza (EAPN, por sus siglas en inglés), Carlos Susías, lo lamenta: “Ya partíamos de una situación delicada, y esto está llevando a una crisis económica, pero también social”. Susías defiende que “las medidas sociales que está tomando el Gobierno van en la buena dirección, como es el caso de aplazar deudas o no cortar suministros básicos, porque ayudan a caer en un empobrecimiento profundo, al menos momentáneamente”.

“Pero hace falta un instrumento potente con vocación de perdurar en el tiempo”, aclara. Y ahí es donde aparecen las rentas mínimas. “Sería un elemento para paliar la situación de desempleados sin prestación pero también de trabajadores que estuvieran en situación irregular, que tienen mucho más complicado acceder a determinados recursos”, desarrolla el presidente de la EAPN, donde están adscritas organizaciones como Cáritas o Cruz Roja.

Esta organización ha tenido contactos con el Ejecutivo en las últimas semanas. Entre otras cuestiones, han pedido que “el sistema de rentas mínimas estatal sea compatible y no sustitutorio respecto al que ya existe en las comunidades autónomas”. “No solo es una inversión, también es un motor de desarrollo económico: ese dinero va a ir destinado directamente al consumo y va a activar la economía, algo que va a ser muy necesario en los próximos meses”, avisa.

“Los desempleados así estamos desvinculados del Estado”

A sus 42 años, Milagros espera que esta vez sí pueda conseguir una ayuda. “Los subsidios son para personas de más de 45 años o que tengan hijos”, apunta. Ella aún no llega a esa edad ni tiene hijos, pero vive con su madre, que recibe una pensión de unos 700 euros. “He ido varias veces a asuntos sociales para pedir RMI, pero no me lo dan porque cuenta la unidad familiar y, según dicen, con la pensión de mi madre podemos vivir las dos, pagar la hipoteca y todos los gastos del piso”, relata para aclarar: “No nos da ni siquiera para comer. Los desempleados así no tenemos ayudas de ningún tipo, estamos desvinculados del Estado”.

Su prestación por desempleo se acabó hace dos años “y según la Administración no tengo derecho a nada, pese a estar en esta circunstancia”. En su caso ni siquiera perdió el empleo, sino que se vio obligada a dejarlo por una circunstancia sobrevenida.

“Trabajaba como encargada en Burger King, pero iban a operar a mi madre e iba a ser una recuperación complicada. Lo dejé para cuidarla y cuando pude volver solo me ofrecían contratos de media jornada que no me daban para vivir”, explica para apuntar a la reforma laboral de 2012: “Se fomentó la media jornada, que son como mucho 20 horas semanales con opción a complementarias. Eso no supera los 400 euros mensuales”.

En este sentido, comenta: “El trabajo estaba fatal antes de la Covid y ahora está aún peor”. En los últimos años, solo ha podido trabajar mediante suplencias que no superaban la mensualidad. “Como mucho, habré trabajado tres meses en total en este tiempo”, aclara. “Haces muchas entrevistas pero esa llamada nunca llega”.

“Ahora sí que sí: se te cae el mundo al suelo”

“Cuando he visto que era un teléfono desconocido el que llamaba, creía que sería para algún trabajo”, dice Margarita mientras ríe al otro lado del teléfono. Ella y su pareja son parados de larga duración, aunque él lleva algo más de tiempo en desempleo. “Empecé a trabajar cuando tenía 16 años y ahora tengo 54. Es la primera vez que he estado tanto tiempo en el paro”, lamenta para incidir en que le ha “costado mucho para tragar porque no es solo una situación o una condición temporal, sino que te condiciona a tu forma de ser y de vivir”.

En marzo de 2018 fue despedida de la asociación de empresas del sector de alimentación en la que trabajaba. “En un cambio de Junta me despidieron sin darme motivos. Aceptas las condiciones porque no te queda más remedio, pero me dolió mucho. No soy incompetente ni me he vuelto imbécil de la noche a la mañana, pero le das muchas vueltas”, continúa Margarita, que lamenta que le “cambiaron por una persona más joven”. Después, solo ha encontrado pequeños contratos temporales.

“Todavía tengo 54, me queda mucho recorrido y tengo ganas de seguir, pero es que no te dejan”

“Esto me ha llevado a intentar asumirme, que a veces cuesta mucho. Acabas yendo al médico porque no puedes comer ni dormir: tienes obligaciones económicas y ves que se te cae el mundo encima”, lamenta Margarita, que forma parte de + 45 Activos, colectivo contra la discriminación por edad en el mundo laboral. “Aunque por suerte me siguen llamando para entrevistas, colecciono noes”, subraya.

Este semana, en pleno parón de la actividad económica, se acabó su prestación por desempleo y enfatiza que “ahora sí que sí, se te cae el mundo al suelo”. Aunque le tranquiliza que, si todo va mal, pronto podrá solicitar el subsidio para mayores de 52 años, ella insiste: “Todavía tengo 54, me queda mucho recorrido y tengo ganas de seguir, pero es que no te dejan”.

En su caso, al igual que el de Milagros, sigue adelante gracias a la ayuda de sus padres: “No sé si el Gobierno se ha planteado que en mi generación todavía tenemos padres que nos pueden ayudar, pero yo no voy a poder ayudar a mi hija de 16 años, y eso te genera ansiedad e incertidumbre“.  “Cuando estos días veo noticias sobre ERTEs y demás, pienso que es mi realidad y la de otro millón y medio de personas desde hace mucho”, lamenta.

Perder el trabajo antes de firmar el contrato

Alberto no quiere que se use su nombre real para este reportaje. “Mi caso no es de larga duración, sino de larga precariedad”, avisa antes de aclarar que lleva con “cero ingresos desde enero”, cuando acabó su último contrato temporal, que no le permitió acumular suficiente paro. “He encadenado curros precarios con curros precarios”, afirma.

Periodista de profesión, Alberto trataba de ganarse la vida como podía. “Estuve trabajando hasta hace poco como diseñador gráfico. Uno tiene que sacar la artillería pesada, el periodista se ha convertido en un hombre orquesta y tiene que hacer de todo lo que sepa”, relata. Eso sí, hasta no hace mucho contaba con un colchón familiar si no lo lograba.

Su familia tenía desde hacía décadas un negocio de hostelería en la zona de Huertas, una de las más cotizadas de Madrid. Esto último fue lo que hizo que tuvieran que dejar su local de toda la vida: un fondo buitre compró el edificio para dedicarlo íntegramente a apartamentos turísticos. Así que ahora, con 39 años, no tiene ni una cosa ni la otra. “No sé si eso es ser mayor para trabajar, pero entiendo que puede llegar a jugar en contra”, cuenta para recalcar que no ha parado de mandar currículums ni de hacer cursos de formación. “No puedes parar, esto es una batalla”, concluye.

Unos días antes de que estallara la crisis del coronavirus, Alberto estaba en contactos para empezar a trabajar con dos empresas. En una de ellas, “estaba a punto de firmar el contrato y justo se declaró la emergencia sanitaria, que frenó toda su actividad: han hecho un ERTE, y yo me he quedado a las puertas”. “Es un mazazo”, remacha.

Aunque Alberto no considera “que el Gobierno lo esté haciendo mal”, sí que pide que también se tenga en cuenta a las personas que ya estaban en una situación extrema antes. “Nos hemos quedado sin posibilidad de encontrar trabajo a causa de la pandemia y parece que no existimos”, se apena.

Público