El mito del Juancarlismo, por Pedro Antonio Curto


Hay mitos que no resisten el paso del tiempo, mitos construidos con el barro del poder que se derrumban como un edificio sin cimientos.

En la novela de Ramón J. Sender, “Carolux Rex”, se narra la historia de Carlos II el Hehizado y cuando su falta de descendencia precipita el fin de la rama española de los Hasburgo, las grandes familias de la época discuten que casa real imponer en España, que finalmente serían los Borbones. Más de trescientos años después los Borbones siguen en el poder y algunas de esas familias continúan siendo poderosas o privilegiadas.

Los Borbones siempre vuelven, parece ser una de las dicotomías de la historia de España contemplando las sucesivas restauraciones borbónicas. A pesar de todos los desastres, de que el apellido Borbón va unido a la decadencia española, de que las sucesivas testas coronadas han practicado desde la corrupción al crimen de estado, de su unión y defensa de las élites privilegiadas, de un sistema de vida palaciego, de la connivencia con el nazismo y el fascismo, ahí siguen.

La última restauración borbónica en la figura de Juan Carlos no tenía buena pinta: designado por el dictador y sin ninguna legitimidad democrática, parecía que cualquier sociedad razonable, sin necesidad de ser revolucionaria, terminaría por librarse de un sistema tan anacrónico. Y entonces se hizo el milagro, Juan Carlos, con el supuesto aval de la Constitución del 78, se convirtió no solo en demócrata, sino en el gran conseguidor de la democracia, ratificado con traje militar en el intento de golpe de estado del 23-F, suceso tapado en parte por la franquista ley de secretos oficiales. Para todo ello se inventó el juancarlismo, un relato único y homogeneizador, donde durante un tiempo, si había que contar un chiste sobre la monarquía, debía hacerse sobre la reina de Inglaterra. Así se creo un personaje por encima del bien y del mal, irreprochable, neutral, que evitaba luchas “fratricidas”,  asimilable a las monarquías más “modernas”, comparable a un Haakon VII de Noruega, sino fuese porque este combatió el nazismo, mientras nuestro campechano nunca se desprendió del traje totalitario. Si no era culto a la personalidad se le parecía mucho. El juancarlismo sirvió como banderín de enganche con frases tan absurdas como: yo soy republicano pero juancarlista. Demócratas, progresistas, izquierdistas, intelectuales varios y hasta comunistas, se apuntaban al juancarlismo sin ningún pudor;  un espacio bajo el sol de la monarquía merecía la pena para ellos. Si como dijo el recientemente fallecido Julio Anguita, la transición fue una estafa, el juancarlismo fue el truco del toco mocho.

La progresiva  caída en desgracia del emérito, sus problemas penales y sus prácticas palaciegas y corruptas, no son un hecho meramente individual, sino una marca de la institución y el régimen que lo sustenta. El bloque histórico del poder se ha perpetuado con el apellido Borbón, privilegiando a las élites dominantes.

Si el cuñado se tuvo que comer un marrón para mostrar ejemplaridad, ahora es al patriarca al que le toca hacerse el hara kiri; los regímenes autoritarios suelen perpetuarse en el poder sacrificando algunos elementos, dejar caer una ficha para que no se caiga el tablero. Pues lo que se pone en cuestión va más allá de unos meros delitos,  son la muestra de un marco jurídico-político  en profunda decadencia e involución.

Aún con los problemas que está teniendo en el tramo final de su vida, Juan Carlos Borbón estará orgulloso, pues ha hecho honor a su apellido: ha borboneado.

Diario16